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Elecciones

El entusiasmo ideológico del pasado, todo ese fervor dogmático, casi, casi religioso, ha sido sustituido por el dinero, que nos da casi tantos quebraderos de cabeza pero, cuando menos, nos procura más entretenimientos.

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En el limitado mundo que vivimos la gente no pretende más que cobrar un sueldo mensual, mirar la televisión, hacer el amor de vez en cuando, no aburrirse demasiado y tener la farmacia, el médico y las vacaciones pagadas. El ideal consiste en ser ni absolutamente pobre ni absolutamente rico, sino tener un estipendio, estar en una nómina indestructible, tener agua corriente, electricidad, frigorífico, microondas, ordenador, móvil, videoconsola y un gigantesco televisor de última generación, además, claro está, de acudir al centro comercial de cuando en cuando en el coche con el que también se pasea a la familia. Eso es todo.

El ciudadano medio de nuestro país cada vez que tiene que acudir a las urnas concurre con este propósito. Con ningún otro. En realidad la mayoría de la gente deposita la papeleta con la esperanza de que los dirigentes que finalmente salgan elegidos –municipales, autonómicos o estatales, lo mismo da dispongan de un mínimo de capacidad para proporcionarles una estabilidad política, social y económica que les procure cierta cantidad de dinero, un techo donde cobijarse, centros de salud que les atiendan, bares donde emborracharse los fines de semana, unos cuántos partidos de fútbol que contemplar en la televisión y la posibilidad de ilusionarse con unos días de vacaciones en alguna capital centroeuropea, en algún pueblo de la arrasada costa mediterránea o en la ladera de alguna montaña solitaria, boscosa y benévola.

El entusiasmo ideológico del pasado, todo ese fervor dogmático, casi, casi religioso, ha sido sustituido por el dinero, que nos da casi tantos quebraderos de cabeza pero, cuando menos, nos procura más entretenimientos.

Las campañas electorales, como la que acaba de finalizar en nuestro desordenado país, están muy bien para justificar el salario de los políticos, para dar de comer a los periodistas, para gastar ingentes cantidades de dinero en propaganda y para inquietar, levemente, la aplastante desfachatez de los especuladores financieros y otros delincuentes que son los que en realidad mandan; pero no tienen más trascendencia que el chasquido de un relámpago en un cielo de verano o que una procesión de caracoles babeando.

Yo no hago mucho caso a las campañas electorales. No por arrogancia, sino porque el disco rayado de los mitines electorales me lo sé de memoria, porque los políticos que suelen presentarse, por lo general, no me descubren más que alguno de sus míseros disfraces y porque, aún ejerciendo de periodista, no me considero más lerdo que el común de los mortales, y hace ya años que descubrí que la edad de las ideologías ha quedado tan atrás en el tiempo como la edad de piedra.

Esta es la edad del poder puro y simple. Los nuevos patriotas trabajan para el poder económico desde los despachos de la administración pública. Aunque, en realidad, muchos de ellos, los profesionales de la frase hecha, por ejemplo, no buscan más que el mejor coche, el mejor chalet, las mejores chuletas, el mejor whisky, las mejores vacaciones y las mejores golfas que haya en el mercado. Lo demás es fe de beatas y atornillar viejos muebles mientras tuiteas la doctrina aristotélica, o sea, musa del septentrión, melancolía...

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