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Empachados de postverdad

En la era de la información, las emociones cobran más importancia que la realidad, un juego de manos conceptual en el que nos enredamos día tras día.

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EFE

Estuve recientemente en una conferencia ofrecida por la periodista y escritora Emma Lira, quien desgranó el concepto de postverdad y situó su nacimiento en el conflicto bélico sirio. Comprender lo que está ocurriendo en ese país no es cosa nada sencilla, sobre todo porque los periodistas occidentales ya no cubren la información sobre el terreno, después de que en 2014 pasaran a ser objetivo bélico con la entrada del ISIS en un avispero ya suficientemente enmerdado. En este país confluyen intereses estadounidenses, rusos, saudíes, iraníes, turcos y un larguísimo etcétera que ha transformado esta supuesta guerra civil en una especie de tercera guerra mundial latente.

El caso es que tras la marcha de los periodistas, la información que nos llega procede de los activistas y aquí, la razón queda a un lado para dejar paso a las emociones. Así nace la postverdad, ese juego de manos verbal a través del cual la realidad deja de tener importancia porque lo que cuenta es la actitud que tomamos ante ella.

Lira, que conoció Siria en los años previos al conflicto, gracias a un desquiciado viaje que partió de Córdoba en un Renault Clio y terminó en Damasco, puso el dedo en la llaga cuando indicó que el público termina tan saturado de emociones que pierde interés por las víctimas.

Hoy en día desconfiamos de todo, porque ya estamos hartos de que nos engañen. Cuando una muchachita tuitea desde Alepo, los horrores del asedio, ya no sabemos qué pensar, porque la ves así, tan delgadita, con sus ojos tristes detrás de unas gafas pasadas de moda, que te dan ganas de llevártela a casa. Pero luego ves su firma sobre una crónica periodística sobrecargada ideológicamente y ya no sabes qué demonios pensar.

La postverdad, solo por su mera existencia conceptual, ya nos empieza a decir en qué nos hemos convertido, nos confirma el triunfo de las redes sociales sobre la realidad, y nos escupe la contaminación ideológica a la que ya nadie parece inmune. Y mientras tanto, la foto del cadáver de Aylan sigue gritando en la orilla de una playa turca.

No es fácil resolver el conflicto sirio, El Assad parece enrocado en sí mismo y hay tantos intereses en juego que el público no sabe a qué carta quedarse. En el siglo de la información estamos tan empachados de datos que nada nos sorprende cuando el régimen sirio culpa a los estadounidenses de armar a los rebeldes y los rusos apuran un chupito de vodka para olvidar los negros recuerdos de Afganistán y explicar por qué sostienen este régimen corrupto.

Pero la postverdad trae consigo otro gran peligro, y es el hecho de que el público lo interiorice de tal forma que acabe trazando su propia construcción mental para que la verdad le cause el menor malestar posible. Que los hechos, por muy duros que sean, no molesten mientras termino el café del telediario y lleguen pronto los deportes. 

O quizá incluso desarrollemos tal adicción a este concepto, que lo llevemos a cualquier aspecto de nuestra vida. Y no se engañen, la postverdad no es más que una palabreja moderna para disfrazar conceptualmente lo que Maquiavelo ya dijo hace cinco siglos: el fin justifica los medios.

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