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Gobernar es de derechas

La unidad y las recetas mágicas -por lo tanto, mentirosas- son patrimonio único de la derecha. Las izquierdas deben entender que imitar al enemigo es perpetuar el dolor.

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La mejor frase que he escuchado en los últimos días es esta: "Gobernar es de derechas". Si por gobernar entendemos lo que ocurre en nuestro país, en nuestra autonomía, en nuestra ciudad; si confundimos gobernar con un grupo de personas que saben exactamente lo que nos hace falta y redistribuyen el dolor -como ya apuntó el gran exministro Alberto Ruiz Gallardón- entre una mayoría silenciosa que espera las migajas como yo ando invocando la primavera.

Gobernar tiene siempre dos vertientes: la gestión y la política. La gestión es un asunto técnico y alguien nos ha convencido que es la clave del buen gobierno: un manual de recetas diseñadas en una oficina que solucionarán el problema del paro, de la movilidad, de la educación o la psoriasis de mi vecino. Ese es el gobierno que practica la derecha: la ficción del gobierno científico, no discutible, que, aunque está plagado de ideología se vende como infalible, inevitable, una especie de destino manifiesto que es tan evidente que quien no lo ve entra en la categoría de estúpido o soñador.

Si gobernar es algo, debería ser hacer política (a ser posible con mayúsculas y en plural). Es decir, el diseño de modelos y dispositivos políticos que fomenten el autogobierno de los ciudadanos partiendo de los principios de participación desde abajo y de mandar obedeciendo a esos criterios construidos por la ciudadanía. Vale… ya estará algún lector pensando: "Otro ingenuo con discursos maximalistas que no nos solucionan los problemas concretos".

La obsesión por los problemas concretos es lo que nos ha hecho perder el sur. Lo que nos ha empantanado es sistémico: el modelo de Estado moderno hace aguas, las instituciones se han convertido en oficinas de gestión de los poderes financieros, el sufrimiento ajeno se consiente como si fuera un designio divino inevitable, el grado de tolerancia de la injusticia cercana (y lejana) es altísimo, y a la mayoría de la ciudadanía se le ha convencido que su mayor capacidad de incidencia sobre la realidad es elegir entre 'El Gato al Agua' o 'La Sexta Noche'.

Gobernar es de derechas hasta que las izquierdas entiendan que gobernar es hacer política, no gestionar el desastre, que para eso ya están los bomberos.

Quizá lo primero que nos toca, especialmente a los medios de comunicación, es llamar a las cosas por su nombre. Seguir tildando al PSOE de izquierdas me parece un insulto a las izquierdas y al diccionario. Seamos benévolos y dejémosle el sanbenito práctico de socialdemocracia suavecilla, de buenismo ilustrado, de cómplices necesarios para perpetuar el desastre. Pero no son izquierda.

Las izquierdas (que a éstas si hay que ponerles siempre el plural) discuten más que la derecha porque están buscando modelos políticos, porque entienden que la vida es diversa y que no hay un solo camino. De hecho, vivimos momentos históricos en los que ninguna de las 'recetas' que sospechábamos tiene sentido.

Si las izquierdas quieren gobernar desde lo político (y Podemos ya se ha bajado del bus de las izquierdas) tendrán que dejar de imitar al enemigo. Porque, por muy buena intención que tengan, solo perpetuarán el dolor.

No me voy a poner pedante, pero la realidad es que como parte del sistema-mundo (formulado por Wallerstein y enriquecido por muchos otros después) somos reproductores del mismo. Desde mi punto de vista, las izquierdas han caído en esa trampa, en la incapacidad para imaginar otro (s) sistema (s) posible (s). Cuando la socialdemocracia ha llegado a gobernar, los poderes tradicionales han respirado profundo porque saben que es inofensiva. Cuando las nuevas-viejas izquierdas han llegado al poder lo han hecho con varios complejos encima, con complejos arrastrados, con el pesado lastre de pensar que tienen que cambiar todo en 10 minutos, sin cometer ni un solo error y apoyados en las viejas maquinarias políticas de un estado diseñado por la derecha y para ser estructuralmente de derechas.

¿Cuál es el camino? No hay camino. Vivimos de frente a nuestro pasado y de él tendremos que aprender. Pero el futuro, en tiempos tan líquidos y viscosos como estos, es absolutamente incierto. No pienso que sea ningún partido o agrupación ciudadana o líder de masas el que nos tenga que decir por dónde ir. Si las izquierdas logran asaltar las instituciones y entrar en ellas debe ser para abrir un gran boquete en sus pétreas paredes para que sea la ciudadanía la que vaya definiendo el camino, equivocándose, acertando, atreviéndose a soñar.

La derecha (que al final es solo una) no tiene la obligación de imaginar porque su función es atarnos la pata a la mesa para que nada cambie y para garantizar que los de siempre se forren gracias a nuestro dolor. Las izquierdas deben imaginar otros mundos posibles, más justos (sí), más humanos (sí), pero ante todo más nuestros. Cuando nos convencieron de que delegáramos el poder de imaginar estábamos condenándonos a una prisión permanente revisable en la que perdimos el control de nuestras vidas y de nuestros propios sueños.

Para hacerlo no hay que temer a las palabras ni caer en la trampa del sistema-mundo. Un programa político no tiene por qué parecerse a una carta a los reyes magos, el trabajo de gobernar no tiene por qué reducirse a hacer presupuestos de equilibristas, lo público puede ser lo común y el autogobierno, por muy cansado que sea y por muy errático que parezca a primera vista, puede llenarnos de satisfacción.

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