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Guerra y paz

Se puede hacer daño hablando de paz. Y contribuir a la paz educando guerreros.

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Detalle de la ceremonia de la JKA Cantabria del sábado pasado.

Detalle de la ceremonia de la JKA Cantabria del sábado pasado.

Cambié de ciudad, nuevo taller, empecé a conocer compañeros de trabajo nuevos. Primero se te quedan los más llamativos: el que tiene el pelo naranja, el que mide dos metros y pico…; había uno realmente extraordinario: su aspecto era normal, pero cuando no tenía nada que decir se quedaba callado.

Acostumbro a pensar que la gente que no contribuye a aumentar el ruido ambiental es educada y culta. La mayoría de los que trabajábamos en el taller no teníamos más educación que la obligatoria general y, algunos, otra relacionada directamente con nuestra ocupación. Me acerqué al compañero silencioso y en cuanto pude le pregunté directamente por su formación, a ver en qué mejoraba la nuestra. La respuesta fue sencilla: practicaba karate desde niño.

El sábado pasado 180 karatecas cántabros como los de la foto recibieron cinturones y diplomas acreditativos de su progreso en el arte marcial, en el Polideportivo de la Universidad de Cantabria. La organización, JKA (Japan Karate Association) Cantabria, tuvo la buena idea de invitar a los familiares de los practicantes a venir en chándal y unirse a ellos durante parte de la ceremonia. Los que aceptaron la propuesta pudieron vivir en primera persona el carácter de la actividad, acercarse a su complejidad, mientras los de la grada disfrutábamos de un detalle simpático adicional, viéndoles aplicarse a seguir las instrucciones de los maestros como mejor podían.

Adicional porque estos actos ya son simpáticos de por sí. Es emocionante ver a niños muy pequeños esforzarse por seguir la disciplina, por moverse al ritmo ordenado, y a personas muy mayores hacerlo a su lado sin esfuerzo aparente, con una agilidad envidiable: adivinen por qué. Todos repiten las frases que emite en japonés el presidente de JKA Cantabria, Siro Castrodeza, que también traducirá para nosotros, y que explican los objetivos de la práctica del arte marcial: perfeccionar el carácter; ser leal y sincero; tratar de superarse; respetar a los demás; cultivar el autocontrol. Nada menos.

Me alegra no encontrar entre estos objetivos referencias a la autodefensa, una utilidad que tiene el karate y que hace décadas era casi la única razón con que se lo promocionaba. Me alegra porque es demasiado fácil que esa utilidad sirva para el ataque y se hable de autodefensa por eufemismo, del mismo modo que los antiguos ministerios de la Guerra se convirtieron de pronto en Defensa.

Justo la víspera, el viernes 19, llegaba a Cantabria el autobús de la asociación católica Hazte Oír, repartiendo «consignas contra el colectivo LGTB y en particular contra la transexualidad», con el lema «Dejad a los niños en paz». En Santander se les recibió con una pancarta que decía: «Vuestro odio no cabe en nuestras calles».

Es cierto, aquí no cabe un gramo más. (¿Alguien ha intentado explicar por qué en Santander, ciudad de extraordinaria belleza alabada unánimemente por propios y extraños, la población disminuye año tras año?).

No es difícil entender que la gente con una sexualidad distinta a la mayoritaria tiene una vida más difícil que los demás, del mismo modo que la tiene más difícil la gente cuya constitución física o mental no se corresponde bien con la mayoritaria. ¿Quién puede tener interés en hacérsela todavía más difícil? ¿A quién le sobra tiempo y dinero para empeñarlos en un objetivo así?

Hazte oír, sí, para decir algo que ayude. Que seguro que lo tienes. Y el resto del tiempo quédate callado como el karateca de mi taller, que aprendió a respetar a los demás practicando artes marciales. ¿Paradójico? Quizá, como casi todo, al parecer: quienes dicen ser seguidores de Uno que dijo: «Amaos los unos a los otros» y hablan de la paz en sus consignas se emplean en complicar la vida de algunos otros. Mientras que quienes invocan a Marte, santo patrón del arte de partirle la crisma al prójimo, enseñan a ser leales y sinceros y a respetar a los demás.

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