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Habitantes accidentales

Yo a Santander, capital, centro y epicentro de no se sabe ya cuántas cosas, referencia y vanguardia, lo que le noto es un poco de vuelta de todo, como si empezara a dudar de sus propios eslóganes.

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Yo, que no soy de aquí, no sé si esta ciudad es triste o se ha vuelto triste o solo es una impresión mía, que juntando los meses de dos veranos, un otoño y medio invierno apenas he vivido un año en Santander. A lo mejor es la lluvia, que altera la percepción. Pero a mí esta ciudad, con toda su lluvia y toda su bahía y su Centro Botín que nunca se acaba (qué blanco en la infografía y qué desnudo y grisáceo haciéndole sombra al agua) me gusta. De verdad que sí.

Los ataques de nostalgia, si los hubo, son cada vez más esporádicos. Se puede vivir, a pesar de los temporales, y se puede permanecer. Aunque no estaría mal que alguien le pusiera un techo. Por la lluvia. Uno de esos retráctiles, como los de los campos de fútbol, de quitar y poner. Las 'turborotondas' están bien, sobre todo por el nombre, las escaleras mecánicas en las cuestas, qué os voy a decir yo, que soy andaluz, de las escaleras mecánicas en las cuestas: que son cojonudas cuando no tienen un gatito dentro. Pero el techo, eso hay que pensarlo bien. Yo solo lo digo.

En fin. Techo no hay, pero esta ciudad da la sensación a veces de estar cubierta de un manto de desgana, como si hubiera aceptado hace ya mucho tiempo que nada nuevo le va a suceder nunca. A veces pienso que hay gente que tiene talento para dormir ciudades. Es una cosa curiosa, el talento. Sergei Dovlatov, que era un escritor ruso alcohólico que escribía como si hubiera sido puesto expresamente en la tierra para escribir -como si el Gran Hombre en persona le hubiera dado una palmada en el culo y le hubiera dicho: dale, Sergio- decía que el talento es como la lujuria, porque si no se tiene no puede simularse. Y yo con D. no discrepo ni aunque no esté de acuerdo.

Dormir ciudades es una cosa difícil. Y sin embargo hay quien lo consigue. Yo conozco a un señor que se llama Mariano que era capaz de dormir un país entero. Claro que el talento no dura para siempre -salvo que seas Dovlatov, o Dostoievski, qué mierda tendrán los rusos- y tarde o temprano el país se te solivianta. Eso pasa un poco ahora. Solo falta por ver si el país se levanta de la cama o si hace como yo, que retraso la alarma del móvil diez minutos y sigo durmiendo.

Esta columna se me está yendo de las manos, pero uno tiene la impresión, a veces, de que Santander tiene un algo de eso. Yo hasta que no empecé a vivir aquí no sabía que hay gente que se levanta, desayuna y se vuelve a acostar. Que no viene a cuento, pero no sé, a lo mejor es que a esta ciudad le gusta quedarse en la cama. Si alguien pudiera entrevistar a Santander, cosa que no descarto, porque se empieza smarteando las plazas de aparcamiento del centro y se acaba vaya usted a ver en qué cosas, estoy seguro que diría, esta ciudad, con todo su Puertochico y su Tetuán y su Reina Victoria: yo es que una vez entreabrí las cortinas, vi lo que había y tampoco me pareció gran cosa, así que pensé: ¿para qué molestarse otra vez? ¿Y qué le parecen a usted todos esos viales y esos cementos que le están poniendo? Ay, no sé, a mí me parece un buen chico, se le ve responsable, y yo la verdad es no me meto en historias. Y después se iría a tomarse un café a la Plaza de Pombo: no te lo vas a creer, me acaban de hacer unas preguntas más raras. ¿Qué? Yo qué sé. ¡Un chaval que pronunciaba muy raro!

Me pierdo, y seguro que os pierdo. Es lo que nos pasa a los habitantes accidentales: que solo intuimos. Yo a Santander, capital, centro y epicentro de no se sabe ya cuántas cosas, referencia y vanguardia, lo que le noto es un poco de vuelta de todo, como si empezara a dudar de sus propios eslóganes.

Hablando un poco de todo, en mi pueblo hay un chiste muy viejo. Dos amigos se encuentran y uno le pregunta al otro: ¿Vosotros a qué hora os vais a las aceitunas? Depende, contesta el otro desperezando las sílabas, a las ocho y media, nueve menos cuarto, a las nueve, nueve y media, a las dieeez… ¿Y a qué hora os vais? Se abre exclamación: A las cinco en punto.

Ese tipo de cosas nos hacen mucha gracia en Andalucía, porque nos cuesta mucho trabajo tomarnos en serio. El caso es que a mí me parece, como habitante accidental, que a esta ciudad a lo mejor le hace falta empezar a contarse a sí misma las cosas de otra manera. Abrir las ventanas, que le entre el aire, despeinarse un poco.

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