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Historias de viejos

A veces los jóvenes creen que los ancianos viven con desesperación, con un pie en la tumba, abandonados en un esquina y sin ganas de continuar a este lado de la muerte.

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EFE

El otro día he formado parte del jurado de un premio literario. Nada de altos vuelos, no se piensen, era un concurso de relato corto para universitarios, a los que ya felicito de antemano por resistir unos minutos a las tentaciones de la vida moderna y sentarse a escribir unas líneas.

Dejando de lado la calidad de los textos, no es poca cosa -hoy en día- poner los cinco sentidos en un acto creativo por una recompensa que va muy poco más allá de la mera satisfacción de terminarlo. Pero hay algo que me ha llamado mucho la atención: dos de los mejores trabajos coincidían en la misma temática y tenían un desenlace no muy diferente. En ambos casos se reflejaba la desesperación de unos ancianos por el simple hecho de haber alcanzado una edad avanzada y las consecuencias eran casi igual de funestas en las dos historias.

Por mucho que el ser humano no pueda desprenderse del atávico miedo a la muerte, me choca que los jóvenes vean a los ancianos en la antesala de esa puerta que -piensan- es mejor cruzar cuanto antes para no seguir viviendo como un mueble inútil.

Me apena la forma en que muchos jóvenes han dado la espalda a la literatura, cediendo a las tentaciones digitales y audiovisuales. Se están perdiendo un universo

Quizá en el fondo no les falte cierto tino en la visión que ambos presentan y no tanto porque yo piense que las edades avanzadas no tengan ningún estímulo para seguir viviendo, sino más bien por la extrema crueldad con la que la sociedad occidental trata a sus mayores.

En otros lugares como el Japón o la mayor parte de los países islámicos, es inconcebible el desprecio que, a menudo dispensamos a nuestros ancianos. Mientras aquí se les desplaza a un tercer plano, en el que molesten lo menos posible, allí se escuchan sus consejos y se honra su experiencia. En Occidente les consideramos acabados y nos compadece su cercanía al último adiós, en Oriente se les trata con respeto y se les cuida con veneración. Algo de lo que deberíamos tomar buena nota, aunque solo sea como una precaución para cuando nos toque a nosotros estar en su situación; al fin y al cabo el destino nos espera a todos a la vuelta de la esquina.

Por otro lado, retomando uno de los temas apuntados al comienzo, me apena la forma en que muchos jóvenes han dado la espalda a la literatura, cediendo a esas tentaciones digitales que mencionaba más arriba. Se están perdiendo un universo. Sé que hoy en día se buscan resultados inmediatos, ventajas, apuestas seguras. Deprisa, deprisa…Y todo eso les priva, muchas veces, del placer que proporciona satisfacer un anhelo o una pasión largamente deseados.

Hay mucho de eso en la literatura y es muy difícil transmitir esa experiencia, incluso de padres a hijos. Mi madre me regaló ese amor por las historias escritas, mientras que ni mi padre ni mi hermana sintieron jamás esa llamada. Y entre mis dos hijos, el mayor es un lector empedernido mientras el más joven -se sublevaría si escribiese “el pequeño”- apenas lee otra que cosa que los apuntes de clase.

Es un gen misterioso, un chip prodigioso que te lleva a navegar por las costas Corfú con Gerald Durrell al timón; a compartir un taxi en Hong Kong con John Le Carré o a detenerte en una carretera polvorienta de Piura mientras bebes unos pisco sauer con Bryce Echenique.

Para que luego digan que la magia no existe.

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