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Honestidad oral

Recordarles que no somos palabras. Que somos hechos. Y que estos, mejor o peor narrados, son lo que nos definen.

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A mí me gustaría escucharles hablar normal. Normal es normal. Me gustaría sentirme, por una vez, identificada. Entendida, comprendida, escuchada, dialogada, traducida, interpretada. Que fueran capaces de ponerme la piel como los dedos de él cuando recorren, despacio, mi espalda. Que me hicieran gritar ¡sí, sí, sí!, levantarme, reír así como río yo cuando lo hago de verdad, a lo come-niños, saltar de alegría, abrazarme a cualquiera, a una farola, a un borracho abrazado a una farola, a un pensionista, preguntarle y usted, dígame, ¿usted llega a día 15?, ¡pues páguese algo!, abrazarme al carnicero, a la cajera del Mercadona mientras rezo por un suspiro de la Visa, oh, Visa, oh, abrazarme a ti, que me digas cosas, quita, coño, niña, por poner un ejemplo, contagiarle mi alegría a cualquiera. A quien pille al lado en ese instante de honestidad oral.

Me gustaría escucharle a Rajoy un "venga, vale, todo esto ha sido una gran cagada". A Pablo Iglesias reconocer que no sabía que llegaría tan lejos con la puesta en práctica de una tesis doctoral y que, en  realidad, no tiene pajolera idea de qué haría después en el caso de que y a Pdr Snchz, bautizado por sus padres como Pedro Sánchez, algo parecido a "no sabéis la panda de hijos de puta que tengo alrededor, así os lo digo" o "Susana, eres una ballena insoportable" o "Madina, ojalá hubieras ganado (te hubieran ganado) tú (a ti)". En este último caso cualquiera de las tres declaraciones me colmarían de algaraza.

Sin embargo.

Ellos seguirán con sus palabras. Palabras, palabras, palabras. Decidme, ¿quién de vosotros tiene la capacidad de escucharles? ¿Será que cobran los escribe-discursos por término trasladado al papel? ¿Es posible ser más maza? ¿Volverá a ser el cielo azul algún día?

Y ahí están ellos, los denostados, los criticados periodistas en interminables ruedas de prensa inútiles, en actos inútiles, en  inauguraciones inútiles, en cosas inútiles que terminan engulléndolos para digerirlos en forma de amanuenses enfurecidos. Sí, de ahí sus blogs.

Mi mejor amigo es periodista. De los de verdad. De los que cuentan historias que no vienen en la agenda. De los que no pisan esas ruedas de prensa ni las inauguraciones de baldosín y que, si por un casual tiene a bien, se pasea por uno de los actos (inútiles) de los que hablábamos antes para no olvidarse de por qué a veces tiene que pasar algo de hambre.

Pero no tiene hambre de relato.

Ni de palabras.

Y sí tiene el don que hace imprescindible la figura del periodista en el momento actual: traducir al lenguaje de la calle los discursos afectados en los que no tiene hueco el mensaje. Sacarles punta a las subordinadas de ellos. Desarmar las discordancias. Marcar en rojo las repeticiones. Tachar las redundancias. Sofocar a los ideólogos de partido.

Recordarles que no somos palabras. Que somos hechos. Y que estos, mejor o peor narrados, son lo que nos definen. Y no la cantidad de tiempo que seamos capaces de estar durmiendo a seres humanos en un auditorio. Que no es más que otra forma de muerte moderna, el aburrimiento.

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