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Huir de Ítaca

Siempre existe un momento, en todas las vidas, en el que uno mira hacia dentro para desentrañar lo que hay, apartando las telarañas hasta dejar desnudo el deseo, que es lo que late debajo de todas las dudas que los miércoles te amontonan encima.

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De nada sirve que viva como un rey inútil junto a este hogar apagado, entre rocas estériles. Así comienza el Ulises de Tennyson, un poema del diecinueve inglés, página y media, con todos sus versos bien colocados, posromántico, mi Tenny, cogió un trocito de la Divina Comedia, el Canto XXVI del Infierno, cuando Dante y Virgilio se encuentran a Odiseo, que les cuenta, envuelto en llamas y sufriendo su poquito de pena a los pies de la eternidad, que una vez terminado el viaje y de regreso en Ítaca empezó a notar que le llovía por dentro y se hizo a la mar con sus marineros, una última vez, viejos, canosos, cansados, las pieles curtidas y los huesos medio secos. Dante escucha atento el relato del héroe de héroes, que navegó hacia Occidente huyendo del sol y de la orilla que no podía contenerlo, cruzó el estrecho de Gibraltar, las columnas de Hércules que marcaban el fin del mundo y por tres lunas siguió adelante, su barco de hombres viejos mecido por las olas, hasta que llegó una montaña como nadie ha visto, erguida sola en medio de las aguas, donde el mar se tragó la nave y los hombres encontraron el único hogar que podía sujetarlos: la muerte.

Tennyson imaginó la arenga de Ulises antes de zarpar, la midió y la versificó y la convirtió en un espejo en el que todavía es posible mirarse antes de salir de viaje hacia países extraños. Es posible que siempre exista un momento, en todas las vidas, en el que uno mira hacia dentro para desentrañar lo que hay, apartando el polvo y las telarañas hasta dejar desnudo el deseo, que es lo que late debajo de todas las dudas que los miércoles te amontonan encima. No encuentro descanso al no viajar, explica Ulises a sus hombres. Camina despacio mientras habla, sus pasos hacen crujir la madera del barco.

Huir de Ítaca, esa es la condena, dejar atrás un paisaje que te conoce, un sol que es como de tu familia y todos los recuerdos que ya no puedes cargar contigo porque un impulso sin nombre te obliga a escapar.

Es un hombre que una vez fue joven y zarpó hacia Troya, uno entre diez mil, que peleó y que mató y que arañó su destino frente a unas murallas imposibles de derribar. Que abrió con su ingenio las puertas de la ciudad, que naufragó y rodeó el mundo viendo morir a los otros, descendió a los infiernos, departió con los muertos, escuchó sus quejas y contempló la ceniza que cae de los ojos de los héroes que vagan por el Hades como niños perdidos. Que cegó a Polífemo, escapó de Circe y sobre un madero llegó a la costa feacia para aprender lo que ya sospechaba, que el viaje lo es todo. Que regresa a Ítaca solo para descubrir que no posee nada, un rey que envejece en tierra, con su Penélope, su amor, su Telémaco, sus palacios, su arco que ningún otro hombre fue capaz de tensar, su riqueza y su poder y su todo que no vale nada, porque cada mañana amanece añorando el paisaje que ve desde la ventana entreabierta del corazón.

Veo a Ulises sobre las tablas del poema de Tennyson. Este hombre, hecho de un polvo de estrellas que Homero encerró en hexámetros, se levanta ante el mar y arenga resuelto a sus hombres. La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin, alguna labor excelente y notable todavía puede realizarse, no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses, exclama, y sus palabras descienden sobre la tripulación como un sol cálido en primavera, arrancando definitivamente a los hombres de tierra firme. Huir de Ítaca, esa es la condena, dejar atrás un paisaje que te conoce, un sol que es como de tu familia y todos los recuerdos que ya no puedes cargar contigo porque un impulso sin nombre te obliga a escapar cuando Ítaca ya no puede retenerte más tiempo.

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