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Jalogüin

¿Hay algo más español que apuntarse a todas las fiestas? Pues nada, nos vamos de jalogüin, que es como el carnaval pero en vez de samba y mulatas; mucha sangre, vampiros y hombres lobo

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Monturque (Córdoba) celebra su Halloween a la romana

Me sorprendían la otra tarde paseando por Santander toda suerte de vampiros, murciélagos, brujas, telarañas, etc. Como andaba un poco despistado me pregunté por un segundo si estábamos ya en épocas de carnaval. Y no, claro; lo que se celebraba en nuestras calles era Halloween o jalogüin, que no deja de ser también una especie de carnaval pero sin samba, ni mulatas, sino con sangre y hombre lobos. Ellos sabrán lo que se hacen.

Y esta adopción de costumbres tan extranjeras (y paganas) me sorprendió por lo que supone en la manera en la que los pueblos asumen el trágico hecho de la muerte. En mi niñez, el único dato que cualquiera de mis pequeños amigos y yo podíamos reconocer en torno a la cercanía de esta festividad eran las bandejas de deliciosos huesitos de santo que ofrecían las pastelerías de la ciudad. También, según se aproximaba el día, cierta gravedad invadía el ambiente, cierta pesadumbre difícil de describir pero bastante fácil de identificar incluso para los pequeños, que a menudo, un poco contagiados del ambiente de duelo, hacíamos nuestros juegos más discretos y silenciosos.

Predominaba el luto que mucha gente vestía; los ramos de flores, que llenaban el aire de un aroma algo dulzón y mareante y había una atmósfera no poco tenebrosa que se palpaba en la tristeza lacónica de las personas. Los niños éramos ajenos al origen del dolor, porque procedía de pérdidas que difícilmente reconocíamos, pero lo adoptábamos como algo natural que el tiempo, implacable, se ocupaba más tarde de perfilar en nuestras almas.

El mundo no es una manzana de caramelo y los que se han ido no deseaban hacerlo, mientras que a los que les recordamos tampoco hay manera de consolarnos

Curiosamente, esta fecha de recuerdo a los difuntos ha pasado de ser una festividad a transformarse en una fiesta y aunque aprecio el enfoque ya que a los difuntos poco les importa si lloramos o bailamos, hay cierto dolor que pretendemos esconder a los niños con este gesto. Está claro que jalogüin está orientado a los más pequeños, los mayores ya llevamos cara de vampiro demasiado a menudo y nos chupan la sangre cada dos por tres. Tampoco niego que algún disfraz de brujita cachonda puede alegrarte el paseo pero en el fondo me parece que estamos intentando vestir de falsa luz lo que es profunda oscuridad.

Aquella niñez feliz, interrumpida por un día de luto y silencio, era una manera de avisarte. De prevenirte de que apurases tu tiempo, de recordarte que los niños jugaban, los adultos trabajaban y los viejos se morían. Había algo de trágico en este sencillo esquema, pero al menos no se escondía la verdad con simpáticas calabazas iluminadas y cariñosos hombres lobo. A veces creo que a los niños de hoy en día no se les prepara adecuadamente para la dureza de la vida que después tendrán que afrontar, que los muertos están encantados de haberse conocido, que se dan sustos unos a otros con dentaduras de drácula y que la fiesta se termina zampándose una montaña de golosinas en forma de dedo sangrante.

No se trata de aguarles la niñez ni de introducir la semilla del miedo en sus inocentes vidas, de sobra lo hará su proceso de crecimiento porque la muerte no es sino la más atávica de las pesadumbres del hombre. Pero el mundo no es una manzana de caramelo y los que se han ido no deseaban hacerlo, mientras que a los que les recordamos tampoco hay manera de consolarnos.

Para eso me asombra la versatilidad de los mexicanos, que han sido capaces de conjugar con una creatividad envidiable las lágrimas de los adultos con la dulzura de los niños. En este país, es habitual acercarse a los cementerios para honrar a los difuntos con una calavera de azúcar en honor de San La Muerte. Así, con un par. ¿Que la muerte nos da miedo? Pues nada, nos la comemos en el mismito cementerio. Apúrense, que ya llegó jalogüin.

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