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Los Juegos Olímpicos y las relaciones públicas

Un gran evento es, sobre todo, una herramienta de relaciones públicas. A veces sale muy rentable, como en Barcelona o Pekín y otras sale muy caro, como en Río.

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EFE

Una de las cosas que más sorprenden a mis alumnos de Fundamentos de Relaciones Públicas es que los grandes eventos que organiza un país son, por encima de todo, herramientas de comunicación institucional. De este modo, una feria de muestras, un ciclo de exposiciones o un gran campeonato deportivo son instrumentos que sirven para difundir la imagen y el espíritu de un país.

Desde luego que no hay evento con tanta trascendencia mundial para culquier nación que la organización de una Olimpiada. Un campeonato del mundo de fútbol tiene un seguimiento verdaderamente planetario, pero unos Juegos Olímpicos traen consigo, además, un espíritu universal que va más allá del altius, citius, fortius. Los grandes duelos sobre el tartán, la espectacularidad de la piscina olímpica y los récords asombran y emocionan al público, pero más allá de todo hay una especie de comunión transnacional que está en la propia identidad colectiva de la humanidad, si tal cosa existe de uno u otro modo. No en vano la ekecheiria o tregua olímpica llegaba al punto de detener las guerras antiguas para que los atletas pudieran acudir a Olimpia y competir en paz, asegurándoles después el regreso a sus hogares en las mismas condiciones.

Pero volviendo a las relaciones públicas, no todos los países aprovechan adecuadamente la ingente inversión que representa la organización de una Olimpiada. En su momento, nosotros lo rentabilizamos francamente bien; es un hecho indiscutible que hay una España anterior a Barcelona '92 y una España posterior. Dejando de lado las infraestructuras o los éxitos deportivos, nuestro país proyectó una imagen de modernidad hasta entonces precaria en la percepción que de nosotros tenían más allá de los Pirineos.

También China, al margen de su tradicional déficit en materia de derechos humanos, enseñó el firme latido de su desarrollo y lanzó al mundo un compromiso para conjugar tradición milenaria y modernidad.

Sin embargo, Brasil ha fracasado estrepitosamente en este doble esfuerzo conformado por el Campeonato del Mundo de Fútbol en 2014 y los recientes Juegos celebrados en Río de Janeiro. Quizá sea simplificar un poco, pero antes de esta doble muestra internacional, fuera de Brasil teníamos una percepción sumamente positiva de este país. Sí, es verdad que nos llegaban ecos de la corrupción política, pero brillaban de manera más colorista otros aspectos. Antes pensábamos que los brasileños eran un pueblo feliz, creíamos que se pasaban el día bailando, que el clima era suave, las mujeres bonitas, la música alegre y el fútbol una religión con la que todos se divertían.

Lo malo es que se ha hecho realidad ese viejo dicho que sus vecinos argentinos pronuncian con ironía: "Brasil es el país del futuro… y siempre lo será"

Seguramente manejábamos demasiados estereotipos relacionados con el paraíso perdido y la dolce vita del Dioni después de desvalijar el famoso furgón. Pero las cámaras de televisión y las agencias de noticias nos han devuelto un reflejo muy diferente. Resulta que no era oro todo aquello que relucía. Los brasileños están cabreados, llueve a cántaros en Sao Paulo, la chica de Ipanema tiene celulitis, la samba te retumba en el cerebro y Alemania le metió siete a la seleçao.

No creo que la imagen de los Juegos de Río haya sido demasiado favorable a Brasil: instalaciones precarias, villa olímpica en chásis, delincuencia en cada esquina y una piscina llena de algas verdosas que tiraba para atrás. Pero más allá de eso, hemos visto un pueblo ofuscado y demasiado tenso. Puede que la culpa sea nuestra por pensar que su vida era un interminable carnaval. Lo malo es que se ha hecho realidad ese viejo dicho que sus vecinos argentinos pronuncian con ironía: "Brasil es el país del futuro… y siempre lo será".

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