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Jugar al póker y perder

Cobrar a los que ganan… y a los que pierden. Hacienda ha encontrado la fórmula para que nadie se escape entre los claroscuros del juego virtual. La aplicación a rajatabla de la normativa causará no pocos disgustos.

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Hace algunos años hizo fortuna aquel chiste en el que un individuo le soltaba a un amigo: Me encanta jugar al póker y perder. ¿ Y ganar? –le preguntaba su asombrado amigo-. Eso ya debe ser la os…

Bueno, pues parece que la Agencia Tributaria ha recuperado el chiste y está dispuesta a aplicarlo al pie de la letra, cobrando a aquellos jugadores online que no solamente no han ganado, sino que incluso han perdido dinero. Al fin y al cabo también se han divertido.

No soy demasiado experto en estos temas, pero todo parece venir de una aplicación a rajatabla de la normativa y tengan ustedes en cuenta que las leyes son bastante anteriores a la asombrosa irrupción del juego online en España. Al parecer, lo que se pretende gravar es cada mano apostadora, es decir, la postura anterior al resultado final, con lo cual no habría diferencia entre ganadores y perdedores: todos pagan.

Creo que todo el mundo tenía claro que las ganancias del juego cotizaban a Hacienda, y por cierto que el pellizco es bastante considerable, pero en un impresionante alarde de ingenio, los responsables del erario público han encontrado una fórmula para cobrar también a los perdedores. Y no va a ser nada fácil solucionar algunos casos, ya que estos jugadores se han enterado a posteriori de que no solamente se dejaron un buen pico sobre las mesas virtuales sino que ahora Montoro les llama por lo suyo.

Personalmente el juego me parece un vicio terrible y despreciable, y me consta que ha destrozado muchas vidas. Llega un momento en que el jugador se tortura de tal forma que ganar o perder deja de tener sentido y la espiral de destrucción arrasa bolsas, familias, empleos y todo lo que se interpone en su camino.

Karl Marx acusaba a la religión en 1884 de ser “el opio del pueblo”, después tomó el relevo el fútbol, pero hoy en día ese opio se fuma en los boletos de la lotería primitiva.

Con lo que cuesta en esta vida ganar dinero, me dejan perplejo esas personas que lo derrochan no ya sobre un tapete verde en el engañosamente glamuroso ambiente de un casino, sino sobre la pantalla de un ordenador, al otro lado de la cual no puedes ni imaginar lo que puede haber.

Pero tampoco me gusta el juego institucionalizado, el gordo de la primitiva, la bonoloto, los euromillones, la lotería, la quiniela, el quinigol,… Entras en un local de loterías del estado y necesitas una carrera universitaria para distinguir los boletos, las fechas de sorteo, los premios, etcétera. Cada vez que la televisión ofrece los resultados, consume un tiempo valiosísimo en pleno prime time para atender a sus numerosos clientes. Por algo será.

Karl Marx acusaba a la religión en 1884 de ser "el opio del pueblo", después tomó el relevo el fútbol, pero hoy en día ese opio se fuma en los boletos de la lotería primitiva, con la falsa esperanza de salirse de pobre. Esperanza; esa es la verdadera mercancía que se vende en las ventanillas. Hace un tiempo escuché a una mujer pedirle a la vendedora de boletos que le comprobase los resultados de un sorteo realizado hacía tres meses. Estaba claro que ella ya había descartado cualquier posibilidad de ganar y lo único que le había comprado su dinero era ese segundo emocionante de conocer el resultado.

No estoy seguro de que los jugadores virtuales persigan otra cosa que ese mismo segundo fugaz, así que poco les va a preocupar que la Agencia Tributaria se lleve su parte en cada mano. Pero no puedo borrar del pensamiento que una buena parte de los jugadores son ludópatas y por lo tanto enfermos de una severa dependencia, no alegres parranderos que echan unas fichas sobre el tapete para terminar una noche de farra.

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