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Lexicografía a hombros de gigantes

Todas las ciencias se van elaborando a hombros de gigantes de distintas procedencias. Entre los de la lexicografía pueden aparecer ingenieros de minas, pastores, asesinos…

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James Murray y William Minor

James Murray y William Minor.

Semanas atrás, mientras escribía acerca de un ingeniero de minas metido a lexicógrafo, se me venía a la cabeza la historia del Oxford English Dictionary (OED), la formidable obra de consulta sobre el idioma inglés (ofrece el «significado, historia y pronunciación de 600.000 palabras»), en buena medida debida a dos hombres que no habían estudiado filología.

El primero de ellos es James Murray, que dejó la escuela antes de cumplir los 14 y trabajaba de pastor de ganado vacuno. Por su cuenta, Murray aprendió unos 25 idiomas (no sabemos cómo: Cantabria está llena de vacas suizas y holandesas y no hay noticia de pastores ni ganaderos que hayan aprendido idiomas. Y, ya metidos en puritita digresión, señalemos que el sustantivo pastor debe ser una golosina para un lexicógrafo: al oírla, uno imagina un paisano con boina y manta zamorana que, ayudado por un cayado y un perro, cuida ganado. Pero ponga usted tras esa palabra, uno a uno y sucesivamente, los adjetivos que voy a indicarle y vea lo que pasa con la imagen mental. Los adjetivos son: alemán, protestante y eléctrico).

Murray acabó siendo maestro y viviendo en Londres, donde se apuntó a la Sociedad Filológica, que pretendía hacer el diccionario de inglés más completo que se había hecho nunca. Para ello la Sociedad llegó a un acuerdo con Oxford University Press, y ambas nombraron editor a Murray. Lo que se quería hacer con el OED era rastrear el origen de todas las palabras inglesas, y exponer su significado en orden cronológico de aparición, adjuntando las citas pertinentes. Fácil: solo había que leer todos los libros escritos en inglés y tomar notas.

Fácil, quizá. Pero todos los libros escritos en inglés eran muchos libros, incluso en 1879. Tantos, que ni siquiera un pastor de vacas que sabía 25 idiomas podía leerlos todos. Así que la Sociedad Filológica puso anuncios en la prensa pidiendo lectores.

En la página del OED donde cuenta  su propia historia se habla de James Murray, por supuesto. En cambio, no aparece mención alguna de William Minor, el segundo hombre importante en su elaboración. Puede que no se sintieran orgullosos de tener en ella a un asesino demente, pero también cabe sospechar que, después de haber reconocido el papel de un pastor escocés, a los ingleses les molestara que hubiera que compartir el mérito, además, con un estadounidense.

Porque estadounidense era William Minor, aunque nacido en Ceilán, donde sus padres eran misioneros cristianos. Estudió medicina en Yale (Conética), tras lo cual se incorporó al ejército de la Unión en plena Guerra de Secesión. Le asignaron el puesto de cirujano; una de las tareas de su competencia era desfigurar a los desertores para toda la vida, marcándoles a fuego una D en la cara.

Acabada la guerra lo ascienden y destinan a Nueva York, pero pasaba tanto tiempo con putas que al ejército le dio vergüenza y lo desplazaron de nuevo, esta vez a Florida. En Florida no le fue mejor, y acabaron echándolo del ejército, diagnosticándole lo que hoy se conoce como fatiga de combate. Se fue a vivir a Londres, para curarse. A un barrio de putas.

Un día cree encontrarse ante uno de los hombres a los que ha marcado como desertores y que viene a vengarse, así que coge un arma y lo mata. Su abogado no tuvo demasiados problemas para convencer a los jueces de que estaba loco (el pobre irlandés al que mató no tenía ninguna marca en la cara) y lo encierran a perpetuidad en un hospital psiquiátrico penitenciario.

Allí Minor encuentra el anuncio de la Sociedad Filológica pidiendo lectores. Tiene dinero para libros y, sobre todo, tiene tiempo. Lee. Y lee. Y lee más, y toma notas. Se las envía a Murray, sin explicarle sus circunstancias personales. Cientos de notas, primero. Miles de notas, después. Decenas de miles de notas aún más tarde: Murray declaró que todo el desarrollo del idioma inglés, desde los Tudor hasta el presente, podría ilustrarse empleando nada más las notas de Minor.

Durante muchos de los casi 40 años que Minor estuvo recluido, se las arregló para que Murray ignorara dónde se encontraba y por qué. Pero a Murray le acaba llegando un soplo y viaja al psiquiátrico a conocerlo. Ambos se parecen físicamente, y se hacen amigos. Murray intenta ayudarlo, con poco éxito. En 1902 Minor de nuevo aplica sus conocimientos de medicina de manera más bien lesiva, esta vez contra sí mismo, y se amputa el pene, al que echa la culpa de todas sus desgracias.

Murray se preocupó por él. Se puso en contacto con un notable escritor inglés, también conocido por su amor a las palabras (parece ser que a él le debemos expresiones como seguridad social y Telón de Acero, entre otras), que llegaría a ganar el Nobel de Literatura en 1953. Consigue que este libere a Minor y lo deporte a Estados Unidos, su país de origen, con su iatrogénica automutilación y seis volúmenes del OED. ¿Cómo puede un escritor tener poder para eso? Pues este en particular, que se llamaba Winston Churchill, lo logró dedicándose a la política en sus ratos libres, con cierto éxito: en 1910 ocupaba el cargo de ministro de Interior.

Hemos dicho que el OED no reconoce en su web el trabajo de Minor, pero una historia como esta no podía pasarle desapercibida a todo el mundo, así que está cumplidamente contada en otros sitios. Es la materia central de un bestseller, The Professor and the Madman: A Tale of Murder, Insanity, and the Making of the Oxford English Dictionary. A finales del siglo pasado Mel Gibson compró los derechos para hacer una película, que se ha acabado este 2017, con Gibson como James Murray y Sean Penn en el papel de Minor.

El interés es bien comprensible. Todas las ciencias se hacen a hombros de gigantes de clases muy diferentes. Pero no es tan frecuente encontrar en una de ellas a ingenieros de minas, pastores, asesinos…

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