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Libros

Quizá lo mejor de una biblioteca no sea heredarla sino construirla lectura a lectura. Entendería que mis libros acabasen en un contenedor o, en el mejor de los casos, en una librería de viejo. He de reconocer que me da igual qué suceda con ellos.

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Casa de muñecas del artista Marc Giagi-Miniet.

Casa de muñecas del artista Marc Giagi-Miniet.

Cuando entro en una casa llena de libros me parece que estuviera la despensa llena. Ya saben, esa sensación de que si se produjera una catástrofe, o lo que fuera,  y tuviera que quedarme encerrado sin poder salir el encierro no sería tan malo porque tendría provisiones. Lorca, en su conocido discurso en Fuente Vaqueros, recordaba cómo Dostoyevski, prisionero en Siberia, pedía socorro a su lejana familia: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”.

 Las bibliotecas personales, que no dejan de ser un símbolo del conocimiento que acumula cada uno, son esa cosa que se construye durante años para que luego, cuando el acumulador de los libros se va al otro barrio, acaben desguazadas por ahí sin que a nadie le importen demasiado. En esto los libros no se diferencian del resto de las cosas que una persona deja atrás. Al final todo avanza hacia su descomposición.

Conozco ya varios casos de bibliotecas personales estupendas de las que nadie (ni los hijos, ni los amigos, ni las instituciones) se quieren hacer cargo cuando toca ver qué se hace con las cosas que uno deja aquí cuando deja de estar aquí. Hay personas, incluso, que cuando ven llegar el fin de sus vidas dedican muchos esfuerzos a intentar que sus libros no acaben desperdigados por ahí y les buscan con ahínco unos padres adoptivos, alguien que los valore y que los cuide. Y existe, además, el deseo de que la biblioteca no se disperse, se aspira a que todos los libros vayan todos juntos como una gran familia, como si al descuartizar la biblioteca los descuartizaran un poco también a ellos.

Pero qué difícil es eso de que otros acojan los libros de uno. Porque hay que reconocer que una biblioteca, cuando no es de uno, puede ser un engorro. Tantos kilos de papel. Tanto espacio. Tanto polvo. Tanto conocimiento y tan poco tiempo. Y para qué queremos todos esos libros que ni hemos seleccionado ni hemos leído ni vamos a tener tiempo de leer. Porque quizá lo mejor de una biblioteca no sea heredarla sino construirla poco a poco, año a año, lectura a lectura.  La verdad, entendería que mis libros acabasen en un contenedor de basura, en el de reciclaje o, en el mejor de los casos, en una librería de viejo. He de reconocer que me da igual qué suceda con ellos. Tampoco los cuido demasiado y no tienen para mí otro valor que el de poder volver a ellos de cuando en cuando. Reconozco, eso sí, que al mirarlos me siento extrañamente arropado, como si los libros hiciesen de la casa no una biblioteca sino un fuerte en el que, cuando lo necesito, me puedo atrincherar y resistir.

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