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La Magdalena

Cuando venían visitas siempre terminábamos en La Magdalena. Después de ver los pingüinos, las focas y los leones marinos subíamos hasta el Palacio: nadie, o casi nadie, consiguió nunca sacarle una foto decente.

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Palacio de La Magdalena, en Santander.

Palacio de La Magdalena, en Santander.

A veces la marea bajaba tanto que el mar desaparecía del horizonte. Había un chiste recurrente: me voy hasta Inglaterra dando un paseo... Cuando subían visitas siempre terminábamos en La Magdalena. Todas las mañanas a las doce los pingüinos del zoo recibían su ración de sardinas. Los cuidadores arrojaban los peces al aire. Serios y trajeados, los pingüinos los atrapaban sin esfuerzo. La gente hacía fotos. Un poco más adelante las focas y los leones marinos se tumbaban al sol, si hacía sol...

Durante dos semanas, un verano, viví en una habitación de Caballerizas. Por la mañana temprano los cuervos, todavía soñolientos, plegaban las alas y se dejaban caer con pesadez en la campa. Picoteaban y paseaban entre la hierba antes de volver al cielo. Las aves, cuando pisan tierra, se convierten en criaturas absurdas. Los cuervos, sin embargo, siempre consiguen caminar con cierta elegancia. Puede que sea el negro...

Después de ver los pingüinos, las focas, los leones marinos y los barcos de Vital Alsar, y fotografiar el mar con El Sardinero al fondo, subíamos la cuesta que lleva al Palacio. Si los visitantes eran primerizos procuraba distraerlos, les enseñaba los tocones tallados -ardillas, sillas diminutas, hongos de sobrero ancho, la mano anónima trabajaba diferentes modelos y estilos- y las formas curiosas y retorcidas de los árboles para que al llegar arriba, casi sin advertirlo, se encontraran de frente, inesperado, el Palacio.

-Si consigues sacarlo entero en una única foto te invito a un café.

Hasta donde yo recuerdo, solo una persona tuvo la habilidad de trazar con un teléfono móvil una fotografía que abarcaba toda la fachada norte -¿o sur?- y el lateral que da a la bahía, con la escalinata donde el rey y la reina recibían a las visitas. Y todavía hoy estoy convencido de que hizo trampas; tuvo que dejar fuera, por fuerza, alguna esquina o algún pedazo de torre. Ese palacio blanco, de piedra, madera y cristal, no pertenece en realidad a Santander: se sostiene sobre fantasías, como la sangre azul y la realeza.

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