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Matar al mensajero (al menos un poquito)

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Registran la sede de Amazon en Japón por una investigación antimonopolio

Almacén de Amazon. EFE

Me he levantado con esta noticia:  " Amazon está poniendo en marcha un ejército de 10.000 mensajeros en Tokio".

Me imagino el ejército japonés de la compañía paquetera de distribución global, disciplinado, hiperefectivo, ubicuo. Ahora Amazon será el nuevo emperador del Sol Naciente. Ya dispone de barcos y aviones y, paso a paso, va construyendo su flota logística en cada país, donde no faltan los soldados de a pie (a poder ser autónomos). Esto para los clientes es algo asombroso, una buena noticia para el que quiera comprar un colchón o un disco, que tanto da uno como otro, sin complicarse la vida y sin pararse a pensar qué hay detrás de ello. Actualmente Amazon distribuye en el mismo día en que recibe el pedido en las principales ciudades españolas. Una conquista logística. La accesibilidad y comodidad del consumidor queda fuera de toda duda. Pero el consumidor es también trabajador o simplemente ciudadano, y las perspectivas que se abren no son halagüeñas. No es una buena noticia.

Vivimos en manos de proveedores de servicios. Nunca como hasta ahora el mediador se ha convertido en el actor principal y el continente ha condicionado tanto el contenido. La cultura de la innovación, el emprendimiento y los servicios lo están impregnando todo como esas malsanas hierbas rojas de 'La guerra de los mundos' que se extendían por la campiña inglesa al paso de las hordas marcianas. Basta mirar el panorama de las universidades, donde los programas de transferencia de conocimiento y contratos con empresas condicionan los programas académicos y las líneas de investigación, promoviendo un dumping social en el mercado con especialistas salidos de sus departamentos y sostenidos en parte con dinero público. La universidad cada vez es menos universidad y es más proveedor de servicios con alto valor añadido.

Google, Facebook, Twitter, Microsoft, Amazon... son malabaristas que conocen a la perfección la pereza mental del usuario. La gratuidad de algunos de sus servicios lo es solo en apariencia. Proporcionando el vehículo se hacen con el contenido que no es suyo y con todo descaro comercializan. Así van penetrando en la vida cotidiana hasta que alcancen una posición de hegemonía y cambien sus contratos leoninos por condiciones draconianas, su carta de servicios gratuita por fórmulas de pago cómodamente financiables. Por no hablar de las condiciones laborales que establecerán una vez se desembaracen de la competencia y de todos los proveedores externos en su trabajo, por no hablar de las condiciones de producción de los proveedores que queden, cada vez más cercanas a la miseria.

Google, Facebook, Twitter, Microsoft, Amazon... son malabaristas que conocen a la perfección la pereza mental del usuario. La gratuidad de algunos de sus servicios lo es solo en apariencia

Una empresa de paquetería y el desarrollador de un navegador saben más de nosotros que nosotros mismos... gracias a nosotros, que nos comportamos en el mundo digital como no lo haríamos en el físico.

La única defensa posible son las leyes reguladoras, pero el árbitro mira para otro sitio, cuando no lo incentiva claramente, con esos conceptos propios de la postverdad como son "El mercado se regula por sí mismo" o "La libertad es la libertad de empresa" (cosa que ya decían, por cierto, los padres fundadores de Estados Unidos pero más relacionado con la propiedad). 

Los mercados no se regulan a sí mismos y la libertad de empresa es atentatoria en muchas ocasiones de la libertad individual. Y aun queriendo, es difícilmente domesticable un mastodonte que tiene sus tentáculos en todo el mundo y se apoya a conveniencia donde quiere. Aunque haya legislación nacional, da igual en la práctica.

Despojado del deslumbre tecnológico, los grandes proveedores de servicios no se distinguen de aquellos pioneros del capital que montaron la Revolución Industrial. Casi son peores porque actúan a escondidas. Debemos de olvidar la tecnología y la innovación por un momento y pensar en lo básico, a saber, que la fórmula para maximizar beneficios es generalizando la subsistencia. Sólo así salen las cuentas.

Al final, todo vuelve a la casilla de salida: al usuario/ciudadano; de quien depende el uso que se hace de la tecnología. 

Matar al mensajero no es justificable, pero en algunas ocasiones, si no eximentes, hay al menos atenuantes.

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