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Monedero, nuestro hombre en Caracas

Los informes de Monedero al Banco de la Alianza Bolivariana recuerdan a los planos de la aspiradora que Jim Wormbold envió al Servicio Secreto inglés. Lo cierto es que por ambos se pagó una fortuna.

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Escuché con mucha atención la reciente rueda de prensa de Juan Carlos Monedero para explicar la facturación de sus informes al Banco de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América. Lo primero que debo decir es que el dirigente de Podemos ha resultado ser un caballero muy poco puntual. No solo ha demorado demasiado las explicaciones sobre el cobro de sus trabajos, sino que también tuvo a los periodistas esperando casi una hora su controvertida intervención. Lo segundo que me transmitió la comparecencia fue que sus relaciones con Montoro me parecen muy aburridas; francamente, queridos, como dijo Rhett Buttler, me importan un bledo.

Pero otra cosa muy distinta son los informes elaborados por el profesor de la Universidad Complutense para el ALBA, acrónimo de ese banco que lleva un nombre tan solidario, ecuménico, salsero y tropical. Este asunto me parece casi tan sabroso como unas buenas arepas caraqueñas de carne mechada. Quizá porque me trae a la memoria a Jim Wormbold, el protagonista de aquella delirante novela de Graham Greene que enviaba absurdos comunicados al Servicio Secreto inglés en la novela Nuestro hombre en La Habana. Informes que, por cierto, los británicos pagaban muy bien, aunque su contenido era del todo insensato.

Greene sitúa la acción durante el final de la dictadura de Batista, en una Cuba que se debate entre los ritmos del Tropicana y los disparos en Sierra Maestra. Jim Wormbold es un flemático vendedor de aspiradoras con una hija que gasta demasiado. Hasta su tienda se acerca un misterioso caballero llamado Hawthorne que, ante su asombro, le recluta para el Servicio Secreto británico. Wormbold no tiene ni idea de espionaje, ni dispone de acceso a ninguna fuente interesante, pero la oferta económica es tan jugosa que pronto empieza a redactar extravagantes informes que los ingleses pagan a precio de oro.

La confidencialidad del informe para ALBA recuerda la de Monago y sus viajes a Canarias.

Jamás se me ocurriría a mí dudar de la calidad del estudio desarrollado por Juan Carlos Monedero. Para empezar, porque no lo he leído. Ni yo ni casi nadie, exceptuando –me supongo- a quien lo encargó. Pero resulta curioso que el dirigente de Podemos evitase desvelar su contenido acogiéndose a la confidencialidad del asunto. ¿No les suena ese argumento? Es justo el mismo que empleó no hace mucho José Antonio Monago, Presidente de la Junta de Extremadura, para evitar aclarar las facturas de aquellos viajecitos suyos a Canarias. Monedero y Monago utilizaron la misma expresión: confidencialidad. Puro lenguaje de casta.

A Jim Wormbold le pagan tan bien los Servicios Secretos británicos que no tarda en tejer toda una red de agentes inventados, a cada uno de los cuales se asigna un sueldo y una partida de gastos que terminan siempre en el mismo bolsillo. En el colmo del delirio los ingleses le piden los planos de una base secreta que, suponen, se está construyendo en la jungla. Como Wormbold no tiene acceso a ellos ni en sueños –si es que existen-, acaba enviando un dibujo de los componentes de una de las aspiradoras que vende en su tienda. Al Servicio Secreto le parecen unos planos bastante raros, pero como han pagado por ellos una montaña de dinero, no tienen más remedio que darles credibilidad.

Monedero exhibió en su comparecencia cierta factura emitida por una compañía venezolana radicada en Madrid, Viu Europa, que supuestamente llevó a cabo un análisis económico sobre América Latina por el que se pagaron casi sesentamil euros. Pero teniendo en cuenta que Viu Europa tiene por objeto social "la organización de convenciones y ferias de muestras, el mobiliario urbano y los parques infantiles", es inevitable pensar en los planos de la aspiradora.

Hay una última coincidencia entre ambas historias. La motivación de Jim Wormbold era pagar los caprichos de su hija Milly y asegurar su futuro, ya que el negocio de las aspiradoras no daba para mucho en aquella Cuba al borde de la revolución. Gracias al dinero de los informes, Wormbold pudo comprar a su hija un caballo e ingresar ambos como socios en el selecto Country Club. Por su parte, Monedero elaboró sus informes pensando en su empresa, Caja de Resistencia Motiva2 (otro nombrecito tropical) y sobre todo en aquella hijita caprichosa a la que financió con devoción de padre: La Tuerka.

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