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La mosca

Su cuerpo acabó en el suelo en una posición feísima. No se movía. La mosca se posó en ese instante delicadamente sobre su mejilla izquierda y comenzó a frotar sus patitas negras de insecto contra la piel blanquísima del rostro de Azucena.

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Nada más apagar la luz empezamos a escuchar su zumbido. Se ha colado una mosca, dijo Azucena. No me gustan las moscas, insistió, no voy a poder dormir. ¿Te has dejado la ventana abierta?,  preguntó. Te dejas siempre la ventana abierta con la luz encendida y entran moscas. Y sabes que no soporto a las moscas, continuó ella. No he abierto la ventana, respondí yo, hoy no. Pues podrías abrirla, replicó, así a lo mejor se marcha y nos deja en paz. Fuera de la cama hacía frío y no me apetecía nada levantarme así que dije: ya verás cómo se calma enseguida y nos deja dormir. La mosca, como si me hubiera escuchado, se posó en algún lugar en medio de la oscuridad y dejó de molestarnos.

Me despertó la luz de la lámpara. Azucena estaba incorporada en la cama y miraba ya no con temor o asco al moscardón sino con odio. Se levantó entonces con decisión, cogió una zapatilla y comenzó a recorrer la habitación persiguiendo a la mosca que, sintiéndose amenazada, zumbaba todavía con más fuerza.

Estábamos sumidos en la fase más profunda de nuestro sueño cuando comenzó de nuevo a zumbar. Nos despertamos un tanto desorientados. Azucena comenzó a gritar mientras se tapaba con las sábanas: ¡Quiero que se vaya! ¡Quiero que se vaya! A mí me molestaba menos el zumbido de la mosca que la posibilidad de levantarme. Así que intenté hacerme el dormido para ver si la mosca se posaba y Azucena dejaba de gritar. Pero la mosca, que en realidad era un moscardón, no paraba de zumbar enrabietada y de golpearse con fuerza contra las paredes, los armarios y la ventana. De cuando en cuando pasaba rozando nuestros rostros y en ese momento dábamos los dos manotazos en el aire. ¿No vas a hacer nada?, preguntó Azucena. La mosca te molesta más a ti que a mí, respondí yo. Ella se tapó completamente con las mantas y yo me hice un ovillo y metí la cabeza debajo de la almohada. No lo soporto, no lo soporto, se lamentaba ella de cuando en cuando. Intenté abstraerme de todo, me dio por pensar que viajaba en un avión de hélice rumbo a algún lugar desconocido y con esa idea, poco a poco, me fui quedando nuevamente dormido.

Me despertó la luz de la lámpara de la habitación. Azucena estaba incorporada en la cama y miraba ya no con temor o asco al moscardón sino con odio. Se levantó entonces con decisión, cogió una zapatilla y comenzó a recorrer el cuarto persiguiendo a la mosca que, sintiéndose amenazada, zumbaba todavía con más fuerza. Estuvo a punto de aplastarla en una ocasión pero la zapatilla, finalmente, impactó contra el joyero, que salió despedido llenando el suelo de anillos, pendientes y pulseras. Azucena estaba fuera de sí y se movía de un sitio a otro siguiendo los movimientos frenéticos de la mosca. Al cabo de unos minutos las dos estaban agotabas. La mosca se posó en ese momento en el techo, justo encima de donde yo estaba tumbado. Azucena subió a la cama, se puso de pie sobre mí cortándome la respiración y, de puntillas, lanzó un violento y decisivo zapatillazo. Salieron volando las dos: la mosca, que evitó el impacto en el último suspiro, y Azucena, que perdió el equilibrio y cayó de espaldas golpeándose de forma violentísima con el pico de la mesilla de noche en la parte posterior de la cabeza. Su cuerpo acabó en el suelo en una posición feísima. No se movía. La mosca se posó en ese instante delicadamente sobre su mejilla izquierda y comenzó a frotar sus patitas negras de insecto contra la piel blanquísima del rostro de Azucena. Yo, sigiloso, agarré fuertemente con mi mano derecha la zapatilla.

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