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Niebla

La niebla puso un velo ante mis ojos y eso me llevó a tensar la mirada. Veía pero no veía. Y gracias a eso miraba con más intensidad y claridad que en un día despejado. La niebla, al ocultar las cosas, empuja a detenerse en lo que de vez en cuando deja ver. 

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Faro de Ajo. Marcos Díez.

Faro de Ajo. | Marcos Díez

Hace unos días hice una ruta por los acantilados de la zona de Ajo. Me tocó caminar entre una niebla que me permitía ver lo justo para poder andar sin despeñarme pero no lo necesario como para adivinar el paisaje. Se podría decir que la niebla era el paisaje. Dicen los meteorólogos que la bruma es el resultado de un contraste: el del aire caliente cuando entra en contacto con el aire frío. Casi todas las cosas en la vida surgen de un roce, de una fricción, de un conflicto. Pasa con el relámpago, el sexo o el amor. También, me atrevería a decir, con el poema que suele ser el resultado de una tensión que se intenta resolver.

Durante el paseo la niebla puso un velo ante mis ojos y eso me llevó a tensar la mirada. Veía pero no veía. Y gracias a eso miraba con más intensidad y claridad que en un día despejado.  Acostumbrados a mirar a todas horas, saturados de tanto mirar, vivimos inmersos en esa paradoja de que miramos pero casi no vemos. Se podría decir que la niebla, al ocultar las cosas, empuja a detenerse en lo que de vez en cuando la niebla deja ver.  El poema, de alguna manera, es también un caminar a tientas en busca de algo que ves pero no ves. Es la misma tensión que empuja a los cuerpos a desear más lo que se muestra parcialmente que lo que se enseña con descaro. Juan Ramón Jiménez dijo: “lo entrevisto se ve mejor y dura más que lo visto”.  Y Valente escribió: “analicemos/ con la frialdad habitual a la que sólo / el poema se presta / la difícil pasión de lo menos visible”.

Me temo que muchas veces de tanto querer ver a lo lejos se pierde de vista lo que está cercano y es esencial

Gracias a la niebla presté más atención a la hierba húmeda, al rocío en suspensión, al sonido de un mar que no veía rompiendo contra los acantilados o al faro que apareció de pronto lo mismo que un fantasma. ¿Sucede con la vida algo parecido? ¿Las cosas que tenemos delante de los ojos se vuelven invisibles igual que es invisible el agua para los peces en la parábola de David Foster Wallace? Me temo que muchas veces sí, me temo que muchas veces de tanto querer ver a lo lejos  se pierde de vista lo que está cercano y es esencial. La vida  parece insuficiente, en buena medida, por culpa de un relato universal que hace de la existencia una gran aventura en la que siempre hay algo por descubrir o alcanzar. Pero el misterio de la vida quizá radique, precisamente, en su radical ausencia de misterio, en que la vida es simplemente eso que tenemos delante de los ojos, un simple andar hacia la muerte, hacia el vacío común. Nada más. Algo tan  esencial que nos vemos a obligados a ocultarlo tras una espesa niebla porque su sencillez asusta. Valente dijo: “la poesía es, ante todo, un gran caer en la cuenta”.  Pienso que para la vida podríamos decir algo parecido.

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