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París no arde

Tras la derrota de Le Pen hemos respirado aliviados. Lo decían las encuestas, pero también aseguraron que Trump no tenía opciones de llegar a la Casa Blanca.

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Le Pen arranca su campaña con la intención de emular a Trump y el "brexit"

Le Pen en un acto de campaña. EFE

El domingo pasado, una amiga campurriana que reside en Burdeos me envió un whatsapp a las 20:01 en el que respiraba aliviada por el anuncio de los sondeos que adelantaban el resultado de las elecciones francesas. "Menos mal, creo que al menos podré vivir otros cuatro años aquí".

Y no es que le emocione demasiado Emmanuel Macron, no, pero las oscuras perspectivas de una presidencia de ultraderecha en el Eliseo la tenían muy preocupada. Igual que a muchos franceses. Igual que a muchos que no somos franceses.

Era demasiado doloroso imaginar un gobierno de Le Pen en la cuna de La Revolución y un feo gesto al pasado de la Francia ocupada por los nazis. No; Francia no, no podía ser. Pero tampoco podía ser que ganase Donald Trump y ahí le tienen, sentado en el despacho oval y enseñado el músculo de sus misiles.

Ahora bien, de un tiempo a esta parte nuestros vecinos han dejado de ser ese modelo de modernidad y apertura al que mirábamos desde este lado de los Pirineos con un cierto complejo de inferioridad que apenas nos aliviaban los veranos de Induráin y Nadal. La deriva de un país cuyo faro enciclopedista iluminó el pasado, proyectaba ya demasiadas sombras que terminaron oscurecidas del todo por los palos de ciego propinados (y recibidos) por un desorientado Françoise Hollande.

La falta de soluciones a los problemas sociales, la escasa cohesión, el paro, la recesión, el racismo, la xenofobia,… han transformado la cara de un país dolorido por el terrorismo y atenazado por la desconfianza. Pero no nos engañemos, el rechazo al emigrante magrebí reproduce el mismo fenómeno que sufrieron allí mismo los trabajadores españoles e italianos después de la II Guerra Mundial y más adelante en los años cincuenta y sesenta. Hoy los parias son otros.

"Macron lidera un partido que prácticamente no existe, es un pimpollo que no ha cumplido siquiera la cuarentena y mantiene relaciones muy peligrosas con el poder económico"

Curiosamente, las dudas europeístas planteadas por Le Pen han reforzado en otros países el modelo de la unidad continental, cerradas las filas tras el insolidario desafío del brexit, pero bastante tiene Francia con restañar sus heridas como para ponerse a liderar el proyecto. La verdad, no estoy completamente seguro de que Europa sea la solución, pero si Le Pen está en contra, yo estoy a favor.

Mi amiga campurriana trabajó durante algunos años en Eurodisney y hoy lo hace en una residencia de ancianos donde es muy apreciada. Es feliz en Francia y no se ha planteado volver, salvo por el susto producido en la primera vuelta de las elecciones. Pero a grandes males, grandes remedios y, por lo menos, la reacción de los franceses en la segunda vuelta ha sido lo suficientemente firme como para doblar los votos de Le Pen.

Lo que les espera no va a ser fácil. Macron lidera un partido que prácticamente no existe, es un pimpollo que no ha cumplido siquiera la cuarentena y mantiene relaciones muy peligrosas con el poder económico. Pero al menos Francia ha resistido la tentación del lado oscuro y cabe pensar que puede haber tocado fondo.

Cuenta la leyenda que cuando Hitler consiguió comunicar con el gobernador militar alemán en París, Dietrich Von Choltitz, para saber si se habían cumplido sus órdenes de destruir la ciudad, apenas le preguntó secamente: "¿Arde París?". Al otro lado de la línea, el general se limitó a sacar el auricular del teléfono por la ventana y hasta Berlín llegaron las notas de La Marsellesa y el alegre repiqueteo de las campanas de la ciudad.

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