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Pauloncesto

Recordaré para siempre el 17 de septiembre de 2015 porque estuve allí, en Lille, y vi el milagro con mis propios ojos. Y, desde luego, los franceses tampoco podrán olvidar esta fecha porque fue el día en el que Francia (en casa y con todo a favor) perdió contra España y tuvo que asumir que volvían a tener un rey entre ellos.

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Pau Gasol

Imaginad a Henry-Marie Beyle (Stendhal) en Florencia en 1817. Acaba de ver los frescos policromados, los maravillosos techos, la tumba de Miguel Ángel y el altar mayor de la Basílica de la Santa Cruz. Debido a todo lo que sus sentidos han absorbido se queda desorientado y comienza a sufrir temblores, taquicardias y alucinaciones. La sobredosis de arte le produce algo parecido a un ataque de ansiedad.

Ahora, imaginad al que os habla en Lille el pasado jueves. Comiendo un bocadillo, rodeado de franceses ataviados con sus colores y con sus canciones de guerra y derrochando buen rollo y alegría. La final del Eurobasket estaba realmente al alcance de sus manos.

Estadio Pierre Mauroy

Entré en el moderno estadio de fútbol Pierre Mauroy una hora antes del evento (convertido en pabellón de baloncesto para la ocasión), busqué mi localidad y me senté. 27.000 personas me rodeaban. Récord histórico de asistencia de público a un partido de baloncesto en Europa. Después de contar por encima, llegué a la conclusión que 26.950 eran franceses.

Los nervios aumentaban al tiempo que las canciones de guerra se sucedían. Cánticos como 'Allez les bleus' o algo parecido a "el que no bote no es francés" engalanaban aquel escenario de ensueño. Las gradas estaban pintadas por miles de banderas, un buen número de grupos de amigos, una chica con la camiseta de Villa, adolescentes con los colores de Francia impresos en sus mejillas y tres colegas que portaban con orgullo el casco de Astérix, el galo.

Pocos minutos antes de comenzar el partido, con los jugadores ya en cancha, se interpretaron los himnos nacionales de ambos países. Primero, 'La Marsellesa'. Todo el aforo de pie, cantando al unísono una de las canciones más libertarias que existen. Espectacular. La piel de gallina. Después, el himno español. Sin letra, acelerado. Silencio sepulcral. En un evento deportivo y sin pitada masiva, apenas lo reconocí.

El Partido

Exprimir el lenguaje para mostrar los sentimientos que las palabras ocultan es el oficio de escribir. A eso me he dedicado toda mi vida con mayor o menor acierto. Sin embargo, debido a una especie de síndrome de Stendhal, me cuesta mucho trasmitiros algunas de las sensaciones que tuve durante aquel partido.

Podría hablaros, sin problema, de la mala selección de tiros de Rudy (1/6 en triples en el partido y de su acumulado de 3/20 en el campeonato), de cómo Mirotic lo intentaba con toda su alma y de cómo se fue desesperando poco a poco hasta irse mentalmente del partido (quizá, porque no le salían las cosas, 1/5 en triples y 4 pérdidas de balón, o quizá, por unas faltas que posiblemente le hicieron y que los árbitros no pitaron).

No me resultaría difícil comentar cómo España les iba concediendo rebotes defensivos, cómo la afición francesa cantaba y disfrutaba viendo a Parker con el balón cosido a sus manos o cómo, paulatinamente, Batum, De Colo y Gelabale se fueron creciendo en sus tiros exteriores mientras Gobert se hinchaba a rebotear.

Tras el partido, permanecí sentado, sin digerir bien lo que había visto. Parecía como si hubiese estado sobrevolando aquel improvisado pabellón durante casi dos horas. No puedo explicaros realmente lo que allí me pasó.

Era como si Francia saliera en cada cuarto con la garra de los tiempos y a nosotros nos costase darnos cuenta de que sólo el trabajo en equipo podría sacarnos de aquella situación. Afortunadamente, esta dinámica cambiaba según avanzaba cada uno de los periodos.

También podría comentaros que, afortunadamente, Scariolo se olvidó de esas rotaciones tan características suyas que parecen hechas desde el hotel y que apareció el 'Chacho' para cambiar la velocidad del juego y que Llull y Rudy (incluidos sus 3 robos y 3 tapones) defendieron como nunca.

No sería difícil comentar que la aportación en el rebote de Felipe y, especialmente, de Víctor (con sus 4 rebotes en ataque) fue decisiva, al igual que lo fue que el entrenador de Francia no cambiase la defensa individual en todo el partido sobre un tal Gasol que consiguió anotar 40 puntos, (y atrapar 11 rebotes, poner 3 tapones y recibir 11 faltas). Muchas gracias Monsieur Collet por no acordarse de que existen los dos contra uno y las defensas en zona.

Pau Gasol

Casi todo se puede contar y analizar; habitualmente no es un problema. Las jugadas concretas, los pick and roll, la asistencia de Ribas, el rebote de Parker desde el suelo… todo, menos el grito que vomitan tus entrañas ante cada ataque y cada defensa en un partido con tanta intensidad. Ese deseo ferviente de victoria que te agarra el alma y le lanza contra el aro cabalgando en cada balón que salía de las manos de nuestros jugadores.

Y en esos momentos de agónica lucha, en aquel pabellón lleno de franceses, de alguna manera inexplicable, me vi superado por la situación. Como Stendhal abandoné mi cuerpo y me agarré a Pau Gasol. Me hicieron cada falta que le hicieron, cogí cada rebote que cogió, metí cada tiro que metió…

Un trabajo hecho sin malos gestos, sin malas artes, con sudor y con ganas, haciendo en silencio que el resto del equipo asumiera el papel que le correspondía sobre el parquet. Y, claro, supe que íbamos a ganar tras aquel mate que me hizo gritar a tres minutos de acabar el último cuarto. Aquel mate les dejó claro a los franceses que algo no iba bien y que había un loco canoso soltando toda su tensión en la grada. Balones a Gasol y defensa. Eso fue todo. Así de fácil, así de indescriptible.

Tras el partido, permanecí sentado, sin digerir bien lo que había visto. Parecía como si hubiese estado sobrevolando aquel improvisado pabellón durante casi dos horas. No puedo explicaros realmente lo que allí me pasó.

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