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Pedro Sánchez y la sonrisa de Cristo

Debatir sobre si Cristo defendía o condenaba la risa o sobre los eventuales resultados electorales del PSM son asuntos igual de intrascendentes. A no ser que lo verdaderamente importante sean las relaciones de poder.

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Discutir sobre lo que pudo haber sido o lo que quizá puede que sea es, en realidad, bastante intrascendente porque siempre nos vamos a mover en el pantanoso terreno de lo indemostrable. Dicen que los bizantinos debatían sobre el sexo de los ángeles y siglos después se debatió si los indígenas americanos tenían alma hasta que el Papa impuso su punto de vista. Son, como digo, simples ejercicios de esgrima mental, aunque los floretes jamás lleguen a hacer brotar esa primera sangre duelista porque sencillamente carecen de filo, por mucho que los espadachines se batan con vehemencia.

La reciente discusión en el seno del Partido Socialista de Madrid sobre unos eventuales resultados electorales negativos o sobre la supuesta incidencia en términos de corrupción que pueda traer la investigación en torno al tranvía de Parla guarda también tintes intrascendentes. O quizá no.

Me recuerda un delicioso pasaje de El nombre de la rosa, la inquietante y oscura novela de Umberto Eco en la que dos personajes, Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos se enzarzan en una encarnizada discusión en torno a Cristo y la risa, igual de intrascendente. O quizá no.

Cuando el monje que investiga los crímenes de la abadía llega al scriptorium para interrogar a los copistas, se produce una situación tensa ya que después de que todos rompan a reír a causa de unos dibujos cómicos, un monje anciano les afea la conducta afirmando que "nuestro Señor no necesitó tantas necedades para indicarnos el recto camino. En sus parábolas nada hay que mueva a la risa".

El franciscano le responde -citando al Aeropagita- que, "cuanto más disímil es la comparación, mejor se revela la verdad bajo el velo de figuras horribles e indecorosas. Las imágenes marginales suelen provocar sonrisas, pero tienen una finalidad edificante".

Y en los mismos términos parece extenderse la discusión sobre cuáles serán los resultados del PSM en las próximas elecciones. Afirma Pedro Sánchez, actuando en nombre de la rosa, que "el PSOE es un partido ganador y era necesario hacer una limpieza. Los populares tapan, nosotros limpiamos". Sin embargo, sus propias expectativas de voto en las elecciones generales también se han puesto en entredicho, al menos por las encuestas, que le auguran resultados muy flojos. Por su parte, Tomás Gómez afirma que la decisión de Sánchez ha sido "un error histórico tremendo" y sospecha que "se han manipulado los datos".

Está claro que nadie puede afirmar categóricamente que Cristo riese alguna vez o dejase de hacerlo. Como tampoco nadie puede anticipar ahora con plena seguridad los escaños que los socialistas obtendrán en la Asamblea de Madrid o los concejales que sumarán en el Ayuntamiento de la capital. Por tanto, lo que reflejan ambas discusiones no es la voluntad de convencer, sino lo que verdaderamente subyace detrás de la polémica: la eterna lucha por el poder. En el scriptorium la discusión se zanja a favor de Fray Jorge de Burgos, atendiendo a su edad y su fatiga, mientras que en Madrid, Tomás Gómez se quita de en medio dejando caer que Rubalcaba ha vuelto al PSOE.

Probablemente lo que los socialistas están intentado descifrar es si Pedro Sánchez tiene madera de líder y puede ser, de verdad, un buen candidato a la Presidencia del Gobierno o solamente un cordero al que sacrificar en el sagrado altar de las urnas… para dejar paso a Madina.

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