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Pensamiento único

Hay quienes han encontrado en los shopping center la respuesta que antiguamente, según Dylan, estaba en el viento.

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El mundo cambia. Bien es cierto que casi nunca como deseamos -cuando menos no como deseamos los que no tenemos más fortuna que nuestros miserables jornales- pero, en fin, lo indiscutible es que si nuestros bisabuelos vivieron un tiempo silencioso sin teléfonos, submarinos nucleares, películas de Bruce Willis y japoneses fotografiándoles la boina calada, en esta vertiginosa época que nos ha tocado transitar resulta que hay niños, jóvenes, adolescentes, que desconocen no sólo la existencia de un mundo sin televisión sino también sin hamburgueserías, móviles, internet, padres esclavizados y centros comerciales, muchos, muchos centros comerciales...

La televisión, entre otras posibilidades, nos muestra los esplendores y las miserias del planeta, nos distrae la soledad, nos concede la oportunidad de asistir en vivo a extraordinarios acontecimientos pero como en este asqueroso mundo todo anverso tiene su reverso, la televisión, con su continuo carrusel de anuncios publicitarios, también nos ha transmutado de ciudadanos en consumidores, es decir, nos ha convertido en clientes; clientes pertinaces, perpetuos, insistentes; clientes de perfumerías, tiendas de a cien, corredurías de seguros, concesionarios de coches y, sobre todo, de centros comerciales, de muchos, muchos centros comerciales...

Hay quienes han encontrado en estos shopping center la respuesta que antiguamente, según Dylan, estaba en el viento. Así, padres, madres, travestíes, niños, jubilados de la administración pública y miembros de alguno de los cien mil colectivos culturales que en nuestro territorio se dedican a eso tan rentable de promover la cultura regional a cuenta del erario público, pasan alegremente el fin de semana entre sus paredes, lo mismo comprando latas que cenando una Happy Burguer con Happy Chips and Happy Drinks en la Hiper Happy Happy Hamburguesería.

En realidad, todos los centros comerciales de esta descorazonadora corteza terrestre son iguales, lo mismo los situados en la isla de Djeba que los ubicados por los alrededores de la recta de Parayas: luminosos, espaciosos, insípidos, llenos de todo y llenos de nada, todos huelen de la misma manera, todos suenan del mismo modo y todos, absolutamente todos, venden los mismos productos. A medida que el mundo se empequeñece, más y más centros comerciales se abren, de modo que si en busca de una gorra de baseball, de una lata de berberechos o de algún maquillaje espectral que te disimule el creciente parecido con el retrato de tu abuelo, una tarde lluviosa como esta –más desagradable que una rueda de prensa de José María Aznar- entras en el Corte Ingles de Santander, también estás entrando en el Corte Inglés de Sevilla, en el de Murcia o en el del barrio de Argüelles, en Madrid. En esto, más o menos, consiste eso que los pobres, pretenciosos y limitados articulistas, tan siniestramente numerosos actualmente, denominamos -tan pomposamente- pensamiento único.

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