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Pensar la muerte

Pensar la muerte ayuda a la identificación de lo que para cada uno es esencial y, así, se facilita la toma de decisiones vitales priorizando aquello que es importante para cada uno.

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Olvido. | Jesús Sánchez

Olvido. | Jesús Sánchez

Pienso mucho en la muerte, no todo el tiempo pero casi. Tengo presente la muerte cada día. Qué hombre más triste, pensarán. Bueno, un poco sí pero no del todo. Pensar la muerte ayuda a tomar conciencia sobre el hecho de existir. Ante la idea de la muerte solo las cosas esenciales aguantan el tirón, el resto salen disparadas. De esta forma, pensar la muerte ayuda a la identificación de lo que para cada uno es esencial y, así, se facilita la toma de decisiones vitales priorizando aquello que es importante para cada uno.

Se podría decir que pensar la muerte ayuda a vivir la vida con algo parecido a un rumbo propio, ayuda también a pensarnos a nosotros mismos. Tomar conciencia de la finitud de la vida no lleva necesariamente a la oscuridad sino que, de alguna manera, nos saca de ella gracias a un mayor conocimiento del ser y la existencia (del ser en la existencia) que aporta vitalidad y una alegría sólida que nace, paradójicamente, de la aspereza ("Llegué por el dolor a la alegría", dejó escrito José Hierro).

En la actualidad no se suele pensar demasiado la muerte. Hoy parece primar la distracción, el entretenimiento. La muerte es algo incómodo, algo que corta el rollo de la gran fiesta de la vida.

Pensar la muerte puede generar angustia pero es una angustia que se podría definir como sanadora ya que ante ella pocas cosas nos parecerán merecedoras de un disgusto importante. Pensar la muerte nos libera de peso, nos ayuda a quitarnos importancia a nosotros mismos y aporta serenidad. Pensar la muerte ayuda, además, a romper la visión lineal de la vida como algo que empieza aquí y acaba ochenta o noventa años más allá: como el fin puede darse en cualquier momento el sentido lineal de la vida se dinamita y eso cambia radicalmente la forma de afrontar la existencia.

En la actualidad no se suele pensar demasiado la muerte. Hoy parece primar la distracción, el entretenimiento. La muerte es algo incómodo, algo que corta el rollo de la gran fiesta de la vida. Así que la ocultamos, la negamos, le damos la espalda. Y, claro, cuando llega muchas veces nos coge por sorpresa y se escuchan entonces los lamentos: ay, si lo hubiese sabido no hubiera malgastado la vida con cosas que no eran importantes, si lo hubiese sabido hubiera hecho lo que verdaderamente quería hacer, cómo no me di cuenta, etcétera.

Heidegger habló de todo esto. Su Daseín (ser-ahí) se refería a un ser humano existencial que muere y asume que muere y se angustia por ello, un ser pese a todo privilegiado porque se pregunta por el ser. En contra de lo que pueda parecer no se trata de una filosofía depresiva de esas que le empujan a uno a no salir de la cama o a cortarse las venas sino que esa angustia ante la muerte es, según Heidegger, el mejor camino para alcanzar una existencia auténtica. 

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