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Perdigonada al turista

Tenemos una oferta turística alternativa al sol y playa. No es fácil venderla, pero tiene mercado. Y sin embargo, si le tiramos perdigonadas al que se le ocurre venir.

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Hemos conocido estos días el importante incremento de precios que los hoteles cántabros han anunciado para este verano, cifrados en una media del 10% y con su pico más alto coincidiendo con el concierto de Enrique Iglesias en la ciudad. Bueno, muchas veces en el pecado está la penitencia.

Cada cuál sabe la mejor manera de manejar sus negocios, pero francamente, este castigo a los turistas que tienen la feliz idea de pasar un tiempo de vacaciones en nuestra comunidad me suena a perdigonada lobera en el lomo, no sea que vuelvan.

En Cantabria estamos intentando desarrollar un modelo turístico centrado en las alternativas al sol y playa de la Costa del Sol o Baleares. Bueno, tampoco nos queda otro remedio y si no comparen los días de sol de este mes de junio, que ya termina, en unas zonas y otras.

Así que la idea de ofrecer algo distinto no es ninguna quimera. Interesar a un visitante que no tiene ninguna gana de pasar calor y que además prefiere visitar el Centro Botín, la neocueva de Altamira o el palacio de La Magdalena es una loable labor que, además, responde a una realidad. A todo el mundo no tiene porqué gustarle lo mismo: asarse a 40 grados por el día y cocerse en la noche ibicenca puede ser estupendo. Pero no es lo único.

Sin embargo, yo no estoy seguro de que subir los precios sea la política más adecuada. Comprendo las enormes presiones a las que se ve sometida una empresa: impuestos, salarios, amortizaciones, mantenimiento, reinversión y, por supuesto,… beneficios, pero las cosas llevan su tiempo.

Para mí hay un medidor muy gráfico para saber si estamos en precios de mercado o no: la caña. El precio de una caña de cerveza establece unos baremos muy aproximados de lo que ocurre en verano. Aunque hay gente que prefiere otras cosas, la caña se pide de norte a sur y de este a oeste y, de manera más significativa aún, durante el verano.

Comparando dos modelos socialmente parecidos, les diré que una caña en los bares de moda de El Sardinero cuesta, en una terraza -las pocas que quedan-, dos euros. La misma caña, en pleno paseo marítimo de Marbella, tiene un precio no superior a 1,50 y viene siempre acompañada por un buen plato de aceitunas. Y nada de esas aceitunas que flotan en bolsas de plástico, sino sazonadas de forma deliciosa.

Sinceramente, si hay un sitio en España en el que saben mucho de turismo, este es la Costa del Sol. Son expertos en la gestión y han completado el recorrido adquiriendo una experiencia valiosísima. Partieron de aquellos chiringuitos de mala muerte, llenos de moscas y sangría aguada hasta ponerse en la vanguardia del turismo mundial.

Les aseguro que no me quedo corto, Andalucía lleva muchos años siendo la locomotora del turismo español e incluso nuestra referencia más significativa en el extranjero. Ellos lo tienen claro, el tiempo de la paella servida con el trabuco al hombro ha terminado ya, se han creado estructuras de negocio que han sobrevivido incluso a la terrorífica crisis económica de los últimos años y gozan de una imagen atractiva, asequible y amable.

Conozco muy bien el percal y me asombra que se mantengan algunos estereotipos; los andaluces no son vagos, sino todo lo contrario y han sabido entender que lo mejor que se puede conseguir de un turista es… que regrese. Un turista contento no solo se convierte en una fuente permanente de recursos, sino que también es la mejor herramienta publicitaria para atraer a otros. Ya lo saben, una buena experiencia se cuenta, por lo menos, a otras tres personas.

Así que bien podemos en Cantabria ofrecer sombra al acalorado turista, paisajes que le inspiren, museos que le enriquezcan, gastronomía que le fortalezca y un presidente que les cante 'Viento del norte' para que se duerma, pero si fallamos en los precios probablemente no volverá. Y un turista que no vuelve, seguro que también lo saben, se lo cuenta, como mínimo, a otros diez.

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