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Perro cocido

Salvo formar parte de un eterno gobierno en funciones, se me hace difícil imaginar algo tan impopular como estar empadronado en Tordesillas.

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Tordesillas cambia lanzas por picas en su primer festejo sin lidia ni muerte

Toro de la Peña, 2016. EFE

Reconozco que me he enganchado a los telediarios, esos spots de la Marca España que compiten en capacidad lobotomizadora con los programas de teletienda.

Ahora sé que junio es el mes en que los españoles empiezan o preparan las vacaciones (y me lo repiten todo el santo mes). Agosto es el mes en el que la inmensa mayoría de los españoles está de vacaciones (y ahí va otro mes para recordarlo). Septiembre es el mes en donde la mayor parte de los españoles vuelve de vacaciones y la última remesa se incorpora a ellas (ídem). Tengo curiosidad por ver cómo será octubre, pero, tras la cortedad de la vuelta al cole (solo ha durado una semana) me juego la peluca a que empezaremos a preparar la Navidad. 

Entre el final de la Champions y el inicio de la Champions no dista un mes (en el que los futbolistas mayoritariamente han estado de vacaciones). Además, en verano hace calor y en otoño vienen las lluvias, del mismo modo que la noche sucede al día, y viceversa, para contar lo cual es necesario una hora al día en horarios de máxima audiencia, de tal modo que ya se preparan programas-resumen de la información meteorológica en donde se repasarán las mejores jugadas, los presentadores anunciarán sus memorias y se visionará una estricta selección de las mejores 328.456 fotografías de puestas de sol y amaneceres sanguinolientos.

Pero para sangre, Tordesillas, no me lo negarán. Entre bikini y bikini aparecen en el televisor, en salaz mescolanza, unos señores con pitillo en la comisura y lanza en ristre. Las señoras, como es debido, les sujetan los riñones al grito de "¡Que te pierdes, Pepe! ¿No ves que son unos desgraciaos?". Prodigios de la Marca España. Con esta tropa no hay manera de vender lavadoras en Portugal. Me imagino a cualquier 'mildred' inglesa viendo el Canal Internacional de TVE por la noche con su vaso de ginebrita (33 cl) antes de acostarse y exclamar al borde del colapso:

-My Lord!, ¿qué cenarán estos españoles en Navidad: perro cocido?

Salvo formar parte de un eterno gobierno en funciones se me hace difícil imaginar algo tan impopular como estar empadronado en Tordesillas. Hipnotizado me quedo ante el televisor esperando ver en cualquier momento una cabeza ensartada o un animalista lanceado a las puertas del Ayuntamiento. Tordesillas: bienvenidos al siglo XV; nada que ver con estos pagos en donde ya vamos por el siglo XXIII, como mínimo. Afortunadamente después, y en rápida sucesión, vienen más bikinis, una ternera de tres cabezas, un apasionante 'reporte' sobre la gastronomía chechena y, de postre (¿se lo imaginan), el Tiempo de mañana, pasado mañana, el fin de semana y la Nochevieja.

Me gusta la televisión. He dejado de trabajar (más de lo habitual), apenas no como y mi vida social tiene la longitud de mi pasillo según se tuerce al baño. No puedo despegar el ojo de la caja. Ver tanta barbarie en 4K produce un efecto catalizador en mis neuronas, solo comparable con una freidora en su apogeo. Incluso he acariciado la idea (cargada de lascivia política) de un gobierno tripartito con las Kardashian al frente de un Consejo de Ministros plagado de chonis, tíos mazas y expitonisas.

Tordesillas. Cinco siglos nos contemplan. Pero apelar a la tradición es bastante chusco en este caso, porque es apelar a lo atávico despojándole de lo místico. En apariencia hay una relación entre una manada persiguiendo a un toro y lancearlo hasta la muerte y un grupo de seres primitivos acosando con lanzas a un animal para comérselo. Pero ahí acaban las semejanzas. La diferencia es que los hombres prehistóricos respetaban al animal y después de darle muerte le daban las gracias por facilitarles el alimento. Hay un rastro antiquísimo de esto hasta el presente. Cuando las familias hasta hace no mucho oraban en la mesa para dar gracias por los alimentos que iban a tomar en el fondo estaban repitiendo este rito inmemorial, salvo que en vez de dar gracias a Dios o a los dioses por los alimentos, los ancestros se lo daban al animal mismo del que se servían. 

Yo siempre he pensado que había algo de esto en las pinturas rupestres, esa televisión antediluviana sin cables ni enchufes. ¿Por qué pintar animales en lo más recóndito de la cueva? ¿Un uso mágico de la representación? Quién lo sabe. Teorías hay para todos los gustos. Pues ahí va la mía: Era su particular manera de rendir homenaje a los animales.

De la Prehistoria a Tordesillas median bastantes milenios, pero en dirección inversa. Afortunadamente, ya queda menos para irnos de vacaciones.

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