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Política con binoculares

En política es costumbre que los principios se muevan, porque la política es terreno dunar. El tactismo y el ansia de poder lo hacen posible. Pero una cosa es un movimiento y otra un corrimiento de tierras.

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Rivera alerta de que la paciencia de los españoles se acaba y pide a Sánchez no ser un "tapón" y que se abstenga

Albert Rivera durante su intervención en la sesión de investidura de Mariano Rajoy.

Todo gran narrador es un gran observador. Dickens dedicaba varias horas diarias a pasear por el Londres nocturno, acompañado de sus mejores amigos, para 'cargarse' de realidad. De ahí que sus novelas tengan esa sensación tan vívida, que la imaginación a duras penas puede alcanzar. No había internet, no había correo electrónico ni televisión. Eran su observación y sus lecturas lo que les aportaba la piedra clave sobre la que construir su obra. Luego su talento aportaba a la fábrica su personal sello. 

Carlos Marx, sin moverse de la butaca, pero yendo con asiduidad a bibliotecas y leyendo toda la prensa que caía en sus manos, escribió desde Londres la 'Historia de la revolución española' (la que eclosionó con la Guerra de la Independencia), lo que llena de pasmo por su profundo conocimiento de la época, el territorio y sus protagonistas.

Todo narrador es un observador. Y los grandes escritores siempre han sido una fuente de anécdotas, que son narraciones verosímiles, reales y ejemplarizantes, en ocasiones bastante divertidas. G. K. Chesterton contaba una sobre dos ancianitas que vivían en un cottage en la campiña inglesa. 

Estas dos ancianitas eran adorables, vivían de forma tranquila y nada importunaba la paz de su cottage. Hasta que un día, un hombre tomó alquilada la vivienda más cercana. Se hicieron vecinos. Imagínense la escena: Sussex, hierba fluorescente, casitas como de chocolate, y un río a lo lejos que serpenteaba. La Paz. El Paraíso. 

Todas las mañanas, el hombre salía muy pronto de su casa y atravesaba la campiña en dirección al río. Acostumbraba empezar el día dándose un baño desnudo (lo de bañarse vestido se conoce es una conquista de la modernidad hasta su apoteósis con el burkini) y a eso se dedicaba, sin caer en la cuenta de que importunaba la plácida existencia de las ancianas, que no estaban acostumbradas a ver hombres en cueros. Bueno, realmente nunca habían visto uno. 

El vecino fue amonestado cordialmente y él, todo un caballero, pidió disculpas y se comprometió a que no volviera a ocurrir. Así que nuestro hombre todas las mañanas abandonaba su casa y se dirigía al río, igual que siempre, solo que no paraba hasta haber recorrido al menos un kilómetro de distancia. Entonces, con todas las precauciones del mundo, en el sentido de que no hubiera un ser viviente a mucha distancia a la redonda, se bañaba.

Superada la fase de la cortesía, el vecino recibió una demanda judicial por escándalo público, lo que en aquella época no era una tontería. El hombre estaba pasmado y cuando acudió al juzgado tenía tanta curiosidad como aprensión. Una vez allí se encontró a sus dos demandantes y no tardó en iniciarse el juicio. Según relataron sus vecinas, aquel hombre había hecho caso omiso y seguía bañándose desnudo delante de su casa.

Esto hizo que el demandado protestara y afirmara, como así era, que en efecto se bañaba, pero a tanta distancia que era imposible que alguien lo pudiera ver. Las ancianitas protestaron indignadas. ¡Por supuesto que lo veían! A lo que el juez metió la cuchara y preguntó, dado que no entendía nada, cómo era posible que lo vieran a tan grande distancia. Y las dos, al unísono, respondieron que era cierto que el caballero se alejaba para tomar su baño, pero que eso no cambiaba la cuestión:

-¡¡¡Le seguimos viendo con los prismáticos!!!

El otro Marx, Groucho, que no era un ratón de biblioteca británico, es el perpetrador de una de las frases más geniales de la historia: 

-Estos son mis principios, pero si le desagradan, tengo otros.

En política es costumbre que los principios se muevan, porque la política es terreno dunar. El tactismo y el ansia de poder lo hacen posible. Pero una cosa es un movimiento y otra un corrimiento de tierras. Si todo ello se adoba con cinismo e hipocresía, acabamos de dar con el ser de nuestros tiempos. 

Asistir estos días a los movimientos de posición para la formación de Gobierno permite constatar cómo aquellos elementos inamovibles, esas líneas rojas que era impensable mover, no es que se destiñan, es que se borran y se trazan unas nuevas con todo desparpajo, constatándose así que el político es aquel que puede decir una cosa y su contraria sin inmutarse.

Cuatro años de Gobierno de Mariano Rajoy han supuesto una labor de zapa y liquidación del estado social, al que le faltan cuatro años más para agotar la tarea. Pero esa obra de ingeniería, se conoce, no es todo lo sólida que se pretendía. Recuérdenlo. Nada era modificable porque todo era necesario (habría que preguntarse para quién).

Y ahí estaba la Lomce, trazada por ese príncipe de la iglesia laica que es Wert, alojado ahora en un chateau de París. Tampoco se podía hacer nada con la reforma laboral, ni los recortes, ni nada de nada. Lo que no pudieron cambiar el drama de millones de personas, las manifestaciones multitudinarias y el derrumbe del voto del partido gobernante, parece que ahora es prescindible si hay una reelección de por medio. Pero esto es la vieja política, se conoce, y a nadie puede sorprender demasiado. Los sólidos principios morales son cualquier cosa menos sólidos, principios y morales.

El caso de Ciudadanos, no por previsible, es menos alucinante. De no pactar nunca, jamás de los jamases, con el adalid de la corrupción (Albert Rivera dixit), no sólo se pacta sino que se quiere hacer presidente a quien había sido anatemizado como el máximo responsable. Basta con redefinir qué es corrupción y los escrúpulos desaparecen (La corrupción debe ser como el colesterol: hay un colesterol bueno y otro malo, por lo que descubrimos ahora que hay una corrupción insoportable y otra soportable). 

Unos sólidos principios, como ven, a los que rápidamente se adjuntará una rápida incorporación a un Ejecutivo, si este se constituye, claro está. De pactar con el PSOE, se pacta ahora con el PP. Y este partido exige ahora la abstención patriótica del resto de formaciones cuando meses atrás el Partido Popular dijo 'no' a la investidura del socialista Pedro Sánchez, cosa lógica por lo demás, aunque desde el punto de vista del ahora, adolecía de patriotismo. 

Como las ancianitas de Chesterton, Albert Rivera ha echado mano de sus prismáticos para justificar lo injustificable.

Lo más irritante de todo esto no es tanto la desfachatez política, ni el bombardeo mediático a la población, sino la moralina con que está revestido lo que no es más que un mercadeo vulgar y corriente. Patria, gobernabilidad, virtud y deshonra, premio y castigo. Más que un Parlamento parece una reunión catecumenal o unos ejercicios espirituales. Al final la hipocresía social, política en este caso, acabará imponiéndose y ni bañarse podrá uno en el río. Sencillamente, lo privatizarán.

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