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Posibilidades

Ocurre que (se haga lo que se haga, se decida lo que se decida, se vaya deprisa o despacio) al final siempre se es una cosa, una sola cosa frente a las infinitas posibilidades de lo que no hemos sido.

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1937 Pontiac-Speedometer | New York Library.

1937 Pontiac-Speedometer | New York Library

Una persona encierra dentro de sí a muchas potenciales personas. Uno es lo que es, pero sabe que podría haber sido o que podría llegar a ser otras muchas que cosas que desconoce. Así que, claro, son inevitables las preguntas y es frecuente interrogarse sobre cómo podría ser la vida si se hubiera hecho aquello en lugar de esto o sobre cómo podría llegar a ser la existencia en el futuro si se hiciesen cosas distintas a las que están haciendo.

Pero ocurre que (se haga lo que se haga, se decida lo que se decida, se vaya deprisa o despacio) al final siempre se es una cosa, una sola cosa frente a las infinitas posibilidades de lo que no hemos sido. El hombre, si es asediado por múltiples ofertas, tiende a la ansiedad y la insatisfacción. Pasa en un supermercado y pasa en la vida. Ya lo dejó caer Pessoa en su poema del Chevrolet: "A la izquierda, ya lejana, la casucha modesta, aún menos que modesta. Allí la vida debe de ser feliz, sólo porque no es la mía. Si alguien me vio por la ventana de la casucha soñará: ese sí que es feliz".

Contrastar lo que uno es con la fantasía de lo que no se ha sido (o de lo que se podría llegar a ser) es una trampa.  No tiene sentido comparar lo real con lo imaginado, lo que hay con el sueño. Al final somos lo que hemos llegado a ser y la pregunta que motive cualquier cambio debe estar, intuyo, asociada más a la satisfacción de lo que somos (¿me gusta el lugar en el que estoy, lo que hago, lo que soy?) que a la comparación de lo que somos con las múltiples fantasías de lo que podríamos ser.  

La tecnología no ayuda a todo esto pues uno puede asomarse a través de las pantallas a millones de vidas (reales o de ficción, qué más da). Por la pantalla ves al mochilero en India, al surfero en California, al escritor en su despacho trabajando, el sexo en todas sus posibles variantes, al hippie, al cantante, a la familia feliz en su mansión, al deportista, al directivo de éxito. En realidad, uno no se asoma, sino que es arrollado por un tsunami de propuestas y, casi sin darse cuenta, se ve sumergido en ese fluido viscoso que se pega al cuerpo y hace fatigosa la vida porque lo que se siente es la angustia de las mil vidas no vividas, de los millones de vidas que jamás llegaremos a vivir.

En una época en la que las vidas posibles se nos ofrecen igual que los envoltorios en un hipermercado hay, pienso, que hacer un esfuerzo especial para no dejarse arrastrar por la ansiedad del que va de rebajas y todo lo quiere vivir y experimentar. La lógica del consumo no se debe aplicar a la vida. Hay, creo, que aceptar ser solo uno, vivir (como dice el poeta Manuel Vilas) "en una sola forma", reconciliarse con la sencillez y simpleza de la propia existencia, sabiendo que las posibilidades infinitas de ser distintos, de vivir distinto, nunca serán satisfechas y que por muchas vueltas que demos acabaremos siendo solo aquella cosa que lleguemos a ser y no otra. Vivir deprisa no es vivir muchas vidas sino vivir deprisa una sola vida. Ante la imposibilidad de multiplicarnos, de desdoblarnos, solo nos queda la calma, el reposo, detenernos a saborear lo próximo para no vernos arrastrados por una espiral de ansiedad e insatisfacción que nos consuma, para no caer en un permanente lamento por lo que no fuimos, por lo que nunca llegaremos a ser.

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