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El de Potes en Eurovisión

El festival de Eurovisión ha sucumbido a la globalidad cultural. Casi todos cantan en inglés. Frente a la uniformidad del imperio apenas resisten las lentejuelas de la maltesa y la bandera del de Potes

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La bandera de España con el nombre de Potes en Eurovisión. | @edairan

La bandera de España con el nombre de Potes en Eurovisión. | @edairan

Hay una escena formidable en esa obra de arte que es Pulp Fiction en la que Samuel L. Jackson no puede resistirse ante una tentadora hamburguesa. "Mi novia es vegetariana -dice-, lo cual prácticamente me convierte a mí también en vegetariano". Lo digo porque a mi novia le gusta Eurovisión, lo cual no me convierte a mí en un eurofan… pero casi.

Estaba viendo en la noche del sábado la LXI edición del festival (¡sesenta y una ediciones, que se dice pronto!) cuando saltó a la palestra el cantante Justin Timberlake y preguntado por la presentadora Petra Mede, respondió que sigue Eurovisión con interés desde hace mucho tiempo. Se ve que a su novia también le gusta. Bueno pues seguro que Justin Timberlake y su novia se han dado cuenta de que, de unos años a esta parte, entre las banderas que se agitan en las cercanías del escenario, hay una enseña española con gruesas letras negras que forman la palabra Potes.

Con todos los líos que ha habido a cuenta de las banderas, hasta el punto de que la ikurriña llegase a figurar en una lista de las prohibidas, aunque posteriormente fuera readmitida, emociona que la de nuestro paisano de Potes entrase en el Globen Arena sin problema alguno. El prestigio de nuestro orujo y el té de los puertos seguro que le precede.

"Están lejos los tiempos en los que nuestro honor patrio se jugaba en esos escenarios, un tiempo en que los griegos nos votaban por la reina Sofía y los franceses nos tenía manía"

Respecto al festival, no me atrevería a ofender la memoria del gran José Luis Uribarri valorando la calidad artística de las canciones, las coreografías, los vestidos de las/los artistas o el asombroso sistema de votación, al lado del cual la Ley d’Hont es una zapatilla rusa.

Pero sí me apetece comentar el giro que ha tomado desde hace algunos años Eurovisión, cuyo seso ha sido agresivamente sorbido por la globalización. Me refiero al hecho de que la gran mayoría de las canciones se interpreten en inglés, con lo cual es muy difícil distinguir a la representante española de la de Azerbayán, al de Estonia del de Holanda y la canción armenia de la austriaca. Si no fuera por la promoción previa, no sé cómo se aclararía el rotulista a la hora de poner los nombres de los intérpretes y los títulos de las canciones.

Están lejos los tiempos en los que nuestro honor patrio se jugaba en esos escenarios, un tiempo en que los griegos nos votaban por la reina Sofía y los franceses nos tenía manía. Que les den por el culo, protestaba hace unos años una indignada Rosa. De alguna forma, el sábado me conmovió la dignidad de la representante italiana cantando en su idioma y desafiando la plaga de la uniformidad pop angloamericanizada. Y encima quedó bastante mejor que nosotros. Con el disgusto que nos llevamos a cuenta del chiki-chiki y ahora resulta que le echamos de menos.

Hay mucho de nefasta globalización en esta pretenciosa absorción del lenguaje y las formas del imperio que, seguramente, vista desde Nueva York, Londres o Los Ángeles resulta más patética que lograda. Frente a esta dictadura cultural apenas sobreviven las nostálgicas lentejuelas de la maltesa, los aullidos tártaros de la ganadora… y la bandera del de Potes que, ante las lágrimas emocionadas de Justin Timberlake y las mías, resiste como el lábaro cántabro a las legiones romanas.

Para terminar, hay que destacar la impresionante repercusión mediática del festival, con importantes impactos en Europa, en China, en Australia (los invitados casi ganan) y en Estados Unidos (o eso dice Justin). A menudo hablamos de lo bien que Revilla vende Cantabria… ¡pues anda que el de Potes!

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