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Prejuicios

Los prejuicios no sólo están hechos de palabras, también de silencio.

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Elliott Erwitt, North Carolina, USA, 1950.

Elliott Erwitt, North Carolina, USA, 1950.

«A medida que la filosofía hace progresos, la estupidez redobla sus esfuerzos por implantar el imperio de los prejuicios». (Chamfort)

Sin prejuicios no podríamos vivir. Son una forma de intentar acotar nuestro mundo, de hacerlo más manejable. No tenemos ni tiempo ni capacidad para conocer todos los detalles de todo lo que nos rodea, y por eso ponemos límites, creamos categorías, construimos prejuicios.

Los prejuicios son juicios previos, generalmente negativos, que empleamos para caracterizar a un grupo –y cada uno de sus componentes– por su identidad étnica, nacional, cultural, ideológica, sexual, etc. Son una mezcla de creencias (estereotipos), emociones (miedo, envidia, etc.) y predisposición a la acción (a discriminar). Los prejuicios suelen operar a nivel inconsciente, quizá por eso Nietzsche decía que «todos los prejuicios proceden de los intestinos». Si a eso añadimos que son casi siempre negativos es fácil entender por qué nos cuesta tanto reconocer que tenemos algunos.

Pensadores conservadores como Edmund Burke, Joseph de Maistre o Johann Gottfried von Herder han defendido la necesidad de los prejuicios, en tanto herramientas necesarias para preservar una supuesta pureza de la propia identidad cultural, nacional, etc., frente al Otro, al que es diferente. Herder llegó a afirmar en su 'Filosofía de la Historia' que «el hombre se ennoblece por medio de bellos prejuicios». Frente a la razón abstracta de raíz ilustrada, los conservadores oponían las creencias y los «bellos prejuicios» que se derivan de las tradiciones. Para pensadores como Burke, el intento de justificar racionalmente nuestras creencias más íntimas y necesarias podría conllevar su ruina. Y supongo que ese sería el preludio de la destrucción de la sociedad que las crea y mantiene.

Esa tradición del pensamiento conservador sigue viva en filósofos actuales como Roger Scruton. En nuestras sociedades amordazadas por lo políticamente correcto, una defensa del prejuicio no es una simple provocación, es también una demostración de que se puede ser crítico desde posiciones conservadoras. Toda una advertencia para quienes, desde cierta progresía –y ahogados en su soberbia intelectual y cautivos de prejuicios ideológicos–, creen detentar el monopolio del pensamiento crítico.

La defensa del prejuicio surge como reacción contra la fe en la razón del movimiento ilustrado, que concebía la historia como el lugar donde se rompe progresivamente con la tradición y la costumbre por medio de la reflexión crítica racional. El progreso de la humanidad depende en gran medida de la demolición de los prejuicios. Por eso Voltaire, figura medular de la Ilustración, dijo en su 'Poema sobre la Ley Natural' que «los prejuicios son la razón de los tontos».

Me parece un tanto ingenuo creer que el pensamiento, por sí mismo, puede acabar con los prejuicios. Grandes pensadores han llegado a conclusiones absolutamente contradictorias respecto a la naturaleza y la necesidad de los prejuicios. Esto sólo nos dice que la solución no es fácil de encontrar (suponiendo que exista), lo cual no implica que debamos abandonar la tarea de reflexionar sobre los prejuicios; al contrario, debería servirnos como estímulo para intentar acabar con aquellos que dificulten o impidan la convivencia.

La mayor parte de los prejuicios se construyen sobre la creencia antiintelectualista de que «las cosas son más sencillas de lo que creemos»; es el «no le des más vueltas, todos los X son iguales» (donde esa «X» se puede sustituir por «los políticos», «las religiones», «los murcianos» o lo que usted desee). Tras la indigencia (y la pereza) intelectual de quien dice cosas así, se esconde además la soberbia del que cree que los demás son idiotas por no darse cuenta de algo tan sencillo como evidente. Pero los prejuicios también se ocultan tras el silencio.

En su 'Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo', Rosa Sala Rose cuenta una anécdota relacionada con los prejuicios. El 14 de septiembre de 1939, apenas dos semanas después de que el Tercer Reich comenzara su ataque a Polonia, el corresponsal de la NBC en Alemania, William L. Shirer, mantuvo una conversación con su criada alemana, asustada por la guerra:

– ¿Por qué los franceses nos están haciendo la guerra? –preguntó la criada.

– ¿Por qué les están haciendo la guerra ustedes a los polacos? –repliqué.

– Hum –dijo ella, con el rostro inexpresivo–. Pero los franceses son seres humanos –repuso finalmente.

– Y quizá los polacos también lo sean –objeté.

– Hum –respondió ella, inexpresiva otra vez.

Decía al comienzo que sin prejuicios no podríamos vivir, pero muchos de ellos dificultan o impiden convivir. ¿Qué hay tras ese «hum» de la criada? ¿Qué creencias, emociones, prejuicios, se esconden tras ese pensamiento inarticulado? Los prejuicios no sólo están hechos de palabras, también de silencio. Debemos aprender a escuchar a los que callan (incluidos nosotros mismos), aprender a escuchar los prejuicios que se ocultan tras el silencio.

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