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Primavera de sal

Es difícil crear un sustrato de memoria que sea algo más que imágenes, unos recuerdos que sepan azules, que se vistan de color salado o que suenen con tactos quebradizos de hojas recién caídas.

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Barcos pesqueros en el puerto de Santoña. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Barcos pesqueros en el puerto de Santoña. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Durante muchos años la llegada de la primera fue, para mí, olor a sal y viento fresco azotándome en el rostro. En un lugar concreto, con unas sensaciones precisas. Cada cual tendrá su ritualística, sus ejes de paso anuales. Este es el mío.

Durante todo el invierno, que aquí traía lluvias, y frío, y a veces días de esos donde el cielo está tan bajo que, de hecho, no llega a amanecer nunca, los recuerdos eran de color fundamentalmente gris. Y se combinan colores, aromas, tactos, y la memoria juguetea a ser sinestésica, y así consigue aprehender lo que la misma realidad jamás logró ser del todo.

Decía que el invierno eran grises, y olores ocres, porque cuando salía a andar en bici en esos meses en muchas ocasiones acababa dando vueltas en el velódromo que hay enfrente de la fábrica de Sniace, en Torrelavega, y allí el aliento era a industria, y un poco a ceniza de la antigua pista de atletismo, y hasta a eucalipto, cuando corría el viento de surada.

Pero en primavera era diferente. La primavera llegaba cuando olía a mar. Y a mar olía en un sitio muy determinado, en la cima de La Hayuela, justo cuando detenía los pedales y me dejaba caer, tranquilo y resoplante, hasta Comillas. Ahí entra, siempre, la brisa del mar, que viene espesa y salobre, que es aire que sabe más que olerse. Es pescado, y arena, y bufones llenos de gotitas. Y en ese momento, justo cuando esa sensación de sensaciones chocaba contra mi rostro, empezaba la primavera.

Y después se repetía mil veces el recorrido. Uno que en meses más oscuros no se podía hacer, porque la noche caía pronto, y porque la carretera entre Comillas y Santillana del Mar mordisquea con fuerza las piernas cuando hace frío. Se repetía mil veces, como digo, hasta casi hacerlo de memoria. El retinglar de la respiración en Quijas, justo al lado de la fuente donde parabas a echar agua. El erizarse el vello bajando hasta Golbardo, siempre en umbría; la enorme recta de Caranceja, que te parece eterna, que te resulta tan aburrida. Si te pasa un camión, aprovechar el rebufo de aire que te deja, durante un par de segundos, con la sensación de ser mucho más ligero de lo que eres.

Años más tarde llegas a pedalear en Castilla, y te das cuenta que aquella recta interminable es solo una más, ni siquiera una especialmente extensa, y que en Cantabria, en realidad, no tenemos tramos sin curvas, que el asfalto aquí, como la vida, es bastante más complicado, bastante más retorcido. Y luego subir hasta La Hayuela, el frescor cuando entras en las sombras del Corona, el olor a petricor si por la noche ha helado un poco. Bajar a Comillas, zambullirte en agua que es aire. Llegar hasta Santillana, apretar mientras zigzagueas en dirección al barrio de Torriente, sufrir siempre un poco de más en El Bosco. Y al fin mecerte, cuesta abajo, otra vez hasta Torrelavega.

Eso era el comienzo de la primavera. Un olor, una sensación.

Luego hay otras. En bici o andando, que en coche no se pueden apreciar. El tono salado en el viento que viene desde Santoña, el mismo que te hace salivar sin casi darte cuenta. El olor a tierra húmeda, a setas y hongos recién cogidos, mientras paseas por los cajigales del Saja. El toque achocolatado, dulzón, si ruedas hacia La Penilla. El castañeteo trémulo camino de Vega de Pas. La bolsa de aire cálido que espera, agazapada, en Estacas de Trueba. Madera quemándose, que anuncia el otoño, por entre las casas de Esles. Castañas asadas, lares que casi asfixian, luces titilando. Vuelta a empezar.

A lo mejor el problema es que ya no somos los que fuimos, y que por eso las cosas tampoco son las que fueron. O a lo mejor es que, realmente, ya nada tiene aromas, ni sabores, ni tactos particulares, empezando por los tomates y acabando por (la mayoría de) los libros. Incluso los paisajes. Y así es difícil crear un sustrato de memoria que sea algo más que imágenes, unos recuerdos que sepan azules, que se vistan de color salado o que suenen con tactos quebradizos de hojas recién caídas. Igual es todo eso. O igual, casi seguro, es solo cosa mía…

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