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Pude haber sido

Pude haber sido futbolista y aquí estoy, tan tranquilo, viendo la Eurocopa por televisión. Me faltaron las ganas y el talento, es cierto.

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Deporte de masas. | MARCOS DÍEZ

Deporte de masas. | MARCOS DÍEZ

Uno es una cosa pero podría haber sido otra cosa distinta. Yo, por ejemplo, pude haber sido futbolista y aquí estoy, tan tranquilo, viendo la Eurocopa por televisión. Me faltaron las ganas y el talento, es cierto. Mi carrera, breve, se inició a los trece años en la escuela de fútbol junto a Munitis (al que llamaban Futre en homenaje a un jugador del Atlético de Madrid), Iván Helguera (que ganó dos Copas de Europa) e Iván de la Peña (que antes de fichar por el Barcelona me llamó subnormal, hay cosas que no se olvidan, tras fallar un pase de esos que ni siquiera los malos jugadores fallan). Entrenábamos y jugábamos con esas pequeñas estrellas cientos de niños que no llegamos (futbolísticamente) a ninguna parte.

Mi carrera futbolística fue como uno de esos cohetes que se tiran en nochevieja y explotan antes de tiempo. Jugué en la Peña Respuela, en la Peña Revilla y en el Velarde. Y siempre con la sensación, mientras me calzaba las botas de tacos y comenzaba a calentar,  de que no quería estar allí. Empecé de extremo porque corría mucho, luego me pusieron de lateral porque era tirando a malo y acabé finalmente en el banquillo mirando el reloj para ver si se acababa el partido y no me sacaban a jugar. Terminé, lo juro, fingiendo una lesión cardíaca para forzar mi retirada prematura. Taquicardias en esfuerzo o algo así. Mi carrera acabó a los 16 años. Luego empecé con el ciclismo, se me daba mal también pero iba a mi aire y no tenía que rendir cuentas a nadie que no fuera yo mismo.

La pereza, la falta de tesón y la descoordinación entre los movimientos de mi cuerpo y las órdenes de mi cerebro hicieron de mí lo que soy: un no futbolista que, quizá, pudo haber sido futbolista.

Hoy recapacito sobre esa oportunidad perdida. Si hubiese tenido un pensamiento positivo, si hubiese creído en mis posibilidades, si me hubiese esforzado más, quizá hoy sería futbolista (bueno, ejem, exfutbolista dada mi edad). Pude haber entrenado hasta el agotamiento, haber golpeado el balón hasta que me sangraran los pies en el patio solitario de un colegio, pude haberme superado, pude haber hecho todo eso y no lo hice. La pereza, la falta de tesón y la descoordinación entre los movimientos de mi cuerpo y las órdenes de mi cerebro hicieron de mí lo que soy: un no futbolista que, quizá, pudo haber sido futbolista.

Nada me quitará, eso sí, mi minuto futbolístico de gloria. Campos de La Albericia. Terreno de juego de arena y piedra. Frío y lluvia. Un córner. El balón vino hacia mí como si lo hubiera disparado un francotirador apuntando directamente a mi cabeza. Iba a rematar, lo juro, pero es que el balón venía muy rápido y muy mojado y daba vueltas como un poseso. Así que en lugar de golpear la pelota aparté la cabeza en el último momento para que la pelota no me diera. Pero me dio. Fue un golpe seco (aunque el balón estaba húmedo) en mi oreja derecha. De lleno. Sentí un sabor metálico en la boca y un zumbido dentro de la cabeza. El balón salió despedido hacia la portería y, por lo que me dijeron, entró por toda la escuadra. Cuando acabó el partido se me acercó mi padre y me dijo: "¿Le has dado raro, no?". Hoy entro en Google y por mucho que busco no encuentro un solo jugador que haya metido un gol con la oreja, me queda esa satisfacción íntima y la certeza de que si pude hacer eso con la oreja seguro que, de habérmelo planteado, hubiera llegado a ser un gran futbolista.

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