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Rápido y mal

No sabíamos, no sabemos, no habíamos aprendido y tal vez todavía seguimos sin aprenderlo, que en este país nunca, nunca, nunca jamás pasa nada.

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Cuando aparecieron aquellos SMS, tan divertidos que daban ganas de echarse a llorar, en los que Mariano Rajoy le decía sé fuerte, Luis, a un presunto criminal que había dirigido la tesorería del partido en el Gobierno y había desviado comisiones ilegales para financiar gastos nada corrientes y sobresueldos para los dirigentes, mis amigos y yo cruzábamos apuestas. Durará una semana. Imposible, dimitirá mañana. Se largará en el próximo Consejo de Ministros. No dejará el cargo voluntariamente, pero el partido forzará su dimisión. Todos estábamos convencidos de que iba a pasar algo, certera visión política.

No sabíamos, no sabemos, no habíamos aprendido y tal vez todavía seguimos sin aprenderlo, que en este país nunca, nunca, nunca jamás pasa nada. No importa que haya expresidentes autonómicos con cuentas millonarias en Suiza, ni que en algunas regiones el porcentaje de paro parezca la etiqueta de un jersey rebajado -30 por ciento, 40 por ciento, 50 por ciento- o que la sede de tu partido se haya remodelado con el dinero de constructores o una partida destinada a cursos de formación. Es un hecho que en este país once de cada cien personas que viven por debajo del umbral de la pobreza lo hacen a pesar de tener un empleo, pero no pasa nada.

Da igual que el Ayuntamiento de tu ciudad derribe la casa de una anciana que está ingresada en Cuidados Intensivos para que un compañero de partido pueda construir un vial que nadie ha pedido. No pasa nada. Nos indignamos, un poco, rápido y mal. Yo me indigno, un poco, rápido y mal -porque es de mala educación utilizar la primera persona del plural tan a la ligera- y me echo las manos a la cabeza y pienso: no puede ser. Y hago apuestas con mis amigos. No la expropiarán. Imposible. Terminarán reculando. Perderá la casa, pero le ofrecerán a cambio algo que se ajuste más a sus peticiones. Cederán en el precio. Derribarán la casa, pero no mientras la señora se encuentre ingresada. Después de todo, estamos a tres meses de las elecciones. ¿Quién puede darse el lujo de comportarse como un miserable en vísperas de campaña? ¿De verdad está ahí esa excavadora? ¿De verdad una casa y media vida se caen al suelo tan fácilmente? ¿Tres sacudidas, cinco minutos y luego polvo y escombros? ¿Y ya está? ¿No pasa nada?

No. Nunca pasa nada. Las casas se caen, el dinero se roba, se firman indultos y se reparten terceros grados a manos llenas. Los tiempos están medidos. Una vergüenza tapa otra vergüenza, la manta es grande. Y al cabo de una semanas, la indignación, que era un incendio que amenazaba con quemarlo todo, se ha convertido en una colilla mojada. Se pisa y se barre. La primera persona del plural, mientras tanto, sale a la calle y comprueba que es jueves. Abre el paraguas, niño, que llueve. ¿Llueve? Mucho. Pero no pasa nada.

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