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Remontar contra el viento y el padre

Se levanta vuelo y se ven cosas nuevas contra el viento, no a su favor. Se progresa contra lo establecido y sus dueños.

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Dios debió reírse mucho el 17 de diciembre de 1903. Unos años antes el obispo estadounidense Milton Wright había dicho que si Dios quisiera que el hombre volara le hubiera dado alas. El hombre no podría volar nunca y decir lo contrario sería blasfemar.

Es una idea curiosa. Viendo que Dios les dio tinta a los pulpos cabría suponer que eran ellos los destinados a escribir la Biblia. O los calamares, que además de tinta llevan siempre una pluma consigo.

No sería tan extraño: los pulpos, los calamares y las jibias son extraordinariamente inteligentes, aunque Aristóteles creyera lo contrario. La Biblia sería más corta si la hubieran escrito ellos, porque se habrían ahorrado varias cosas, como por ejemplo las largas retahílas de Crónicas explicando la genealogía israelita:

«Ram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naisón, príncipe de los hijos de Judá. Naisón engendró a Salmá, y Salmá engendró a Booz».

Ningún cefalópodo coleoideo hubiera escrito algo parecido por la sencilla razón de que ninguno de ellos sabe quién es su padre. Como en tantas otras especies, en el momento de salir del huevo su padre está váyase a saber dónde.

La cosa puede ser más radical todavía: hay una clase de pulpos, los argonautas, cuyos machos son tan extremadamente tímidos que no se acercan a una hembra en la vida. Cuando llega el momento de trasmitir sus genes se desprenden de un tentáculo cargado de esperma, que queda flotando entre dos aguas. Con un poco de suerte, en algún momento pasa por allí una hembra de la misma especie; observa el pecio, se pregunta si sería un buen padre para sus hijos y, en caso de responderse afirmativamente, se lo mete por el orificio adecuado, donde puede haber otros pecios similares, antes de poner muchos millares de huevos perfectamente fecundados.

Los pequeños argonautas no tienen la menor posibilidad de saber quién es su padre, ni siquiera preguntándole a su madre, que no lo sabe tampoco. Crecen así sin más preocupación que sobrevivir, esconderse de los predadores, alimentarse y, en su momento, reproducirse.

Y los animales que no necesitan preocuparse más que de sobrevivir no inventan nada, no necesitan vencer obstáculos para los que haya que ejercer una inteligencia individual, creativa. Se mueven para satisfacer sus necesidades y huir de los peligros; cuando ni unas ni otros están presentes sestean felices.

Los humanos, por el contrario, hemos creado un montón de complicaciones, de modo que siempre tenemos necesidades pendientes. Por ejemplo, en muchos sitios para tener hijos nos casamos. La invención del matrimonio ha conducido a la invención de curas, fotógrafos de boda, y otra gente que manda mucho. Y, más decisivamente, hemos inventado al padre. No como un mero agente biológico que simplemente pone en marcha un proceso y se larga a otra cosa, mariposa, que eso ya lo tenía la naturaleza. Hemos inventado al padre como un señor que se queda por allí a vigilar lo que pasa con sus hijos e incordiar todo lo que puede.

Esto es la causa del progreso. El obispo Milton Wright dice que solo vuelan los pájaros y los ángeles, y allí van sus hijos, Orville y Wilbur, modestos fabricantes de bicicletas, y se ponen a inventar el aeroplano. La hazaña de conseguirlo puede presentarse como muestra de amor filial, porque hacen famoso para siempre a su padre, al que de otro modo hubiéramos olvidado concienzudamente.

Y, como hemos aprendido de la Biblia, todos los relatos de la invención de la aviación hablan del obispo: al parecer, regaló a sus hijos, cuando eran pequeños, un helicóptero de juguete. No tengo ni idea de qué era un helicóptero de juguete a finales del xix, pero los biógrafos insisten en que el germen de la aviación está allí y acostumbran omitir el episodio de las declaraciones de blasfemia.

Como hemos aprendido de la Biblia, los hombres engendran a sus hijos. Suponemos que en mujeres, pero la Biblia no lo dice: no hay necesidad de identificarlas por sistema. La realidad, claro, tiene sus propias manías y aparece en medio de los cuentos de modo inesperado. En la historia de la aviación siempre se habla del obispo, pero cuesta encontrar a su mujer, Susan, hija de un fabricante de carretas. Susan era famosa en su pueblo porque era capaz de arreglar cualquier cosa. Sus hijos lo dijeron con todas las letras: debería ser ella la que figurase como pionera de la aviación; a nosotros nos encantaban las máquinas gracias a nuestra madre.

El 17 de diciembre de 1903, cuando el avión de los hermanos Wright voló por primera vez, Dios debió reírse mucho, pero tapándose la boca con la mano: no hay que descorazonar a los soldados de uno. Él había pensado que fueran los pulpos y los maganos los que escribieran la Biblia, por eso les dio tinta; e inventaran la aviación, por eso les dio un sistema de propulsión a chorro en el que podían haberse inspirado. Pero no se le ocurrió ponerles padre, un error garrafal. Pero ese otro mamífero extraño, lampiño, que llegó a existir porque los dinosaurios se habían extinguido, había hecho un invento más original que la tinta y la propulsión a chorro: el padre. Que luego se escribiera la Biblia y se inventara la aviación era cuestión de tiempo.

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