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Repartos

Si alguna virtud tiene un resultado como el de ayer es que el concepto de gran partido ha quedado bastante desdibujado, aunque no sé si lo bastante como para que avance una reforma del sistema electoral.

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Nunca he entendido muy bien por qué hay que alegrarse cuando el premio de la lotería está muy repartido. La lógica del juego, si es que tiene alguna, es precisamente la contraria: conseguir que mucha gente aporte un puñado de euros para que unos pocos afortunados se lleven un montón de miles. La remotísima posibilidad de contarse entre estos últimos es lo que mueve la rueda y da sentido a todo el tinglado. En todo caso el dinero nunca estuvo más y mejor distribuido que antes de comprar el décimo.

Mañana tocará vivir de nuevo las escenas del champán, pero hoy lo que corresponde es ver cómo los políticos hacen lecturas más o menos triunfalistas de los resultados electorales. Ambas cosas son igual de predecibles, incluso en una ocasión como esta en la que la incertidumbre en relación con las urnas era solo un poco menor que la referida a los bombos. Lo que ofrece más dudas es que todos se feliciten hoy –o al menos que lo hagan con sinceridad– porque el premio esté muy repartido.

Porque, más allá de los discursos, las mayorías absolutas solo disgustan si las consigue otro. Es cierto que todo el mundo menciona las virtudes del acuerdo cuando no queda otra que alcanzarlo, pero todavía no ha habido ningún partido que lamente haber conseguido un resultado holgado y decida ceder alguno de sus escaños para obligarse a alcanzar algún tipo de consenso con sus adversarios. Dicho así, el asunto parece lo suficientemente absurdo como para que a ninguno se nos ocurra plantearlo, pero no es algo muy distinto lo que hacemos cuando pedimos a los grandes partidos una reforma del sistema electoral: cualquier cambio en aras de la proporcionalidad les supone perder representación y ver alejarse la posibilidad de alcanzar mayorías absolutas.

Una nueva ley repartiría mejor los escaños, pero alejaría la posibilidad de disfrutar de unas mayorías a las que ahora también aspiran Ciudadanos y Podemos. Aquí tendremos una pista de si los partidos emergentes siguen viéndose como tales o empiezan a sentirse otra cosa.

Si alguna virtud tiene un resultado como el de ayer es que el concepto de gran partido ha quedado bastante desdibujado, aunque no sé si lo bastante como para que avance una reforma del sistema. Los que hasta ahora hemos llamado partidos emergentes llevan en sus programas algunas iniciativas en este sentido, pero para cambiar la Ley Electoral hace falta tocar la Constitución, y Ciudadanos y Podemos quedan lejos de sumar las tres quintas partes de votos parlamentarios que harían falta para hacerlo, por muchos apoyos que sumasen de otras formaciones pequeñas. A vista de cómo han quedado las cosas, cuesta un poco considerar partido grande al PSOE, pero apuesten a que seguirá comportándose como tal si alguien pide sus votos para reformar la ley electoral.

Más fácil es que pudiera llegarse a algún arreglo de ese tipo con cualquiera de los grandes –sigamos llamándoles así– como condición para apoyar una investidura, pero no sé si esta vaya a ser una reivindicación central en las negociaciones. Con PP y PSOE perdiendo apoyos al ritmo que lo hacen, la posibilidad de sustituirlos en la posición hegemónica que han ocupado durante los últimos treinta años puede convertirse en una tentación de doble filo: una nueva ley repartiría mejor los escaños, pero alejaría la posibilidad de disfrutar de unas mayorías a las que ahora también aspiran Ciudadanos y Podemos. Aquí tendremos una pista de si los partidos emergentes siguen viéndose como tales o empiezan a sentirse otra cosa. Si me apuran, les diré que tengo más curiosidad sobre este asunto que por conocer el nombre del próximo inquilino de la Moncloa.

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