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Sardana

La ley si no es para proteger al débil no tiene sentido. Los poderosos tienen sus propias reglas no escritas

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Carles Puigdemont durante el discurso de la Diada de Sant Jordi

Carles Puigdemont durante el discurso de la Diada de Sant Jordi Ruben Moreno - Generalitat de Catalunya

La crisis española en Cataluña es como la sardana, un baile en el que los danzantes apenas se mueven del sitio, por más que muevan los brazos y brinquen.

Los siete días que no cambiaron el mundo en Barcelona han sido más propios de la ceremonia de la confusión que promueve quien quiere sorber y soplar a la vez, amaga y no da, nada y guarda la ropa. Ello no resta gravedad a una declaración de independencia, que se ha producido, ni a la aplicación de la suspensión de la autonomía, cuyo mecanismo ha empezado a articularse, ni tampoco resta trascendencia a una reforma constitucional, pactada, que supondrá que por primera vez el Estado tome la iniciativa. Vivimos un momento histórico, pero con guion de Arniches y Jardiel Poncela.

'Cocerse en su salsa' es un procedimiento que requiere paciencia. Mariano Rajoy sabe mucho de esto, pero esta falta de respuesta clara y directa para que los independentistas acaben resquebrajándose con sus propias contradicciones y la fruta madure y caiga sin necesidad de ir a cogerla es una estrategia que puede valerle a un Gobierno, pero no a un Estado, y no es lo mismo uno que otro. Tampoco vale entregar a los independentistas un balón pinchado, ni que estos apelen a un diálogo viciado de origen al sentar como bases previas inamovibles aquello sobre lo que se ha de dialogar, que es otro balón pinchado.

Ha habido una declaración de independencia y no se han resquebrajado los montes, pero nunca se volverá a la casilla de partida. La convivencia está hecha añicos, los puentes rotos, la confianza aniquilada. Todos aquellos valores por los que merece la pena levantarse de la cama todas las mañanas ni están ni se les espera. No le arriendo la ganancia al que se encuentre cómodo e ilusionado en esta situación como esos pirómanos que llegan al éxtasis prendiendo su propia casa.

La ley si no es para proteger al débil no tiene sentido. Los poderosos tienen sus propias reglas no escritas. Sólo faltaba que se hicieran, como se han hecho, con las leyes escritas. Lo más descorazonador de todo lo que ocurre es que hace siete años se produjo un vuelco radical de las condiciones laborales y sociales de este país. El pastor comenzó a 'dialogar' con los lobos y entonces ni se mentó la defensa de la Constitución ni ningún representante del Estado defendió su reforma como garantía para una inmensa parte de la población. Si ha habido un golpe ha sido éste. La auténtica involución de las bases de nuestra sociedad se produjo a partir de 2012 con la regulación laboral, las leyes mordaza y el desvalimiento de los que más a la intemperie están, con rescate parcial de la banca y posterior desfalco de las arcas públicas, destrucción de la clase media y hundimiento de la masa salarial. Ahí no hubo discursos del Rey ni banderas, ni golpes en el pecho, ni parlamentos, referéndums o manifestaciones. Sí curiosamente un cambio constitucional exprés. Pero esa canallada ha pasado el expediente y ya se da por amortizada.

Hay algo de esto en lo que ocurre en Cataluña. Esa transversalidad independentista que confía en recuperar lo social a través de lo territorial. Pero eso no suele ocurrir y mucho menos con los compañeros de viaje de PdCAT. Lo que acaba ocurriendo es que el ingenuo acabe colgado de la brocha.

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