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Sarracenos y cruzados

Nunca olviden que el horror no tiene religión, ni raza, ni ideología, ni pasado, ni futuro; solamente es horror.

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Estudiantes sentados en el voladizo de una ventana se suman al minuto de silencio celebrado en la Universidad de la Sorbona en memoria de las víctimas mortales de los atentados del pasado viernes en París

París recupera una rutina amarga y tensa después de los atentados del pasado viernes. EFE

En septiembre de 2008 viajé a Egipto, uno de los países considerados fundamentalistas en materia religiosa, al menos en apariencia. Su propia historia es una hoguera en la que arden por igual guerras y religiones desde la época de los faraones, pasando por Saladino y la rebelión de los mamelucos hasta las primaveras árabes y las protestas de la plaza Tahrir.

Comencé mi recorrido por El Cairo y después bajé al sur, a Aswan, donde conocí a los nubios, y luego seguí el curso del Nilo hasta Luxor y el Valle de los Reyes. Tuve oportunidad de conocer a buen número de egipcios, la mayoría hombres, pero también algunas mujeres pudorosamente cubiertas con sus hiyabs. Hablamos a menudo y siempre mostraron mucha curiosidad por Occidente, pero también mucho respeto por las respuestas que les dí para satisfacer su interés.

Entiendo que algunas cosas de nuestras costumbres les gustaron, otras les dejaron indiferentes y unas pocas les horrorizaron. Bueno, recuerdo que lo único que no conseguían asimilar del todo era que los españoles comiéramos carne de cerdo, eso les descolocaba y no conseguían dejar de torcer el gesto. Pero ninguno de ellos me insinuó que dejase de hacerlo ni cambió su actitud hacia mí cuando les conté que, para mí, el jamón es una de las delicias del universo. Tampoco les animé a probarlo.

Me costó entender, pero respeté, que una mujer con la que hablé, llevase el pelo cubierto, una especie de saya gruesa y unos pantalones vaqueros hasta más abajo de los tobillos con una temperatura, a la sombra, de cuarenta y dos grados. A cambio, ella se quedó estupefacta al caer en que yo viajaba con mis dos hijos pero no había una esposa que me acompañase. Ni yo ridiculicé su indumentaria ni ella me reconvino moralidad alguna.

No estamos ante una guerra religiosa, tampoco es una guerra cultural, ni siquiera es una guerra económica y tampoco es una guerra de razas ni civilizaciones. Esa gente desesperada que huye de Siria y se juega la vida en el Mediterráneo o en las fronteras europeas son los primeros que han visto la cara de este horror a escasos metros de la suya y ya lo han sufrido. Si ahora no les ayudamos, les estaremos pateando con nuestro propio miedo.

Cuando llegamos a Luxor nos alojamos en un hotel bastante alejado de la ciudad y más cercano al Valle de los Reyes. Al bajar de la furgoneta con aire acondicionado que nos había llevado hasta allí, el vigilante del Al Moudira, un oásis maravilloso en medio de un pedregal, se quedó asombrado de ver a un occidental vistiendo una galabiya como la suya y no se resistió a darme un abrazo. Yo me había comprado una prenda local, no para disfrazarme, sino porque pensé que si ellos combatían el calor con aquella vestimenta, por algo lo harían. Tenían razón. Allá por donde pasaba, la gente me miraba. Incluso cené en un restaurante con mi galabiya puesta, ante la (agradable) sorpresa de los camareros. Cualquier cosa que hiciera que mostrase interés o deferencia por su cultura me era inmediatamente recompensada con sonrisas de asentimiento.

Era ramadán, así que, al anochecer, las calles se iluminaban como una especie de navidad a treinta grados de temperatura. Un día me invitaron a cenar en su casa de Luxor dos amigas españolas que pasaban una temporada allí. Una furgoneta nos recogió sobre las cinco y media de la tarde a la puerta del hotel. Camino de Luxor llegamos a un poblacho pequeño y misérrimo atravesado por la carretera. De pronto la gente salió al encuentro del vehículo y empezó a hacernos señas. El chófer nos explicó que el sol estaba cayendo, así que por fin podrían tomar alimento y deseaban compartir su comida con nosotros. Y yo, que soy un blanco, occidental y un cruzado europeo según la terminología de los yihadistas, me encontré con que personas creyentes y humildes querían compartir lo poco que tenían conmigo. Seguramente hubiera podido comprar la aldea entera con lo que costaban un par de noches de alojamiento en el Al Moudira, pero eran ellos quienes me invitaban a compartir su pan y su modesta y deliciosa tahina.

Así que mejor que nadie me hable ahora de sarracenos y cruzados porque eso no existe. Matar a parisinos inocentes o cerrar mezquitas en venganza es más que absurdo. Ni los musulmanes nos odian porque tengamos la piel clara, comamos carne de cerdo o las chicas vayan en bikini, ni nosotros somos los cruzados por los que nos quieren hacer pasar. Y si no lo creen, que visiten cualquier iglesia cristiana española o francesa un domingo cualquiera. El más joven de nuestros cruzados sanguinarios tiene setenta años.

No estamos ante una guerra religiosa, tampoco es una guerra cultural, ni siquiera es una guerra económica y tampoco es una guerra de razas ni civilizaciones. Esa gente desesperada que huye de Siria y se juega la vida en el Mediterráneo o en las fronteras europeas son los primeros que han visto la cara de este horror a escasos metros de la suya y ya lo han sufrido. Si ahora no les ayudamos, les estaremos pateando con nuestro propio miedo. Nunca olviden que el horror no tiene religión, ni raza, ni ideología, ni pasado, ni futuro; solamente es horror.

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