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Solos y a oscuras en el cine

Las salas de cine agonizan. Salvo los estrenos infantiles con sufridos padres y montañas de palomitas, los espectadores seguimos consumiendo películas, pero de otra manera.

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EFE

Hace unos días estuve en un cine de la ciudad viendo 'Churchill'. Seguro que encontrarán en la red comentarios más que de sobra en torno a esta película, porque no es mi intención analizarla. No, lo que quería comentarles es que no creo equivocarme lo más mínimo si les digo que el número total de espectadores, incluyéndome a mí, ascendía, durante la proyección, a ocho personas.

Da dolor de corazón ver los cines vacíos y recordar un pasado no tan lejano en el que asistir a un estreno era un acontecimiento social y cultural; hay incluso quien cuenta que, a veces, era necesario acudir a la reventa si querías ver el primer pase de cualquier película de campanillas. Y en los días consiguientes tampoco era fácil encontrar entradas.

Los tiempos cambian que es una barbaridad, pero algo ha pasado para que uno de los principales referentes de ocio haya quedado casi reservado al público infantil, acompañado por los sufridos padres y el negocio se limite a vender calderos de palomitas de maíz.

Han sido muchos factores, entre todos lo están matando y él solo se está muriendo.  Desde la irrupción de la televisión con cientos de canales disponibles, la intolerable subida de los precios (IVA incluido, por supuesto) hasta el cambio de hábitos en la juventud, que prefieren ver una película donde ellos quieren, cuando ellos quieren y mayormente gratis.

Hablando de juventud, no puedo dejar de recordar que los cines representaban también un campo sembrado a los escarceos amorosos en las últimas filas, donde las parejas encontraban un pequeño rincón de oscura intimidad hasta que la linterna del acomodador restablecía la moralidad vigente. Francamente, hoy en día se podría practicar sin problemas un menage a trois o casi hasta una orgía sin que hubiera vecinos de butaca a los que molestar.

Y lo curioso del caso es que las películas siguen teniendo demanda, el relato cinematográfico aún tiene su espacio y el público espera con interés el último trabajo de Antonio Banderas, la nueva entrega de 007 o una aparición de Brad Pitt, Nicole Kidman, George Clooney o Monica Bellucci. La manera de consumirlo es lo que ha cambiado y eso que los cines ofrecen salas cómodas, sonido dolby y pantallas de alta definición.

Me preocupa mucho el futuro del cine, desde este punto de vista. Se que la industria cinematográfica aún está muy viva y goza de razonable salud, pero los exhibidores desaparecieron prácticamente de las ciudades, se refugiaron en los centros comerciales y poco a poco también se están quedando solos aquí.

Sería un desastre perderlos, la experiencia cinematográfica en un cine no puede compararse con la televisión ni mucho menos con una pantalla de ordenador, pero si los dejamos solos terminarán tan olvidados como el cine Cervantes, el Roxy, el Coliseum o el Gran Cinema, que casi nadie recuerda, pero son parte de la historia cultural de Santander.

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