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Ventanilla rota

Cuando se produce un estado de deterioro, y este no es rápidamente solucionado, caen los códigos éticos. Esto es impresionante, pero es así.

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Firma de Muelle en Vallecas

Un pobre hombre pobre tiene un viejo y achacoso coche. Apenas le da para pagar los impuestos, el seguro y la gasolina. Un día sí y otro también, el vehículo se queja de algo y entra en bucle. Hay que llevarlo al taller. Pero como el taller lleva camino de convertirse en un lugar de reposo para gente con posibles, nuestro hombre acaba haciendo el mantenimiento por su cuenta y el resto del tiempo reza para que la sonda Lambda no deserte, ni el minicerebro de los frenos ABS tire la toalla o, sencillamente, no se le rompa un manguito y el circuito refrigerante haga agua por donde debe.

Milagrosamente, el coche se mantiene semana tras semana.

Hasta que ocurre.

Una ventanilla rota.

Una ventanilla rota es poca cosa sobre el papel pero un Himalaya para que el que está a la penúltima. Resultado: deja la ventanilla para el día después. Ya se le ocurrirá algo: un plástico con cinta carrocera o, mejor, la americana que se agarra tan bien como un crédito hipotecario. Se trata de aguantar unos días hasta que pueda cambiar el cristal y, después, a seguir rezando.

Pero al día siguiente ya no hay una ventanilla rota, sino dos. Y al otro, hay un retrovisor caído. No faltará mucho para que los cristales estén rotos all around y no mucho más para que alguien le arroje un objeto incendiario al interior, por no citar el amplio abanico de posibilidad que incluye el catálogo de los vándalos: pintadas, rayaduras, golpes, saqueo a discreción... Vamos, que, como nuestro pobre hombre pobre se lo piense mucho, no encontrará más que el chasis.

¿Qué ha pasado? ¿Qué ha llevado a individuos que en circunstancias normales se comportan como monaguillos a destrozar la propiedad ajena por divertirse? ¿Es el mismo impulso que arroja a gente pacífica a actos violentos si están integrados en la masa y ante sí tienen a un carnero por degollar?

Un tipo que responde al nombre de Philip Zambrano hizo un experimento en Nueva York. Tomó dos coches exactamente idénticos y uno lo dejó aparcado en el Bronx y otro en el barrio más piti y glamuroso, Palo Alto. No pasó un día y el coche del Bronx comenzó a experimentar un proceso de degradación acelerado.  En pocas horas, el vehículo quedó desguazado: ni llantas, ni motor…, por perder, hasta perdió la pintura. No quedó nada.

El coche de Palo Alto estuvo aparcado una semana sin que nadie tocara nada. Así que los investigadores decidieron forzar un poco la situación: rompieron una ventanilla. Hay que recordar aquí que este barrio neoyorquino es conservador en todos los sentidos (sí, también se puede ser de izquierdas y conservador). Una vez rota la ventanilla, se inició el mismo proceso de vandalización del Bronx. En pocos días, el coche quedó hecho unos zorros.

¿Cómo se explica esto?

Está claro que la destrucción de la propiedad ajena no tenía que ver nada con la pobreza. De lo contrario, con ventanilla rota y todo, el coche de Palo Alto hubiera seguido intacto. Lo ocurrido tiene una raíz psicológica que, aplicada a la cosa pública, es psicología social.

Se le llama el 'Síndrome de la ventana rota' y viene a decir que cuando se produce un estado de deterioro, y este no es rápidamente solucionado, caen los códigos éticos. Esto es impresionante, pero es así. Es como si al vehículo con la ventanilla rota su propietario le hubiera colgado el cartel "No me importa lo que hagáis con él". Y en consecuencia, la respuesta es el vandalismo. Personas con un comportamiento exquisito se convierten en hooligans deleznables cuando la impunidad y el velo ético se descorren. Así, si una calle está sucia y no se limpia, empezará a acumular basura en cantidades industriales y si usted no cambia pronto el cristal roto de su casa tiene todas la papeletas para que el resto de los cristales corran la misma suerte. Una pequeña falta conduce a una falta mayor. Las alarmas ya no saltan y dentro de nosotros sale el bruto que llevamos dentro.

El 'Síndrome de la ventana rota' no solo es aplicable al cuidado de las cosas públicas, me refiero al cuidado 'material' de las cosas públicas. En Nueva York, por ejemplo, existe una tolerancia cero con el deterioro. Y es por esta razón. Si se deja que proliferen los grafitis, el metro se convierte en un espacio irrespirable y lo mismo ocurre en la vía pública y en los edificios públicos. Se ha impuesto un trabajo arduo para evidenciar que hay un cuidado por las cosas y evitar así que la jungla no devore la ciudad.

Al español le va la marcha. Es cierto que millones de personas están reaccionando, es cierto que hay una situación de hartazgo, pero no es cierto que eso haya impregnado todas las capas sociales

Pero ¿qué pasa con las cosas públicas 'inmateriales'?

Nuestra sociedad, este Shangri-La en el que vivimos, es como un vehículo aparcado junto a la acera. Alguien vino, por ejemplo una entidad financiera, y rompió una ventanilla. La rompe aplicando intereses de usura a los préstamos, embargando las casas por deudas irrisorias, aplicando comisiones vergonzosas por nada. Si la autoridad, o el cuerpo social, permanece en silencio es como si pusiéramos el cartel de "Todo vale". Y esto es lo que ha pasado en estos años de crisis. Que todo vale.

Al vehículo social le han roto todas las ventanillas, porque quien lo hizo una vez lo hace otra y todos los que son como él se animan y se llevan hasta los sillones del coche. Pero luego vienen otros y, ante la caída de los códigos, de los valores que impiden que nos destrocemos unos a otros, empieza el aquelarre. La situación es tanto más surrealista por cuanto quien cobra un sueldo público por proteger se cruza de brazos, y no solo se cruza de brazos: protege al vándalo. Así que nuestro coche, hora a hora, día a día, va perdiéndolo todo, en presencia del policía y del legislador que, de brazos cruzados, no solo no intervienen sino que protegen al agresor. Así hemos llegado a quedarnos en chasis.

Transcurrido ya el tiempo, sabemos perfectamente lo que el español medio piensa de la corrupción y de la administración desleal con el ciudadano. Al español le va la marcha. Es cierto que millones de personas están reaccionando, es cierto que hay una situación de hartazgo, pero no es cierto que eso haya impregnado todas las capas sociales ni que el español-tipo pueda decirse que sea inflexible con la corrupción.

A estas alturas del partido también el vecino baja a la calle y quiere su pequeño botín de un coche que, en el fondo, es suyo. Le dejarán un cenicero, pero se lo llevará a casa feliz. Porque el español, así, como concepto, tolera la corrupción, bien porque la vea como un mal menor, bien porque en su subconsciente quiera algún día beneficiarse de ello. Y esto es triste. Y esta es la marca España de verdad. Pregunten fuera del país qué piensan de España y les dirán dos cosas: somos violentos y corruptos. Y el domingo lo volveremos a comprobar y, si no, al tiempo. Y nuestro hombre seguirá siendo un hombre pobre porque en el fondo es un pobre hombre.

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