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Viento divino

Todo se está desquiciando en la política cántabra y hay un dejá vù que recuerda a la década de los 90 con aquel Far West de caciciquismo decimonónico, baronías analfabetas y tránsfugas, muchos tránsfugas, y mucho dinero.

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Miguel Ángel Revilla | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

El presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

La política en Cantabria va dando pasos hacia el pasado. Entre nueva y vieja política, cuatro de los cinco partidos con representación están en crisis y el quinto, el PRC, solo tiene que abrir el cesto para recoger las manzanas que caigan de un árbol agitado por un 'viento divino'. 

Esta expresión es el significado de 'kamikaze' en japonés y fue Japón quien la hizo famosa por más que suicidas iluminados con una causa perdida los haya habido antes y los haya ahora. Los políticos cántabros pueden ser fanáticos pero no precisamente idealistas y los motivos por los que se convierten en kamikazes son de otro pelaje: pueden inmolarse porque están hartos, porque lo lleven en la sangre o porque se adelantan a que les den puerta. Y así, entre 'razones personales', expedientes e imputaciones judiciales unos se van a casa y otros se convierten en tránsfugas, que es la manera de irse sin irse para quedarse con las espaldas cubiertas del escaño y el sueldo público.

Ciudadanos ha implosionado con una tercera dirección impuesta por Albert Rivera y un rosario de dimisiones de los relegados, que, como es tradición, se van pero no entregan el escaño. Podemos está dirigido ahora mismo por un órgano colectivo tras el abandono de parte de la dirección, con su coordinador Julio Revuelta a la cabeza. Podemos vuelve a sus raíces, al 'stand by' del asamblearismo paralizante. El Partido Popular, demediado, sigue girando en el agua de un barril hasta que la dirección nacional o un juez lo rompa. El PSOE se encamina hacia un pequeño Armagedón donde el relevo en la cúpula regional puede desencadenar una crisis de gobierno con cuatro consejeros sin el respaldo de la dirección de su partido. Solo el PRC puede presumir de seguir creciendo. Sin destacar por gestión hace política jugando al hueco. El PRC ha pasado de hacer fútbol inglés a jugar como Brasil, pero sin ser Brasil ni tener rival.

Este ventarrón de divino no tiene nada. Es más una 'hybris', esa 'soberbia divina' que los dioses griegos se ocupaban en castigar porque no soportaban la competencia de advenedizos humanos. Solo que aquí no hay dioses, todos son humanos demasiado humanos. Es una 'hybris' en alpargatas.

El kamikaze de autopista se pregunta por qué todos los demás conductores circulan en sentido contrario y por qué la Guardia Civil no los multa. Cuando dos personas mantienen opiniones divergentes, cada uno tiene el 50% de posibilidades de estar en lo cierto; pero cuando uno piensa una cosa y el resto de la especie humana otra, lo más probable es que el equivocado sea el primero. Es mero cálculo de probabilidades. Pero el kamikaze de autopista no piensa así: son los demás los que se equivocan. El resultado siempre es trágico, tanto para el que tiene esta manera de pensar como para el pobre desgraciado que se cruce en su camino.

Todo se está desquiciando en la política cántabra y hay un dejá vù que recuerda a la década de los 90 con aquel Far West de caciciquismo decimonónico, baronías analfabetas y tránsfugas, muchos tránsfugas, y mucho dinero por aquí y por allá. Se nota que nos va la marcha.

Una facción del Partido Popular, digamos que la oficial, dice que para que el Estado pague lo que debe por Valdecilla y otras ruinas en las que estamos metidos, hay que votar más PP. Con más PP, el PP de Madrid paga. Se deduce que con menos PP, el PP de Madrid reparte candela. Y se queda tan ancho. Esto es psicología de maltratador, el que zurra a su señora y que cuando ésta, ingenua, pide explicaciones, le contesta con un 'Tú sabrás' o 'Algo habrás hecho'. De lo que se deduce que el maltrato se produce porque la víctima no ama lo suficiente.

En Ciudadanos también sopla el 'viento divino' y ya andan a alpargatazo limpio. Un dirigente abandona el cargo antes de que le 'desabandonen' por una más que probable imputación. Ni corto ni perezoso, al más puro estilo kamikaze, dice en público que los que circulan en sentido contrario son los demás, que es el partido el que le ha traicionado a él. Así que se queda con el acta y el escaño, se lleva a un grupo de fieles y, tras pasar por UPyD y Ciudadanos, dice ahora que va a pensarse su futuro. Lo que me recuerda a su vez a cuando, entre niños, el propietario del balón se lo llevaba enfurruñado si no le dejaban marcar. Fin del partido.

Pitia, o Pitonisa, era la encargada de mantener el santuario de Delfos. En la época de su apogeo había tantos peticionarios que llegó a haber hasta tres a la vez, lo que me reconocerán que es un aumento de la plantilla importante y todo un ejercicio de protoemprendimiento. Pitia podía ser cualquiera, siempre que tuviera costumbres irreprochables y no abandonara el lugar. Recibía a reyes y mendigos, sin distinción, y parece ser que había una vistilla previa antes de la consulta oficial al Oráculo. Ésta se producía los días 7 de cada mes, ya que se considera éste el día de nacimiento de Apolo, el dios al que estaba consagrado el lugar.

Mañana es día 7, pero no hace falta que los movellanes, carrancios, buruaguistas, dieguistas, tezanistas, sanchistas y demás acudan a Delfos para conocer qué les deparará el futuro. Eso se lo puede decir cualquiera de la calle sin necesidad de montar en Ryanair porque hay décadas de precedentes: el que sea buen chico, seguirá; el que tontee tendrá dos años de legislatura como mucho. Dos años no dan para hacer muchas cosas, pero si no hay programa político, ni lealtad a unas siglas, ni engorrosas reuniones de ejecutiva, hay tiempo para enredar. Y uno enreda si los demás quieren que enrede. La clave está en 'el otro'.

Rimbaud fue aquel que dijo 'yo es otro' ('Je est un autre'), una de las frases más misteriosas y que más literatura han generado. Aquel pequeño delincuente genial se sacó de la manga la otredad que, en versión alpargatera, puede entenderse como fingimiento, como alienación o como la conciencia de ser un todo indisoluble con los demás. En política, un tránsfuga no es nada sin el otro. De hecho, y sin haber leído a Rimbaud, el tránsfuga es el otro. Si un Gobierno que necesita un voto en el Parlamento o un gran Ayuntamiento que necesita dos para sacar sus presupuestos y seguir gobernando hace de tripas corazón y mira para otro lado cuando recurre a quien solo tiene deudas consigo mismo, será corresponsable de que estos comportamientos tránsfugas se perpetúen en el tiempo. 

Y esto ni la Pitia podría ahora esclarecerlo.

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