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Vivir, luchar, morir, luchar

La sorpresiva muerte del activista Ricardo Miguez deja un importante vacío en el movimiento social de Torrelavega y de Cantabria.

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Ya, ya sé que ninguno somos imprescindibles. Ya sé que la muerte deja huellas que una buena nevada puede soterrar. Ya sé que los seres humanos no somos arcángeles limpios de mácula, exentos de errores, de eso que, precisamente, nos hace seres humanos. Ya sé, también lo sé, que a veces nos demoramos demasiado tiempo en decir lo que pensamos de las personas, que lo verbalizamos cuando ya es para otros, para el viento, para el olvido quizá, para algunas almas capaces de entender, sin embargo, que somos el acumulado de los que han sido y que, por eso, es bueno, sedimentar a punta de relatos la memoria colectiva.

A Ricardo Míguez alguien lo encontró sin vida ayer, en su casa, en el mismo espacio donde tantas veces nos reunimos para soñar cambios, para planificar luchas, para estudiar, para aprender colectivamente y para disentir de la misma forma apasionada en la que coincidíamos.

La mayoría de los cántabros no saben quién era Ricardo. Eso pasa. Lo conocía bien el movimiento social, los partidos políticos de izquierda, los activistas de Torrelavega, los desprevenidos campistas del 15-M en el Besaya, los asistentes a la escuela de verano de los Anticapitalistas, allá donde fuera… También lo conocía la Policía Nacional, que le endilgó a un argentino torrelaveguense como este un apodo tan poco original como ‘El argentino’, y el delegado del Gobierno, tan poco amigo de los activistas de la PAH, que Ricardo ayudó a nacer en su ciudad, de los escraches ante las casas de políticos muertos en vida, y, en general, de cualquier persona que reclamara sus derechos, que protestara ante los excesos del capitalismo –que son sus normalidades, ante la injusticia social, ante la corrupción de esta casta política que no-nos-representa.

Queda un hueco en las resistencias que nos toca ocupar. La lucha de un hombre íntegro como Ricardo no acaba si otras personas la continúan. Su lucha, por tanto, no acabó ayer. Queda su ejemplo, sus libros, su terquedad, su insistencia, su capacidad de seguir luchando a pesar de la precariedad económica, de las derrotas, de las dudas. Disentí mucho con Ricardo, como muchos de los que sé que hoy estamos sembrando su memoria en nuestras trincheras, pero lo respeté y lo amé mucho más.

Sus manos, grandes y aparentemente torpes, acumulaban la experiencia de esa ebanistería que ya no se hace, y nos las prestó de forma entusiasta para ayudar a nacer –otro parto que asistió un proceso que con distancia geográfica pero con mucha cercanía emocional. Las mesas, las estanterías, las paredes de La Vorágine salieron de su paciencia y de su caos, del aprovechamiento de cada tuco de madera y de la colaboración de amigos y amigas que, sin ser muy conscientes, ponían los cimientos de uno de esos procesos que sí sale bien.

Estoy lejos, demasiado lejos, para abrazar a algunos amigos comunes, para decir algo con-sentido ante su ausencia y mi única manera de devolverlo a la tierra y a la memoria es esta columna escrita a deshoras y sin posibilidad de éxito. Que los Ricardos se multipliquen en esta sociedad indolente en la que luchó Ricardo, que los tercos luchadores de la dignidad sigan haciendo contrapeso a esta maquinaria de dolor, injusticia y sufrimiento que habitamos… Nunca olvidemos que probablemente solo somos lo que hemos luchado y que, de ser así, Ricardo Miguez fue mucho. Hermano, seguimos en la tarea.

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