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Vivos de milagro

El fin del duopolio PP-PSOE ha traído la primera campaña a cuatro voces de la democracia. Ha habido de todo, en un in crescendo que culminó con un debate a dos en el que se gritó como si debatieran ocho.

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Pedro Sánchez y Mariano Rajoy se saludan en presencia de Manuel Campo Vidal. | EFE

Una de las mejores cosas que ha traído consigo el llamado fin del bipartidismo es una campaña electoral a cuatro que nos está quedando que parece un sol. Ha habido de todo, en un in crescendo que culminó el lunes con un debate a dos en el que se gritó como si debatieran ocho. Hay que entender que los candidatos se pegan tutes tremendos, dos semanas de viajes recorriendo el país, por la mañana en Murcia y por la tarde en Pamplona, trenes, aves, aviones, terminan molidos y eso repercute en las declaraciones públicas, en el tono de los debates y en la calidad del esperpento.

No se recordaba una campaña tan entretenida desde que Joaquín Almunia y Paco Frutos coaligaron al PSOE y a Izquierda Unida para las generales del año 2000. Esa bicefalia rara y pimpinelesca dio mucho juego y, por supuesto, hundió en las urnas a los dos partidos. Para el recuerdo quedarán siempre aquellos sketches con guiño a 'Toy Story' de Las Noticias del Guiñol, con Frutos haciendo de Woody y Almunia de Buzz Lightyear. En el año 2000, que parece ayer, vivimos peligrosamente por culpa del milenarismo apocalíptico: al final no fue para tanto y ni la MIR se estrelló contra la Tierra ni los ordenadores se convirtieron en robots asesinos, aunque Aznar sacó mayoría absoluta. Es decir, esquivamos dos balas de tres.

Quince años después aquí seguimos, vivos de milagro, como decía Enrique Morente, y dándole vueltas a la papeleta para ver qué hacemos con ella. En España, la tradición es votar por descarte. Por lo general, solo quienes van en las listas y los seguidores a ultranza de las consignas del partido consiguen hacerlo sin taparse la nariz. A estos últimos, a los afiliados con carnet, parecía dirigirse Pedro Sánchez en el debate del lunes. El socialista salió dispuesto a noquear a Rajoy y casi sale con los pies por delante. El presidente, que se había reservado y había elegido rival, como los boxeadores tramposos, volvió a aparecer ante las cámaras con su habitual desgana y con un despliegue de folios que convirtió su pedazo de mesa en el escritorio de un estudiante la noche antes de la Selectividad: solo faltaban el café, las pastillas para no dormir y las revistas porno.

Sánchez, que en el debate a cuatro de la semana pasada se llevó collejas desde las tres esquinas del ring, se empleó a fondo en el cara a cara pero dejó escapar vivo a Rajoy, que se limitó a negarlo todo y a emplear el mismo arma que el resto de candidatos ha utilizado contra el socialista a lo largo de la campaña: a Sánchez contradecirlo es enfadarlo y enfadarlo es marearlo. A pesar de todo, es posible que su dialéctica agresiva consiguiera movilizar a algunos votantes socialistas que ya habían renunciado a hacerse ilusiones.

La opinión general es que el debate lo ganaron Pablo Iglesias y Albert Rivera. La posibilidad de ganar debates sin estar presente ha sido una de las grandes innovaciones tácticas de la campaña electoral 2015. De la campaña de Ciudadanos, por lo demás, se desprende que Rivera tira de clásicos: cartelón bien grande en punto estratégico, tertulias y pactos de Estado. Sin citar a Kant, ni falta que hace. Lo importante para Ciudadanos es que nadie se dé cuenta de que Albert clarea por la coronilla.

Podemos, por su parte, lo tiene tan asumido que ni siquiera se molesta en disimular que quiere ser el PSOE de 1982, con Pablo Iglesias haciendo de Felipe sin chaquetilla de pana y prometiendo que OTAN, de entrada no. Hasta Errejón, que es una mezcla de Alfonso Guerra con un adolescente scout y un groupie de Nirvana, se permite posar dentro de un seiscientos. Y Podemos remonta, con Pablo dándose puñetazos en el pecho, sonrían, sonrían mucho todos, minuto de oro a lo I have a dream, y una sonrisa, la suya, que, como le ocurre a la gente que no está acostumbrada a las bromas, siempre tiene un aire forzado y siniestro.

A Unidad Popular, que ha estado fuera del escenario desde antes de que empezará la función, le quedan dos consuelos: un community manager capaz de arañar en las redes sociales la presencia que el partido no tiene en los canales tradicionales, y la foto de Alberto Garzón en la plaza de la Cebada de Madrid, de pie sobre un banco con una multitud de tamaño respetable alrededor, una imagen que reanima el pulso de una formación que arrancó la campaña con serias dudas de conseguir representación parlamentaria.

Las urnas decidirán el domingo. Hacer pronósticos es innecesario, y muy difícil. Me gustaría terminar con unas palabras del ministro del Interior que, el jueves pasado, en una entrevista en La Vanguardia, afirmó poseer un ángel de la guarda para él solo que se llama Marcelo y le busca aparcamiento. Cito textualmente: [...] nada de lo que suceda es casual, ¡todo responde al plan de Dios! Dios nos ha hecho libres para que actuemos... pero Él tiene un plan B, y por eso "casualidad" es sólo un pseudónimo de Dios. ¡Nada es mera coincidencia!

Yo me quedo mucho más tranquilo sabiendo que estamos en manos de Dios.

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