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Como el agua que fluye

Hay que ser exigente con uno mismo y entender que si se quiere que existan medios libres a los que exigir hay primero que apoyarlos económicamente.

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Una cliente compra el periódico en un quiosco de Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Una cliente compra el periódico en un quiosco de Santander. | JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Los periódicos viven a gritos y mueren en silencio. La prueba de ello es que, desde que hiciera acto de aparición en 2008 la 'desaceleración económica', como la calificó en una pirueta eufemística la socialista Elena Salgado, vulgo 'crisis' para el resto de los mortales, han echado la persiana un centenar de medios de comunicación y 10.000 periodistas han perdido su empleo. La realidad a estas alturas puede ser superior, pero lo cierto es que nuestra sociedad apenas da acuse de recibo de un hecho que mina como pocos la última trinchera de las libertades, el periodismo.

Según el último manifiesto-informe de la FAPE, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, en términos de empleo, los últimos ERE de las grandes cabeceras nacionales han engrosado la cifra de paro hasta alcanzar los 10.000. Este dato se acrecienta si se suma la precariedad de una figura en la que este campo fue pionera, la del profesional desregulado. La desregulación es el clembuterol de la precariedad. Que se quede sin trabajo un colaborador o un autónomo no cuenta en el orbe de las estadísticas porque estar sin trabajo es lo habitual y lo habitual es que no haya olido un contrato estable en su vida. Si además se tiene en cuenta que la crisis ha servido para limpiar sentinas y que son los veteranos, más caros y pejigueros, los que han salido por la puerta, asistimos, entre el silencio y la alegría de quienes se solazan con la entropía, a una debacle en todos los sentidos.

La información es como el agua, una necesidad que fluye y busca su camino. Siempre habrá periodismo, cuya materia prima, líquida, hay que recordarlo, es la información, porque ésta es la respuesta a una necesidad humana. Como buenos bípedos que somos, no nos contentamos con buscar alimentos: necesitamos saber. Pero esa curiosidad, para la mayor parte de la población, se satisface con la televisión y los grandes medios audiovisuales, que, más allá del lujo y el oropel, ofrecen una visión parcial y pobre de la realidad. En ocasiones, sigue siendo periodismo, claro está, pero la sofisticación, que responde a una realidad compleja, hay que buscarla en otro lado, y ese lado es el que se tambalea.

Yo estudié en la universidad más fea, y a la que más quiero, del mundo. Eran los tiempos del plomo en el País Vasco. Para ir a clase había que sortear pernos de barco volanderos, concesionarios de marcas francesas reventados, tanquetas en llamas en Euskalduna, controles policiales hasta en el portal de casa y contenedores en llamas, para acabar llegando a un campus en el que se había declarado la enésima huelga. Ya saben: si hoy es jueves, hay huelga (y el lunes y el martes…). Era una universidad 'work in progress', y hace unos meses, cuando volví, me pareció hasta bonita, con sus jardincitos y sus alumnos repeinados, pero son otros tiempos.

Unos años después, estalló el boom del 'culo veo, culo quiero', y pido disculpas por la vulgaridad, pero así se me entiende a la primera. Todas las ciudades querían tener un centro cultural, un edificio de referencia con firma, una universidad con facultad de periodismo y hasta un campus de excelencia, esos panteones donde sus moradores llevan birrete y toga (al fin y al cabo no hay mayor campus de excelencia que un cementerio, en donde uno acaba alcanzando su mayor grado de competencia).

Fue entonces, en los años 90, en donde proliferaron las facultades, ya digo. Se calculaba entonces que las sucesivas hornadas de promociones arrojaban (literalmente) 10.000 nuevos periodistas al año, cuando la tasa de reposición del sector apenas alcanzaba los 300. ¿Alguien del equipo rectoral se acercó a los alumnos y les dijo "chavales, esto es una estafa: tenéis una posibilidad entre 30"? Pues no. Se conoce que estaban muy ocupados. Pero la pasta tonta fluía como de una cornucopia.

Es cierto que los periódicos viven a gritos y mueren en silencio. Pero no es menos cierto que nacen nuevos medios a la chita callando y acaban generando una escandalera.

Así llegamos a una debacle en donde, echando gasolina al fuego, se produce una sobreoferta de los diletantes que hace bajar los precios. Twitter es un microblog y algunos lo consideran un micro medio de información. Y un periodista, a su lado, es un bien barato, un ingenuo que pretende comer de su trabajo. Pero a esta competencia diletante, hay que añadirle dos elementos más: una crisis económica que se ha cebado en el consumo y en el consumo cultural; y una crisis tecnológica que es el canal de salida del agua estancada, por más que ahora se la vea como una amenaza.

Lo cierto es que, por más que se coja por las hojas el rábano de las cifras de ventas de la OJD o las encuestas del Estudio General de Medios, los periódicos en papel (y hablo de periódicos porque es lo que conozco) están en caída libre desde hace años… sin tocar fondo hasta ahora. De aquí a cinco años, los grandes nombres de la prensa, bien desaparecerán o se situarán en niveles residuales para gourmets de lo exquisito, bien pasarán al lado oscuro de lo digital.

Pero ese lado oscuro no es tan oscuro. En primer lugar es el presente y ya los medios digitales, que surgieron al socaire de los profesionales despedidos, empiezan a hacer sus números, aprovechando que la publicidad se está animando a seguirlos. Y en segundo lugar, porque hacen honor a su nombre: son el gran respiradero de la actualidad, un espacio que los gobiernos de turno pretenden atornillar como se quiere atornillar las redes sociales (¿de verdad piensan que la muerte de un torero es lo que preocupa al poder y no la oportunidad de ponerle puertas al campo digital?). Pero ese espacio de libertad es el que ha hecho posible la publicación de los Papeles de Panamá o las andanzas de los chicos del PP en Madrid, algo impensable que no hiciera hasta hace poco un 'pool' de cabeceras sacralizadas de Francia, Reino Unido, Alemania y España. Pues está ocurriendo y produce regocijo comprobar el desconcierto que provocan 300 periodistas juntos leyendo 11 millones de documentos y dejando con el culo al aire a empresarios defraudadores, políticos deshonestos y deportistas de élite tramposos.

Una puerta se cierra y otra se abre, todo fluye. 

Es cierto que los periódicos viven a gritos y mueren en silencio. Pero no es menos cierto que nacen nuevos medios a la chita callando y acaban generando una escandalera. Es por ello más necesario que nunca que el lector, que ya no es un lector cautivo como antes gracias a la tecnología de la información, sea exigente con su medio de referencia, pero que también lo apoye económicamente.

Desde los tiempos de los hermanos Graco hay entablado un combate por las libertades. Ha habido períodos de avance y períodos de retroceso, pero no hay que olvidar que, si nos acostumbramos a que nos den la comida a la boca, llegará alguien que nos quite la cuchara. Al final, la pregunta es muy sencilla: ¿Cuánto estás dispuesto a pagar por tus libertades? ¿10 céntimos, 10 euros, 1.000? Hay que ser exigente con uno mismo y entender que si se quiere que existan medios libres a los que exigir hay primero que apoyarlos económicamente, bien yendo al quiosco, bien suscribiéndose. De lo contrario el agua no fluirá y cuando el agua deje de fluir y se pudra, buscaremos responsables, nos quejaremos airadamente, dejaremos patentes en nuestra cuenta de Facebook nuestra decepción. Pero eso es engañarse. Si se quiere buscar el responsable bastará mirarse en un espejo. Tan sencillo como eso. 'Be water'.

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