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Un árbol caído

La resistencia ciudadana y la crisis económica han terminado por hacer aflorar a un De la Serna siniestro que no tolera la discrepancia y al que ahora sabemos que muy pocos aguantan en su propio partido

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El alcalde de Santander, Íñigo de la Serna, en un acto reciente de la FEMP. EFE

"Solo y en sus horas más bajas", así definen a Íñigo de la Serna desde las habitaciones interiores del Partido Popular. Al alcalde se le empiezan a acabar las vidas extras después de que esta semana se haya hecho público que no, que esta vez tampoco estará en las listas de su partido al Congreso de los Diputados. Se confirma que Madrid sigue siendo la última frontera para De la Serna, que pospone una y otra vez el salto a la política nacional, pesadilla recurrente.

Los últimos meses del alcalde muestran señales de viacrucis. El primer susto llegó tras las elecciones municipales, cuando se evaporó la mayoría absoluta del PP después de dos legislaturas de alfombra roja. Aquello supuso que De la Serna perdiera sus primeras votaciones municipales desde que llegó al cargo en 2007, con el bochorno añadido de tener que engatusar con carantoñas públicas a los advenedizos de Ciudadanos para sacar adelante sus propuestas.

El segundo aviso llegó desde la FEMP, donde fue arrojado del tren en marcha igual que un pobre sin billete. Ahora llega la tercera caída. Que colma el vaso del año más terrible de todos. Demasiadas negativas para un hombre que no está acostumbrado a recibir un no por respuesta.

Como el fantasma de las navidades pasadas, la realidad golpea a De la Serna donde más duele. El rechazo es la kryptonita de quienes no ocultan sus ambiciones y no están acostumbrados a recibir lecciones de humildad. El alcalde, que antes de las elecciones dejó entrever un posible retiro en la empresa privada, es inflexible con los que no pueden defenderse y sumiso con quienes pueden devolverle el favor. En la última legislatura, casos como el de Amparo Pérez revelaron una forma obscena de hacer política, basada en el cinismo, la falta de empatía y los golpes de efecto. 

La negativa de Madrid, que prefiere escuchar a Ignacio Diego, suena como el hacha sobre el árbol que ya no crecerá más y solo sirve para hacer leña.

Acostumbrado a gobernar sin oposición y a sonreír en las fotos, la resistencia ciudadana y la crisis económica han terminado por hacer aflorar a un De la Serna siniestro que no tolera la discrepancia y al que ahora sabemos que muy pocos aguantan en su propio partido. La negativa de Madrid, que prefiere escuchar a Ignacio Diego, suena como el hacha sobre el árbol que ya no crecerá más y solo sirve para hacer leña.

No cuesta mucho imaginarlo a solas en su despacho, un viernes por la tarde, tarareando esa canción de David Bowie que Kurt Cobain trajo de vuelta a los años noventa, oh no, not me, I never lost control, preguntándose por qué y desde dónde nos miran riendo las expectativas que nos defraudan. Todas esas cosas que imaginamos y que ya no se harán realidad.

Madrid, el Congreso, empezando con una portavocía y después quién sabe, despacho en Génova, entrevistas con Ana Pastor, tertulias en las mañanas de Ana Rosa, páginas en nacional, por soñar que no quede, todo eso se escapa poco a poco de las manos del alcalde, ministrable eterno, habitante fijo de las quinielas, que asume lentamente que al despertar seguirá estando en Reina Victoria. Hemos oído tantas veces que esta vez sí, que en la próxima remodelación del Gobierno sí, que resulta muy tentador definir a De la Serna como un enorme bluff de provincias.

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