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Una ciudad en duelo

Mientras conservemos al menos una pequeña capacidad para conmocionarnos ante el dolor ajeno, todavía nos queda una esperanza como comunidad

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Recuerdo exactamente cada minuto de la mañana del pasado sábado cuando me enteré del terrible accidente de la carretera del Faro, como posiblemente les pase a muchos de ustedes porque ahora mismo la ciudad sigue de duelo, intentando recuperarse lentamente del shock emocional.

Sé que detrás del horror subyace una enorme polémica que puede mezclarse o enfangarse a gusto del consumidor, pero esta es una ciudad demasiado pequeña para que ustedes -igual que yo- no pudieran evitar pasar un mal rato pensando en la tragedia. Aquí todos tenemos un amigo que conoce a alguien que justamente conocía a uno o a otro.

No quiero discutir sobre las circunstancias del suceso, porque todos sabemos muy bien lo que ha ocurrido y quien más, quien menos, ha ido alguna vez en ese coche, aunque fuese de otra marca y de otro color. Y si no, miren hacia atrás y seguro que recuerdan -lo mismo que yo- aquel día en el que se sintieron inmortales. Además, a pesar de la desgarrada herida del momento, tampoco somos tan ingenuos como para no saber que esto no ha hecho más que empezar y que ahora, cuando termine el duelo, a los familiares les espera otro calvario, no peor, pero sí notablemente doloroso.

Estamos en el siglo XXI y ya no nos saludamos ni en el ascensor, los accidentes de tráfico apenas pasan de ser una fría estadística frente a la que apenas entornamos los ojos. Nos llegan fotos de Siria, de África, de cualquier otra parte y apuramos el café sin un parpadeo. Pero, al menos hemos conseguido conservar una pequeña reserva de angustia como para ponernos en el lugar de las víctimas y sus familiares. El sábado por la tarde y aún el domingo la ciudad estaba silenciosa, recogida en sí misma, golpeada por la tragedia.

Mientras conservemos al menos una pequeña capacidad para conmocionarnos ante el dolor ajeno, todavía nos queda una esperanza como comunidad, por mucho que terminemos desbarrando en un instante de hiel. Los lazos entre los seres humanos son ya demasiado delicados en una sociedad tamizada por la codicia, la envidia, la ira y, sobre todo, el miedo.

Cuando pienso en esas personas que, poniendo en grave riesgo sus propias vidas, intentaron salvar a los accidentados sin detenerse a juzgar si iban demasiado deprisa, me siento casi protegido por esos ángeles anónimos.

Quisiera finalizar con una breve reflexión sobre el destino. Me refiero a las dos chicas paraguayas que cruzaron el mundo en busca de una vida mejor para encontrar -sin embargo- la muerte. Hay algo desolador en esa aparente inevitabilidad, en esa cadena de acontecimientos que parece llevarte inexorablemente al final de ninguna parte. Si no hubieran viajado a España, si hubieran elegido León, Sevilla o Granada en vez de Santander, si no hubieran salido esa noche, si hubieran celebrado la noche del viernes en otra discoteca…

No pude dejar de pensar en aquel breve cuento de Gabriel García Márquez:

El criado llega aterrorizado a casa de su amo.

-Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.

El amo le da un caballo y dinero, y le dice:

-Huye a Samarra.

El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra a la Muerte en el mercado.

-Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice.

-No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra,… y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.

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