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Los ciudadanos expatriados

Santander es una ciudad triste y bonita, una chica guapa algo sosa, que se mueve bien, se ve que sí, le enseñaron modales, mírale qué andares, qué elegancia algo añeja, que sí, está bien la moza, pero que tropieza cuando abre la boca.

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Vista noctura del paseo marítimo de Santander. | Foto: JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

Vista noctura del paseo marítimo de Santander. | Foto: JOAQUÍN GÓMEZ SASTRE

No hay estudios al respecto. A pesar de ello, estoy convencida de que Santander es una de las ciudades españolas en las que más tiempo debe esperar el conductor a que los viandantes crucen el paso de cebra. Qué lentitud, me digo. Qué cosa llegar a viejo. Los domingos le muerden a una en el cuello frente a la bahía, le chupan la sangre, qué pesadumbre, el saberte morador de la ciudad más triste que Nacho Vegas pudo imaginar, sólo que Nacho le canta a Gijón porque, a fin de cuentas, todos llevamos nuestra parcela de terreno gris ahí adentro, bien pegada a las tripas, con sus domingos vampiros sin resacas de mediodía.

Resulta que los jóvenes se van. Que no viven en Santander. El término joven lo alargaron los socialistas hasta mediada la treintena, hace ya mucho tiempo, yo aún entraba en el cupo, casi me acaban de dar la patada en el culo para lanzarme lejos. Qué pena, pestañeo. Qué pena que los 40 sean los nuevos 20 y en nada las políticas de juventud nos vayan a pillar con patas de gallo instaladas en los alerones de la cara.

Santander es una ciudad triste y bonita, una chica guapa algo sosa, que se mueve bien, se ve que sí, le enseñaron modales, mírala qué andares, qué elegancia algo añeja, que sí, está bien la moza, pero que tropieza cuando abre la boca.

Bosteza Cantabria en general, con tan sólo un 15 por ciento de menores de 30 años viviendo bajo su propio techo. Bostezan los padres anhelando la independencia perdida décadas atrás. Bostezan los empleados del Servicio Cántabro de Empleo, que trabajan a destajo. Bostezan los políticos porque no hay manera de darle la vuelta al argumentario. Qué nos inventamos, rezan desvelados de madrugada. Bostezan los periodistas. Pobres periodistas. Escuchando, anotando. Levantando los ojos al cielo, Ave María, que sea así, que se inventen ya algo. Bostezan los sindicalistas y los dependientes de la tiendas y bostezan los camareros. Es éste un bostezo colectivo que agrieta la bahía, mientras yo sigo esperando que alguien construya ese puente que nunca llega.

Se hace vieja, la ciudad. Lo dicen los pasos de cebra y los conductores con ansias asesinas. Lo dice el padrón. A pesar de todo, seguiremos levantando cemento hacia el cielo. Sueños millonarios con los que tapar este silencio de tarde de domingo que nos ha atrapado.

El caso es que sí, es más barata una hipoteca lejos de esta chica guapa y sosa que un alquiler en su vientre. Así que nos fuimos. Cuando esperábamos que la vida fuera una cosa distinta a lo que ha sido. Qué ansias le entraban a uno por hacerse mayor. Firmábamos papeles. Compramos cosas inútiles. Bienaventurados los que no tienen nada, porque ellos son los dueños de sí mismos. Y nos largamos de aquí. Resultó que nos pusimos más tristes todavía. Porque Santander, os decía, es la chica más guapa. Quizá haya que pasarle un par de libros. Ponerle alguna que otra película. Tal vez La fuga de Logan, con todos esos jóvenes suicidándose a los 30. Sacarla a dar una vuelta por otras tantas chicas guapas que hay repartidas a lo largo y ancho de este enjuto mundo. Contarle que no todo va en lo bien que una se hace la coleta cada mañana.

Se hace vieja, la ciudad. Lo dicen los pasos de cebra y los conductores con ansias asesinas. Lo dice el padrón. A pesar de todo, seguiremos levantando cemento hacia el cielo. Sueños millonarios con los que tapar este silencio de tarde de domingo que nos ha atrapado, sobre todo a los solteros. Porque dentro de esta chica bonita y de gesto mohíno los bares se han apagado. Dentro de poco, los vecinos de Cañadío solicitarán al Ayuntamiento que instale un mecanismo de ruido artificial en la plaza, al no poder dormir sin el runrún de seres vivos al que estaban acostumbrados. Perdidos en nuestra propia ciudad. Como ciudadanos expatriados.

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