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La compra

Me dirigí a la sección de limpieza donde compré detergente para la lavadora, suavizante y una fregona. Qué casualidad, pensé, cuando al darme la vuelta me encontré de frente de nuevo con él, que en ese momento colocaba en su carro una fregona entre el detergente para la lavadora y el suavizante.

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Tropezamos en la puerta del hipermercado. Los dos llevábamos un carro y los dos parecíamos despistados. Nos sonreímos un poco, como pidiéndonos disculpas por nuestra torpeza, y continuamos nuestro camino. Un minuto después nos encontramos de nuevo en el pasillo central. Ambos estábamos consultando la lista de la compra. Nuestras miradas no llegaron a cruzarse y yo me dirigí a la sección de limpieza donde compré detergente para la lavadora, suavizante y una fregona. Qué casualidad, pensé, cuando al darme la vuelta me encontré de frente de nuevo con él, que en ese momento colocaba en su carro una fregona entre el detergente para la lavadora y el suavizante. Sin darle demasiada importancia fui directo a la zona de bebidas. Es importante tener un plan de compra: las cosas pesadas al principio, los alimentos frágiles y perecederos después, los congelados al final.

Cargué un pack de veinticuatro cervezas, cuatro botellas de vino tinto y una botella de ron. Estaba colocando todo de forma meticulosa para aprovechar al máximo el espacio en el carrito cuando me lo encontré de nuevo colocando, también con precisión, los productos que acababa de adquirir: un pack de veinticuatro cervezas, cuatro botellas de vino y una botella de ron. Él no pareció darse cuenta de mi presencia y al pasar junto a su carro comprobé que había comprado, además, exactamente las mismas marcas. Aquello me sorprendió un poco, sobre todo porque no soy ese tipo de gente que se deja guiar por las mejores ofertas, yo compro siempre lo mejor. Así que pensé que aquel hombre tenía muy buen gusto porque la cerveza, el vino y el ron que habíamos escogido eran, sin duda, los de mayor calidad del supermercado.

Nos encontramos de nuevo en la sección de lácteos y comprobé que a él también le gustaba la leche semidesnatada con extra de calcio y que compraba, como yo, media docena de huevos ecológicos. Coincidimos de nuevo comprando galletas, mermelada y papel higiénico aromatizado, extra suave y de triple capa. En la cola de la carnicería lo sorprendí mirando mi carro de forma disimulada. No es solo que comprásemos las mismas cosas, es que además lo colocábamos todo de la misma manera. Intenté despistarlo adelantando la compra de los productos refrigerados, que siempre dejo para el final. Pero él debió seguir la misma estrategia y nos encontramos de nuevo, codo con codo, escogiendo exactamente la misma marca de helados artesanos. 

Lo planifiqué bien y nada más doblar la esquina que daba al pasillo central comencé a correr hacia la sección de panadería. Sin detenerme alcancé a coger, como los atletas en los avituallamientos, azúcar y café. No corría, volaba.

Aquello comenzaba a resultarme un tanto incómodo. Y él parecía estar, como mínimo, tan incómodo como yo. Decidí, ya que alterar el orden de compra no había dado resultado, realizar un cambio en la velocidad. Lo planifiqué bien y nada más doblar la esquina que daba al pasillo central comencé a correr hacia la sección de panadería. Sin detenerme alcancé a coger, como los atletas en los avituallamientos, azúcar y café. No corría, volaba. Qué placer sentir las ruedas del carrito, perfectamente engrasadas, deslizándose con suavidad sobre el suelo pulido del supermercado. No había recorrido la mitad del camino cuando percibí que me alcanzaba, por la izquierda, el carro de ese hombre misterioso. Ya visiblemente molesto le di un empujón intentando estrellarlo contra una torre de comida para perros. No dio resultado y los dos llegamos sin aliento a la panadería donde compramos, claro, las mismas cosas.

Decidí entonces ser más radical. Ya sin disimulo cogí la lista de la compra y mirándole fijamente a los ojos me la introduje en la boca y la mastiqué muy despacio. Él hizo lo mismo. Comencé entonces a vagar de forma desordenada y sin rumbo fijo, cogiendo productos aquí y allá. Adquirí un sacacorchos eléctrico, un juego de sartenes, tres corbatas y un jamón deshuesado. De cuando en cuando miraba su carro y comprobaba, con horror, cómo su compra iba creciendo de forma idéntica a la mía. En ese momento comencé a buscar los productos más absurdos: adquirí una escoba aspiradora, un producto especial para hacer desaparecer los arañazos de la carrocería de mi coche, una linterna de carga solar, un robot de cocina e, incluso, un puñado de libros que estaban en la cabecera de los más vendidos.

Te vas a enterar, mascullaba mientras escogía un kit limpiacristales con imán y una bicicleta estática en miniatura para pedalear sentado en el sofá. Cuando el carro estaba ya a punto de desbordarse me dirigí, totalmente agotado, a la línea de cajas. Y allí estaba él. Con su ridícula bicicleta y su repara arañazos mágico y su robot de cocina y su escoba aspiradora y  su puñado de best seller y su linterna de carga solar y su inútil kit de limpiacristales con depósito de jabón incorporado. Comenzamos a pagar a la vez, en cajas paralelas. Observé con satisfacción cómo sus productos pasaban uno a uno por el lector del código de barras. Menudo idiota, pensé.

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