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Bajo el disfraz

Pocas cosas generan tanto desasosiego como la carcajada que se finge cuando no hay diversión al otro lado de la máscara. 

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Plaza Mayor. | Jesús Sánchez

Plaza Mayor. | Jesús Sánchez

Hace años trabajé en una televisión local en la que, entre otras cosas, se grababan unos programas sobre medio ambiente patrocinados por la consejería de turno. El caso es que había una mascota, Limpiuco, algo así como un Espinete cántabro. Nos dieron un traje gigante y dentro del traje metimos a una chica (licenciada en Periodismo, claro), que iba a que la maltrataran los niños en los patios de los colegios.

La periodista se metía dentro del erizo y comenzaba la fiesta. Los pequeños se colgaban de sus púas hasta que Limpiuco estaba a punto de perder el equilibrio. El erizo soportaba todo aquello con paciencia hasta que la perdía y se liaba a manotazos con los niños que intentaban derribar a ese muñeco que les trataba de convencer de que reciclar era una cosa muy buena. En una ocasión los pequeños comenzaron a gritar: ¡Limpiuco tiene coño! ¡Limpiuco tiene coño! La periodista se tomaba todo aquello con humor, cinco años de carrera universitaria para acabar dentro de un erizo, decía.

De todas estas cosas me he acordado con esta foto de Jesús Sánchez en la que se puede ver a un Winnie the Pooh cabizbajo en la plaza mayor de Madrid. Parece verano, porque hay gente en manga corta por ahí. Madrid, julio o agosto, muchos grados centígrados. Y el muñeco bajo un sol de esos que te hacen buscar desesperadamente una sombra.  El oso está solo, triste, aburrido. Pocas imágenes podrán retratar mejor la precariedad que la de una persona en ropa interior sudando durante horas dentro de un muñeco.

Es posible que el disfraz haya sido una inversión, una apuesta personal por el autoempleo, por el emprendimiento. Hay que ser creativos. Que los niños acudan al reclamo del muñeco y que los padres de los niños, después de hacerles una foto, le den a Winnie the Pooh unas monedas. Meterse dentro de un muñeco, hacer como que el oso está contento e intentar que los niños quieran una foto. Winnie the Pooh es un icono de la cultura y la felicidad infantil. Pocas cosas generan tanto desasosiego como la carcajada que se finge cuando no hay diversión al otro lado de la máscara. La foto es poderosa quizá por eso: porque deja entrever la mueca que se esconde bajo el disfraz.

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