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Donde se escondía la patria

Uno se va haciendo mayor cuando la única primera vez que le queda es la primera en que recuerda todas sus primeras veces. Tiene la ventaja de que en lugar de nervios afloran, ahora, sonrisas a los labios.

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Últimamente, ustedes lo habrán notado, se alude bastante en los medios de comunicación al término "Patria". Y se hace no solamente en relación a la (fallida) novela del (muy apreciable novelista) Fernando Aramburu, sino en otros contextos. Aburridos unos, sentimentales otros, desaforados (valga la redundancia) los de más allá, descontextualizados casi todos. Un sinvivir, vaya, un auténtico monopolio de la información, el debate, las reflexiones. Tranquilos, no les voy a cascar otro artículo sobre el "Tema". Tienen de sobra en los lugares donde habitualmente picoteen. Algunos incluso son interesantes y aportan ideas no repetidas mil veces. Pero como el mío no sería de esos… pasaremos a otros asuntos.

Les decía que lo de patria se repite como un mantra (y, como todos los mantras, la mímesis sincopada del término lo desviste de cualquier significado, pasando a ser un ommmm cualquiera) y ya nos parece hasta de la familia. Quizá por eso sorprende que nadie venga a acordarse de Rilke. Sorprende relativamente, vaya, porque remembrar es volver a vivir, y me temo que muchos de los que escriben, varios de los que hablan y casi todos los que pontifican piensen que esto del Rilke es un medicamento. Y, oigan, no.

Dejó escrito Rilke, entre otras bastantes cosas, que la verdadera patria del hombre es la infancia. Y es una idea, como les digo, que se encuentra ausente de toda esta aliteración con la palabrita. Puede que porque reconocer ese reducto vital, ese instante de auténtica identidad, supone de facto cargarnos el resto de los rebuznos preparados para la ocasión. Pero vaya. Ya saben.

A mi patria el otro día le arrancaron uno de sus elementos fundamentales, una parte ineludible de su paisaje, casi los limes que separaban la niñez infantil de la moñez adulta. Poca cosa, apenas una anécdota. Unas vallas que se sustituyen por banquitos de madera. Ya ven, queda mucho mejor. Pero, joder, esas eran mis vallas. Las nuestras. Donde nos sentábamos, esperábamos, veíamos pasar los coches en la carretera nacional. Tonterías. Pero te tocan, al final.

Uno se va haciendo mayor cuando la única primera vez que le queda es la primera en que recuerda todas sus primeras veces. Tiene la ventaja de que en lugar de nervios afloran, ahora, sonrisas a los labios. Pero, a la larga, no deja de ser un poco amarga. Los parajes de la niñez permanecen, siempre, inalterables e inalterados. Aunque ya no existan, aunque ya no sean. Cierras los ojos y así, de un momento al siguiente, se cierra la serrería, asfaltan los caminos, desaparecen las zarzas grandes como personas que escondían miseria y secretos. Visto así quizá no afecta. La metamorfosis es lenta, pero resulta fugaz si no se sigue desde el momento en que se empieza a formar el capullo. Por eso, a lo mejor, toca tanto lo de las vallas. Por no suponer un cambio radical, sino algo más tenue, más sutil. Como la espita de una cuba. Al final acaba por vaciarla…

Entiéndanme bien. Esas vallas tenían que desaparecer. Eran poco funcionales. Eran feas, estaban desconchadas, dejaban marcas de pintura roja y herrumbre oxidada en las manos. Resultaban incomodas, delimitaban en demasía lo que debería ser un espacio abierto. Eran, sí, rescoldos de otros tiempos en los que los barrios eran barrios (y dibujen ustedes sus propios recuerdos en las cursivas). Pero, coño, eran nuestras. Ahora hay bancos de madera comodísimos, y mucho más útiles, y más modernos, y más adaptados a todo lo adaptable. Pero, ya ven… no son nuestros.

Allí, en esas vallas, se erigía el final de la plaza donde estuvo toda nuestra patria, que diría Rilke. Donde alcanzaban el mirar y las horas (tampoco de forma estricta, que antes no se sobreprotegía tanto a los niños, ¿saben?). Un rectángulo, como si fuese bolera. Un par cientos de metros. A un lado un muro, al otro las vallas. Delimitando, paredes altas de ladrillo rojo. Allí se jugaba, se vivía. A veces hasta sueño que se soñaba, pero seguramente sean solo ensoñaciones, porque los niños no andan a esas fruslerías. Hoy no hay muro, no hay vallas, no hay ladrillos y sí escaparates. El mundo es un lugar más grande, sin mojones limitándolo. Hay más colores, sí que los hay, pero la mayoría brillan menos. O no. Y es solo el recuerdo del recuerdo.

De cualquier forma, ya no hay vallas. Hoy la plaza está mejor, pero no igual. Es otro lugar, son otros tiempos. Se fue la patria, que es únicamente, ahora, el temblor de un pestañeo y el olor de trementina cuando pintaban aquellos trozos de metal, tan feos, que se descascarillaban apenas unos días después y te dejaban escamas rojas y blancas bajo las uñas. Esa es, sí, la Patria, y no la otra. Aquella de la que ustedes, aburridos, tanto leen estos días.

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