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El espacio de las palabras de menos

El trabajo del escritor es, fundamentalmente, esconder actos detrás de palabras, para que quien lea pueda crear hechos a partir de silencios.

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EFE

La literatura es un reino en el que escondemos la certeza con palabras. Esa es una de las pocas cosas que tengo claras en la vida. Las otras son el furibundo éxito de la superficialidad en el arte, la falta de compensación de ser siempre serio e intenso en la vida diaria (añadan enfadado y seguro que les acude alguien a la mente) y que a las cervezas artesanales les falta más perro. Ustedes me entienden. Bueno, quizá tenga alguna otra idea más revoloteándome por ahí, pero tendría que reflexionar.

Decía que en literatura escondemos mostrando, que es la forma más sutil del engaño. También, seguramente, la más deliciosa. Me venía el otro día esto a la cabeza leyendo una maravillosa novela de Lara Moreno titulada 'Por si se va la luz'. Es una historia polifónica (pero bien trenzada, no como en esos libros donde todos los personajes, ya sean labriegos o Arthur Schpenhauer, hablan igual, y no miro a ningún académico…) en la que una pareja de urbanitas treintañeros decide mudarse a un pequeño pueblo de las montañas, casi deshabitado, auténtica vida rural. Vamos, lo que para uno de Santander debe de ser… no sé… Corrales o algo así. Qué maja, la Smart.

En un pasaje de esta obra la protagonista reflexiona sobre su estancia en aquella nueva realidad escogida voluntariamente (o no, les animo a leerla), y llega a la conclusión de que, después de un tiempo de adaptación, ha sido feliz "la inmensa mayoría del tiempo". La inmensa mayoría. Y aquí la autora, que es lista y sibilina, nos introduce un elemento de duda a los lectores. Porque a nadie deben importarle todos esos días felices, sino la "inmensa minoría" de jornadas desgraciadas que ha sufrido la muchacha en cuestión. Y su origen. Y sus detalles. Sus causas y consecuencias. Es eso en lo que el demiurgo quiere que nos fijemos. Eso lo que anhela que creemos nosotros mismos.

Porque aquí podemos fijar una de las líneas entre buena y mala literatura (hay muchas más, no se me solivianten… y recuerden que esto es solo una opinión personal). O, mejor aun, entre quien respeta a sus lectores y quien los toma por borregos amaestrados. El segundo explicará con pelos y señales esos días menos afortunados, porque de ellos se va a derivar, qué duda cabe, el desarrollo de los acontecimientos posteriores.

Pero si uno respeta a quien lo está leyendo (y si no se le respeta yo no sé para qué se escribe) dejará que sea él o ella quien fantasee sobre las sombras que ha ido repartiendo, de forma voluntaria, en todo el texto. Porque piensa que es capaz de hacerlo, que no es necesario guiarle hasta los últimos vericuetos. Eso es poner en valor al otro, y resulta bastante importante. En esto, por ejemplo, Pynchon es un auténtico maestro…

Y porque, además, la realidad es una ficción, incluso la ficción que quiere imitar la realidad, que es la más real (y ficticia) de todas. De tal forma que describir unos hechos es, a la fuerza, influenciar sobre los mismos, porque la objetividad es un invento, además de una desgracia. Una en la que no queremos vivir.

Así las cosas, el trabajo del escritor es, fundamentalmente, esconder actos detrás de palabras, para que quien lea pueda crear hechos a partir de silencios. Al menos es lo que yo entiendo por literatura, o, mejor aun, por contar historias. Seguramente por eso no me guste la sobreabundancia que existe hoy en día de series que son una "obra maestra indiscutible". Argumentos que duran docenas de horas y explicitan hasta el último detalle de cada personaje secundario. La risión. O, peor aun, la muestra más palpable de falta de respeto al consumidor cultural. Todo bien mascadito, no vaya a ser que no seas capaz de rellenar espacios en blanco. Pazguato.

A mí todo eso me da pereza, y hasta un poquito de asco, como los que siempre están enfadados y son muy intensos y se toman tan en serio que acaban pareciendo una broma. Son manías que tiene uno, qué se le va a hacer. Y ya a estas alturas, me quedo como estoy. Dejando relatos a medio mascar en cada frase, para que quien tenga ganas los continúe por su cuenta.

Busquen, también los hay por aquí.

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