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Más falso que una encuesta

No escarmentamos, elecciones tras elecciones miramos las encuestas durante la campaña, volvemos a consultarlas a pie de urna y la única coincidencia entre todas es que ninguna acierta.

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Una encuesta de La Razón sitúa a Unidos Podemos en segundo lugar

Pablo Iglesias e Íñigo Errejón en un acto electoral. EFE

Es cierto que han concurrido una serie de factores que pueden explicar -que no justificar- el escaso tino de las encuestas pero ha llegado el momento en que la opinión pública exija un poco más de rigor en las predicciones electorales porque a este paso deberían quedar relegadas a las páginas finales de los periódicos, junto al crucigrama y los horóscopos. La clave está en los indecisos -nos han dicho- y hay que darles un poco de razón, porque presentaban datos siempre condicionados con más de un 30% de votantes que no tenían muy clara su decisión, pero demonios, ese 30% han debido de votar lo mismo, pues no en vano el Partido Popular ha ganado en todas las comunidades autónomas excepto en Cataluña y País Vasco. Se ve que todos los indecisos acabaron votando a Rajoy.

Y, si seguimos haciendo cuentas, casi podemos decir que ese 30% estaba indeciso entre votar a Rajoy… o a Pablo Iglesias, porque me imagino que constituían el grueso de las fuerzas que iban a protagonizar el manido sorpasso.

No sé, las famosas encuestas a pie de urna se rayaron desde el principio. La primera predicción, que anunció un ajustado margen entre PP y Unidos Podemos, se empezó a desmoronar nada más comenzar el recuento, lo cual solo deja lugar a dos interpretaciones: o los españoles mentimos a los encuestadores por puro entretenimiento, o las encuestas están mal hechas.

Es curioso, porque han llegado a convertirse incluso en materia de terreno electoral conquistado. Pedro Sánchez afirmó en su comparecencia con indisimulado orgullo que su partido había derrotado a las encuestas. Casi parecía satisfacerle más patear a Sigma2, que mirar a Pablo Iglesias desde el liderazgo de la izquierda española.

A este paso las encuestas deberían quedar relegadas a las páginas finales de los periódicos, junto al crucigrama, la cartelera de cine y los horóscopos

Para concluir este verdadero libelo contra las encuestas, me gustaría comentar que llevo votando en cuantas elecciones democráticas se han celebrado en España desde 1982 y lo he hecho desde Cantabria, excepto un breve período de tres años que viví en Baleares. Pues bien, en ninguno de los comicios que se han celebrado a lo largo de estos treinta y cuatro años -generales, europeos, autonómicos o municipales- jamás me han encuestado, ni a mí ni a nadie de mi familia, ni siquiera a nadie de mis allegados más cercanos. Ni en los días de campaña electoral, ni tampoco a pie de urna. Lo más seguro es que seamos de lo más vulgares.

Tampoco las estúpidas encuestas andorranas con frutas y hortalizas han tenido la más mínima capacidad de acierto, así que lo único que se me ocurre es que, en las próximas elecciones agarremos la encuesta y la leamos al revés porque solamente así tendremos alguna posibilidad de vislumbrar lo que realmente serán los resultados.

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